LA OTRA MIRADA

Ilia Galán

Poeta y filósofo


Cristianismo circense

La catedral no fue noticia por la pompa de sus actos litúrgicos ni por el sermón apasionado de algún clérigo santo ni por los éxtasis que bajo sus bóvedas lograban los fieles piadosos, tampoco por un gran concierto o por sus vidrieras o retablos, sino porque habían construido dentro un tobogán de 15 metros de altura en la nave y se deslizaban como niños obispos, pequeños y visitantes, para ver los detalles del techo. Solo faltaba escuchar los grititos de emoción de los sacrílegos amantes del arte que así jugaban con algo sublime, hecho para durar siglos o milenios: pétreas alabanzas al ser divino. Ellos solo se quedaban con lo exterior, la afluencia del público, sea cual fuera su intención. 
No es esto, querido lector, efecto de su cruel imaginación, sino un triste notición que leemos, nacido en la pérfida Albión. La catedral de Norwich, buscando la atracción de las gentes, dispuso esta patética invención. Inglaterra, sin duda, va a la deriva, y no solo por la separación de la europea unión. El reverendo Bryant visitó la Capilla Sixtina; no la entendió, pero quedó obnubilado, deseando ver los frescos a corta distancia. Corto en su observación, pues Miguel Ángel no pintó aquello para simples curiosos que fueran a inspeccionar como médicos ante un enfermo detallitos o trazos de su artística intención. Es su impresión de grandeza ante los hechos bíblicos lo que con tanta sublimidad y belleza nos impregna, no la inclinación del pincel, el milímetro dibujado por un carbón. 
Dicho clérigo pensó que su catedral también es muy hermosa por dentro y en ello tuvo razón, así que quiso un general ascenso a los techos. Pero no como en la Seo de Siena y en otras, también muy apuestas y fabulosas, donde los amantes del arte van caminando por galerías silenciosas, recogidos, admirando las obras semidivinas de los hombres. El trasto británico, con lucecitas en blanco y rojo, parece una patética mancha de estos tiempos superficiales: todo sea entretenido juego. Ayudará a contemplar detalles de un tejado del siglo XV, pero la diversión difícilmente llevará a recoger el alma en el interior para, desde el exterior, hallar en sí misma a Dios. 
Época la nuestra de parques temáticos; incluso los presbíteros pierden el rumbo, buscando clientes con patética desesperación: también dentro de la Catedral de Rochester instalaron un campo de golf, satisfechos por el fabuloso aumento del público jugador. No solo los protestantes desvarían. Una exposición con inmensa bola de espejo tapaba reflejando los frescos de uno de los más importantes templos de Viena hace poco. El paso siguiente será convertirlos en discotecas, disponer de fermoso clero bailando casi en cueros... Adiós a los dioses, el Crucificado quédase asombrado de la deriva de estos redimidos, atontados hombres del presente: la profundidad no la entienden.