Yo defiendo a Rajoy

Carlos Dávila
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En la derecha española, que siempre asesina a sus propios hijos o a sus fieles, abundan los que creen que la izquierda los va a perdonar

El que fuera jefe del Ejecutivo y líder del PP nunca se permitió destrozar España, sino combatir a los barreneros.

No tengo ninguna razón personal para hacerlo. Ninguna. Solo escribiré esto: en la clasificación general de mi odios preferidos figuran alguno de sus ministros de los que siempre, ¡oh, casualidad!, han sido y son jaleados, o al menos respetados, por la izquierda. Dicho lo cual, aseguro que Mariano Rajoy es un hombre honorable, decente, digno. Creo, y este es su pecado, que en su trayectoria política no ha hecho nada para sí mismo. Su defecto, que clásicamente se denomina abulia, es haber depositado exageradísima confianza en personajes que ahora no van a salir a defenderle, que no guardan la menor intención de romper su silencio. De una u otra forma, le están traicionando. Porque, vamos a ver: de común, los periodistas no nos inventamos nada; si informamos de que una fuente anónima (no tienen h….. para dar sus apellidos) afirma que el antiguo ministro del Interior, Jorge Fernández, «no hacía nada sin que lo supiera Rajoy», den por cierto que el tal confesor es un bocachancla que, por hacerse el simpático con el periodista, le larga incluso lo que no sabe. Todo, las más de las veces, para no ingresar él en la nómina de afectados.
En la derecha española, que siempre asesina a sus propios hijos o a sus fieles, abunda esta especie de los que creen que la izquierda los va a perdonar, que tienen la impunidad y la inmunidad ciertas. Esta es la doctrina que, con Rajoy de presidente, acrisoló La Moncloa: «No son tan malos», «yo con estos me llevo bien», «hay que tener amigos en todos los sitios». 
Este cronista recuerda perfectamente la declaración asombrosa de una persona con gran poder apenas llegada a él: «Hay que reconocer que se han portado (los socialistas) con nosotros en el traspaso de poderes de forma ejemplar». Una colega de Gabinete le respondió: «¡Ah, si, ejemplarmente, pues he llegado al Ministerio y me he encontrado con un agujero que me habían ocultado, de más de 50.000 millones». Pero Rajoy no contestaba. Será que su ADN, como ahora se dice para cualquier bagatela, no le mueve al control total de la situación, o porque de forma torpe depositaba confianza en mendrugos, incluso peor, en individuos/as que únicamente iban a su bola, lo cierto es que se dejó llevar. Y lo está pagando.
Pero Rajoy, como clamó Marco Antonio de César tras el apuñalamiento de Bruto, «es un hombre bueno», y esto en un país en que la bonhomía se homologa a la estupidez, es un mérito, un diploma que debe colgar alguien que quiera comportarse así. Bueno de cuna. En este momento, al Rajoy pasota de las tiras cómicas se le está asesinando a consciencia. Por los 50.000 euros mal gastados en espiar un golfo que se llevó millonadas a su casa, le quieren sentar en cualquier banquillo y, ¡ya sería la pera limonera!, conducirle a Soto del Real para hacer compañía a Rodrigo Rato. 
Y, mientras la izquierda brama para lograr este propósito, sus vergüenzas pasan a la Segunda División, al fin: ¿qué importan las fechorías y las comisiones caribeñas de Pablo Iglesias? ¡Bah!, todas esas son instrumentos de la revolución pendiente! ¿Pasa algo porque el ministro de Justicia y su novia Batet, presidenta del Congreso, se vayan de cháchara con un condenado, Manuel Chaves, por el mayor caso de corrupción habido nunca en España? ¡Bah!, ¿quién se acuerda de aquel escamoteo pantagruélico? Sánchez gimotea porque un terrorista se haya suicidado, el pobre, y sus congéneres de Bildu, conmilitones de los asesinos de los socialistas Mújica, Casas, Buesa o Pagaurtundúa, dicen que no hay que mirar atrás, que ETA ya no mata, que hay que olvidar aquella tragedia humanicida. Las familias de las víctimas crujen de horror.

 

Lecciones de moral

Así son las cosas en esta España en que la izquierda en plan maestro ciruela que puso una escuela y no sabía leer, imparte clases de honradez presidida por un personaje que ha hecho de la mentira su firma de subsistir. Pero eso es banal; ahora hay que ir a por Rajoy, y de paso por este chico, Pablo Casado, que está creciendo, no se nos vaya a desmandar. Las fuerzas mediáticas de la siniestra se tiran a la carótida de los citados, sin un respiro, sin vacilación alguna. La derecha calla, se acobarda. 
Hace una semana que se ha aprobado una eutanasia descomunal que va a presionar a los médicos para que estos envíen al pijama de madera a todo el que se queje de un dolor de muelas, y la derecha social no ha dicho ni pío. Solo el Organización Médica Colegial y la Iglesia sin alharacas, que saben de lo que hablan, han denunciado la barbaridad letal; los demás, silencio en la sala que a lo mejor nos tildan incluso de fascistas. 
El Partido Popular, acosado como está por aquí, por acá y por acullá, quería defenderse con una iniciativa plausible: intentar una Comisión de Investigación en el Congreso para depurar la gestión del Gobierno de Sánchez durante la pandemia. Ha sido -ya lo saben- un ensayo inútil. El Frente Popular, que tanta rapidez se ha dado para aprobar otra Comisión, la del espionaje de Bárcenas para entendernos, ha bloqueado al PP que, además ni siquiera ha contado con los «hermanos separados» de Vox y Ciudadanos. ¡Y luego va Vox y clama con la «derecha cobarde!». No es precisamente este un ejercicio de coherencia El último rumor es que Abascal ofreció el apoyo a Casado siempre que éste votara afirmativamente su moción de censura. O sea, un trueque imposible cuando aún no se sabe en qué fecha se llevará la iniciativa al Parlamento, y ni siquiera quien la defenderá.
Pero eso sí es verdad: Rajoy ni tocó la Ley del Aborto, ni se cargó acomplejadamente esa Ley de Memoria Histórica que ahora pretende llevar a nuestros padres y abuelos a sus checas olvidadas por la Transición. España, como hace 84 años, dividida en dos mitades irreconciliables, casi a palos como nos pintó Goya. Rajoy, enmendando la plana a la hecatombe económica que nos legó aquel botarate de Zapatero, pensó que duraría una década, y concedió un regalo a la izquierda para que se hiciera fuerte en las televisiones que ahora mayormente le sacuden la badana. 
Pues bien; habiendo escrito todo lo anterior, a este cronista le queda una confesión pendiente: entonces, por qué esta defensa de Rajoy. Sencillo: por su limpia honestidad, por su impecable apuesta democrática, por su respeto al orden constituido, por sus servicios, también por su mediocre presencia pública y, desde luego, porque al contrario de lo que proyecta su sucesor, nunca se ha permitido destrozar España, sino combatir a los barreneros. De aquí mi título: Yo defiendo a Rajoy.