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El esplendor de las tenerías

A.M.
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El historiador Javier Mosácula recoge en un libro la evolución de la industria del curtido de pieles, segunda en importancia económica en Segovia tras el textil, en el siglo XVI

Javier Mosácula posa con un ejemplar de su libro - Foto: Rosa Blanco

Después del textil,  el curtido del cuero fue la segunda actividad económica más importante de Segovia, en el siglo XVI –entonces con unos 27.000 habitantes–, lo que llevó a esta capital a alcanzar el más alto nivel industrial de España debido al auge de ambas. Con más de 30 tenerías, aparte de pequeños talleres familiares, también se extendió a la provincia en municipios como Cuéllar, Sepúlveda,Villascastín, Riaza o Pedraza.   

Estas  son algunas conclusiones del libro 'El curtido de pieles  en Segovia y su provincia', del historiador Francisco Javier Mosácula, que acaba de presentar en la Real Academia de Historia y Arte de San Quirce, editado por la Librería Cervantes.

La clave del éxito de esta manufactura es que, como el textil –que contó con unos 3.600 trabajadores, hacia el 51% de la población activa– era muy útil para la vida diaria, desde la elaboración de calzado a ciertas prendas resistentes para varios oficios.  Según el autor, doctor en Historia por la UNED, en el siglo XVI,  se cree que había unos 80 maestros del cuero que solían tener casa y tienda que, junto con sus oficiales y aprendices, podían llegar hasta 500 trabajadores,  aparte de las de los pueblos donde se registraba una mayor actividad. Por ejemplo, Cuéllar tuvo tres tenerías, en 1783, casi ya en plena decadencia de esta industria, y Sepúlveda, seis.  

Si Segovia era una ciudad eminentemente ganadera,  con los Reyes Católicos se comenzó a impulsar la industria, para evitarla fuga de capitales y atraer divisas.  En el caso de la conversión de la piel en cuero se trataba de un oficio mal visto, principalmente por el fuerte olor  que desprendía el proceso, además de otros problemas como la contaminación de las aguas, aunque proporcionaba grandes beneficios. 

Ejercido principalmente por judíos conversos, considerados  como muy trabajadores, según sostiene Mosácula, requería inicialmente una gran inversión, para adquirir la materia prima. «La mentalidad del cristiano viejo era huir de trabajos manuales pero el converso era laborioso», matiza el historiador. 

Las autoridades locales y nacionales velaban porque no faltara la materia prima, aunque Segovia era autosuficiente, entre otras cosas porque en los esquileos segovianos, a la falda del Guadarrama, confluían la mayoría de los ganados lanares de Castilla. El control de los cueros que entraban y salían se llevaba a cabo en dos 'aduanas', la Casa del Sol,  actual sede del Museo de Segovia, y en un edificio de la actual calle de Escuderos.

Si hasta los Reyes Católicos y Carlos I se trataba de negocios principalmente familiares,  en el cuero comenzó a aparecer la figura del verlager, una especie de empresario capitalista que acaparaba la materia prima y lo distribuía entre los maestros, eso provocaba que los talleres trabajaran a destajo para ese mercader, según Mosácula. Y, en caso de que los trabajadores no tuvieran tenerías, eran contratados por éstos, inciándose un proceso de proletarización, trabajando a sueldo de los que se consideraban acaparadores de material. Hasta el siglo XVIII fue prevaleciendo la opción de los verlager, también judíos conversos, principalmente, sustituyendo a pequeños productores.

Para destacar la importancia del sector,  Francisco Javier Mósacula se refiere al pueblo que recibió el nombre de Pellejeros, donde actualmente está ubicada 'La Faisanera', en Robledo, en donde una gran parte de los habitantes se dedicaban a limpiar las pieles que luego se llevaban a curtir.

Por ejemplo, el autor del libro, destaca que llegaban pieles de cordero porque si parían dos ovejas, uno de los dos corderos era sacrificado, para que el otro fuera alimentado por ambas. La piel del lanar terminaba convertido en badanas.  Las suelas de calzado provenían de piel de ganado vacuno, y también se trabajaban pieles de 'salvajinas',  animales procedentes de caza, desde jabalíes a corzos o ciervos,  para pieles de vestir. La de los conejos era buena para sombreros y con la de los corderos recién paridos se confeccionaban los pergaminos, que tenían la fama de ser los mejores de España.    

Mosácula sitúa al siglo XVII como 'negro' para la industria, a partir de 1630,  con malas cosechas por un clima muy adverso y enfermedades contagiosas, lo que provocó un éxodo masivo de la ciudad que quedó con apenas 8.000 habitantes.  

La actividad se redujo a una carta parte de lo que había sido cien años antes.  Además, el curtido de las pieles tuvo un problema intrínseco derivado de la astucia de los zapateros, quienes compraron a Felipe VI el privilegio de ser veedores de los curtidores. Ello provocó, de acuerdo con el historiador, que adquirieran un poder extraordinario sobre éstos, fiscalización que condujo a extorsiones.

Tras algunos problemas en el siglo XVIII, aunque Carlos III intentó incentivar los oficios, el de curtidor desapareció definitivamente en el XIX.  El autor del libro explica que la crisis llega porque «Segovia quedó muy anclada en el pasado,  en la costumbre, en hacer las cosas como se habían hecho siempre, mientras a nivel europeo se comenzó a investigar y se producían adelantos muy importantes, frente al gran atraso industrial español».

Por ejemplo, aparecieron  maquinaria y productos químicos que reducían el tiempo de curtir ciertos cueros entre 20 a 30 días, mientras que con el método tradicional había que emplear de seis a ocho meses con las pieles sumergidas en los noques (pequeños estanques), incluso había piezas, como las de las suelas, donde el capital invertido estaba parado casi año y medio, el tiempo que pasaba  desde que se compraba la piel hasta que se podía vender curtida.  «Segovia no quiso adaptarse a los adelantos, quedó anclada en la Edad Media, y los productores no podían competir», sentencia Mosácula. 

Sin embargo hubo intentos de gente humilde que pedía permiso al ayuntamiento para pequeñas tenerías de dos noques o una cuba pequeña, pero la actividad no era autorizada debido a los problemas medioambientales que creaba. 

Francisco Javier Mosácula  detiene su investigación con el fin del oficio, aunque ya más industrial en el primer tercio del siglo XX, en Segovia nacieron fábricas de lanas y curtidos, como la de Julián Rueda Benito.