Historias para no olvidar

Agencias
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Decenas de buenas noticias, relacionadas en muchos casos con la generosidad, el cariño y la imaginación, ocurren todos los días y sacan lo mejor de cada uno en plena pandemia

Historias para no olvidar - Foto: RAFAEL MARCHANTE

Proezas  de grandes hombres del pasado y de las que ya pocos se acuerdan, pero que vuelven a la actualidad; gestos de generosidad con desconocidos que hoy están en aprietos, fronteras que se levantan estos días tras las que queda el amor... La crisis del coronavirus está causando un terremoto social en todos los ámbitos dejando muchas, muchísimas historias tristes, pero también otras plenas de bondad y buenos gestos con las que recordar que la ciudadanía da lo mejor que tiene en los peores momentos.

 

Lazos que superan fronteras

Hay que remontarse 30 años para encontrar imágenes como las que hoy se ven en la frontera hispanolusa. Cruces vigilados, caminos cerrados... estampas que solo recuerdan los mayores y que quedarán, de nuevo, pronto en el olvido.
Eva Martínez Mendiero es española. Vive en Lisboa. Sus hijas son portuguesas. Su padre está en Badajoz (España). El cierre de la frontera era para ella inimaginable, pero también es, admite, la única alternativa frente a la amenaza común del coronavirus.
«La incertidumbre, en una situación como esta, no es buena, pero es lo que hay. El corazón está dividido a ambos lados de la frontera. Es una algo nuevo, desconocido», explica. «Los sentimientos están ahí y hay que tener fortaleza para sobrellevar esta situación», apunta.
Luiz Araújo nació en la lusa Vilar Formoso y vive en Ciudad Rodrigo (Salamanca) con su mujer, española, y su hija. Su madre sigue en Portugal.
«Hay que ser conscientes del problema, no se puede seguir con la vida normal».
Como ellos, miles de españoles y portugueses de ambos lados de la raya -1.234 kilómetros, la frontera más larga y antigua de Europa-, viven un mal sueño desde que se limitó el paso a mercancías para frenar la expansión del Covid-19.
Conscientes del impacto social de esta separación temporal, los Gobiernos han querido dejar claro que nada cambiará en el futuro.
«Vivimos tiempos difíciles. Tiempos de mirar hacia dentro, de cuidarse a uno mismo y a todos, de juntarnos como familia y de pensar en los demás. Vamos a estar separados por una frontera pero para siempre unidos como vecinos», apuntaba el primer ministro luso, el socialista António Costa, en un cálido mensaje a la comunidad española. «Mañana estaremos nuevamente juntos, sin límites o fronteras, dándonos un abrazo», concluía.
La respuesta del presidente del Gobierno español, el también socialista Pedro Sánchez, no se hacía esperar: «Amigo Antonio, pueblo de Portugal. Juntos tomamos esta decisión para cuidarnos y cuidar a nuestros compatriotas. Ganaremos al Covid-19 con el esfuerzo de todos y todas. Y cuando todo pase, volveremos a abrazarnos como países hermanos que somos».
Un mensaje de tranquilidad que confirma la fortaleza de las relaciones entre ambos Estados.

 

La solidaridad hecha circo

En el año del 250 aniversario del circo moderno, el Nevada, originario de Extremadura, llegó a Monforte de Lemos (Lugo) el pasado día 10, pero una bofetada de realidad impidió su espectáculo. Se decretó el estado de alarma y se quedaron en el campo de O Baldomero. Son 14 personas, entre ellas tres menores, de cinco, nueve y 15 años.
¿Qué hacer?, se preguntaron entonces. Pues no en vano para llegar a ese emplazamiento con sus vehículos y montar la carpa habían invertido una gran cantidad de dinero que ya no podrían recuperar.
«El martes pasado alcanzamos la meta y el jueves vino el Ayuntamiento a decirnos que no podíamos hacer el show», contaba a principios de esta semana la directora del Gran Circo Nevada, María Luisa Moreno, que recuerda con angustia: «¡Estaba todo montado!»
La falta de recursos es precisamente el motivo que les impide volver a casa y, así las cosas, afrontan el día a día en ese terreno monfortino en el que han aparcado sus camiones y caravanas; en el que han aposentado también sus trampolines, trapecios, cilindros y demás artilugios.
«Por la desgracia de lo que ha pasado, aquí nos encontramos varados, como si fuéramos un barco», sostiene Moreno, sin ocultar su desconsuelo, mayor si cabe entre aquellos acostumbrados a «dar alegría» y que, por carambolas de la vida, ahora portan una estampa de «tristeza».
No del todo. Porque no están solos ante este golpe, dado que la solidaridad del municipio que los acoge está siendo enorme. Vecinos, asociaciones, tiendas y supermercados han decidido desde el minuto uno que a estos extremeños no les falte de nada.
«Huevos, leche, nos han traído aceite... Increíble cómo se está portando el pueblo con nosotros», explica una emocionada María Luisa al tiempo que, con sus manos, muestra varios alimentos extraídos de grandes cajas y bolsas apoyadas sobre su trampolín.
Esta gran familia, que cuenta también con una integrante de 96 años y con diferentes mascotas como perros y pájaros, pide ayuda del Estado: «Si dicen que ayudan a las familias sin recursos, pues nosotros somos una de tantas».

 

Teledocentes: la jornada interminable

Coral, Jorge, Elisa y Jaime están que no pueden más después de varios días de jornadas interminables como teledocentes de colegios o universidades, echándole horas al ordenador para hacerle un quite tecnológico al coronavirus.
«No me aburro, estoy todo el día liada», cuenta Coral (nombre ficticio) por  WhatsApp un día. Varias jornadas después, el ritmo no decae y agrega que, con algunas pausas, le echa unas 10 horas cada día a la labor. Prepara los temas, los explica, cuelga las correcciones -una vez que le han enviado los ejercicios- en la plataforma correspondiente e intercambia mensajes con los alumnos en la aplicación Hangout.
Esta profesora destaca que los de segundo de bachillerato están «muy preocupados» con el retraso de la EvAU (Evaluación para el Acceso a la Universidad). «Algunos dicen que no podrán soportar el agobio durante tanto tiempo, que hubieran querido quitárselo antes de en medio y otros creen que sí, que es mejor porque tendrán más tiempo para estudiar».

 

El homenaje a la remota expedición de Balmis

Santa Cruz de Tenerife fue el primer puerto al que arribó en 1803 la expedición Balmis, la gran operación sanitaria internacional que impulsó España para llevar la vacuna contra la viruela hasta el último confín del Imperio, y en la ciudad canaria pasó un mes vacunando a miles de personas.
Los datos de esa expedición, la primera operación internacional con carácter sanitario y humanitario, los rememora en un artículo publicado en la web del Museo de Naturaleza y Arqueología de Tenerife Conrado Rodríguez-Maffiotte, director del Instituto Canario de Bioantropología y del Museo Arqueológico de Tenerife.
Rodríguez-Maffiote recuerda que el Ministerio de Defensa ha llamado Operación Balmis contra el SARS-CoV-2 al despliegue de las Fuerzas Armadas para la lucha contra el patógeno responsable del Covid-19, un homenaje a la Expedición Balmis o Real Expedición Filantrópica de la Vacuna, que tuvo lugar entre 1803 y 1806.
¿En qué consistía esa expedición? Pues fue, ni más ni menos, que la primera operación internacional con carácter sanitario y humanitario propuesta al rey Carlos IV por el médico y cirujano militar español Francisco Javier de Balmis y Berenguer con el fin de llevar la vacuna antivariólica (contra la viruela) hasta el último confín del Imperio español para salvar cientos de miles de vidas, especialmente niños.

 

Clubes de lectura en pijama

Clubes de lectura en pijama, escritores que muestran sus rincones favoritos en casa o dan clase de alguna materia, autores que comienzan relatos para que los continúen sus seguidores... Las propuestas que se ofrecen estos días en las redes sociales para animar a leer en casa son infinitas.
El mundo del libro, como tantos otros sectores, ha tenido que reinventarse a marchas forzadas desde que se declarara el estado de alarma por el coronavirus y volcarse en las redes sociales ante la cancelación de los actos de presentación de obras y firmas por parte de los escritores y, sobre todo, ante el cierre obligatorio de las librerías.
Pero las iniciativas no han tardado en multiplicarse y ahora es posible asistir a múltiples convocatorias desde casa protagonizadas por numerosos escritores o convertirse en escritor también. Por ejemplo, estos días Rosa Montero imparte talleres sobre escritura creativa. También hay juegos como el que invita a los lectores a adivinar qué autor/a se esconde detrás de una foto de su infancia siguiendo las pistas. Solo hay que estar muy atento a las redes sociales.

 

Confinados de por vida

Situada a los pies del parque natural de los Arribes del Duero, la pedanía de Villar de Samaniego (Salamanca) es uno de esos espacios de la España vaciada donde la soledad y el confinamiento forma parte de la rutina diaria.
Con 32 habitantes censados, sin apenas cobertura móvil, sin farmacia, la vida discurre morosa, lánguida, silenciosa, casi detenida en una sucesión de calles vacías en torno a la austera iglesia de San Toribio.
Sin espacios para socializar más allá de la pequeña tienda de ultramarinos, la propia parroquia, la visita del cartero y en particular la del médico: Luis Rodríguez, un hombre que ha superado el medio siglo y que además es alcalde de la localidad vecina de Pereña.
Aquí no es necesario el confinamiento, explica el facultativo, «ya viven confinados todo el año», explica  en medio de una habitual estampa de soledad.

 

Una crisis que duplica la familia

El coronavirus ha duplicado la familia de Rafael Gutiérrez y la ha hecho más numerosa e internacional, al pasar de cuatro a ocho componentes, tras acoger a tres compañeros del colegio de Italia del hijo, que volvió con ellos a su casa en Málaga de forma imprevista y rápida al cerrar el centro ante la epidemia.
Esta historia de solidaridad y hermanamiento empezó hace tres semanas cuando en España aún estaban en la calle unas máscaras más felices, las de los carnavales, y ha transformado de la noche a la mañana una casa familiar en improvisado centro de acogida de lo que puede considerarse como refugiados ante la pandemia.
Mientras gran parte del planeta se confina en sus hogares, tres jóvenes, uno de Italia y dos de Costa Rica, se han visto obligados a convivir con la familia de su compañero Pablo, que les tendió la mano y les abrió sus puertas cuando no tuvieron más remedio que, de forma inminente, huir del país donde cursaban estudios.
Uno de ellos, el italiano Jacopo, tenía una situación más «dramática», ya que sus padres, que viven cerca de Milán, zona cero de esta epidemia en Italia, no pudo evitar tomar la dolorosa decisión de pedir al hijo que no volviera a su casa tras el cierre del colegio por temor a lo que pudiera ocurrir. Así lo relata Rafael Gutiérrez, funcionario jefe de servicio en la Junta de Andalucía, que se ha convertido en el padre de esta prole sobrevenida y que asegura que, aunque la familia de Jacopo quería tener a su hijo con ellos, comprendieron que esta era la mejor alternativa.

 

Ante el aislamiento, el humor ayuda al cerebro

La pandemia de coronavirus genera incertidumbre, que es la situación que peor lleva nuestro cerebro, señalan los neurocientíficos, por eso, la oleada de humor que nos invade estos días es buena para este órgano porque reduce el estrés y ayuda a pasar el confinamiento.
Los móviles reciben decenas de chistes sobre el coronavirus que nos arrancan una sonrisa y, «aunque no todo el mundo tiene la misma capacidad de reírse», el humor «puede ser un antídoto ante la  ausencia de certeza que provoca el miedo. En ese sentido sea bienvenido el humor y la risa», explica el director del departamento de Psicobiología del Instituto de Neurociencia de la Universidad Autónoma de Barcelona, Ignacio Morgado. Neurocientíficamente, se ha comprobado que «una de las cosas que peor soporta el cerebro y que genera más emociones negativas es no saber qué va a pasar».
Se han detectado más de cuarenta áreas del cerebro que se activan cuando las personas están en situación de desconocimiento y además «tiendes a imaginar lo peor», por eso «resistimos mejor las malas noticias», contrastadas y veraces, que la incertidumbre que «no sabemos dónde nos lleva». Cuando el cerebro carece de certeza, «acumula tensión» y necesita una válvula de escape. «Ahí entraría el humor» que es bueno para ese órgano porque libera y reduce estrés.