Yolanda, la primera gitana segoviana en la universidad

Sergio Arribas
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Cursa cuarto de Derecho en la UVa, acaba de concluir sus prácticas en un despacho profesional y quiere ejercer la abogacía para «defender a los suyos». Su historia está salpicada de no pocas dificultades, que pudo sortear con tesón e inteligencia

Yolanda Jiménez, de 26 años, espera obtener el título de Derecho el próximo año. - Foto: Rosa Blanco

No era la primera vez que lo escuchaba. Siempre sintió indignación, aunque, aquel día, casi entró en cólera. En un aula, un profesor universitario, soltó que muchos gitanos vivían de las ayudas del Estado. «Me reboté, lo confieso. No sabía que yo era gitana y ya le dije que debería medir sus palabras. ¡Qué te digan a tu cara eso¡ ¿un profesor universitario? Con mi contestación se quedó callado, sin respuesta».

Aquel docente no podía imaginar que entre sus alumnos había una joven gitana, Yolanda Jiménez, de 26 años, que supo, con educación, derribar alguno de los prejuicios implantados en la sociedad contra la etnia a la que se declara con orgullo pertenecer. «Lo triste es que no estén acostumbrados a ver gitanos en una universidad y que lo que es hoy extraordinario no sea ya algo normal», dice Yolanda, con un punto de timidez que contrasta con el ímpetu y tesón que le ha llevado a ser la primera mujer gitana nacida en Segovia que cursa estudios universitarios, concretamente, en el Campus María Zambrano de la Universidad de Valladolid (UVa). 

Empezará cuarto de Derecho y, aunque tiene pendiente una asignatura de tercero, espera obtener su título en 2020. Después cursará en Madrid el máster obligatorio para colegiarse —que hará gracias a una beca prometida por la Fundación del Secretariado Gitano— con el propósito de ejercer la abogacía. «Me gustaría defender a los míos», confiesa, porque «todavía se nos prejuzga y si entramos en un juzgado, siempre se deslizan comentarios sobre lo que habrá hecho el gitano». Yolanda desliza un deseo profundo. «Hay barreras sociales entre payos y gitanos y me gustaría empezar a derribar mitos. Aquí, por ejemplo, ya se ha caído uno», comenta, mientras esboza una ligera sonrisa y mira, con ojos de picardía, a quien ha sido su tutora en el último mes, la abogada segoviana Eva Martín Peñas. Yolanda ha terminado sus prácticas y ha dejado huella en este despacho profesional de la calle Gascos.

La abogada Eva Martín ha sido la tutora de Yolanda durante sus prácticas.
La abogada Eva Martín ha sido la tutora de Yolanda durante sus prácticas. - Foto: Rosa Blanco

«Con ella he eliminado muchos tabús», confiesa Eva. Por su despacho han pasado una treintena  de alumnos en prácticas y no hay semana que no se reciban llamadas de estudiantes con este propósito. «Si me llama ella y me dice que es gitana, seguramente la hubiera dicho que no, hay que ser sincero», confiesa la abogada. 

«Nos ha conquistado». Pero Yolanda venía con «la mejor presentación», recomendada por la hija de unos amigos de Eva. No se equivocaban. «Nunca he tenido una alumna que viniera media hora antes y no se quisiera ir nunca. Nos ha conquistado. Es una mujer diez. Es honesta, proactiva. me ha ayudado mucho a buscar jurisprudencia e incluso se ha involucrado tanto en los casos, que me ha dado nuevos puntos de vista de defensa, que no se me habían ocurrido», asegura la abogada y tutora de Eva.

La abogada segoviana, que ha otorgado la máxima calificación a su alumna de prácticas, le augura un gran futuro. «Donde quiera caminar lo hará estupendo. Sí necesita un poco de refuerzo a nivel de autoestima, porque está un poco minada. Tiene que creérselo un poco más, porque tiene una valía enorme. Aunque claro, es que su caminar no ha sido nada fácil».

Eva Martín hace referencia a la trayectoria vital de Yolanda, quien, a sus 26 años, ha tenido que sortear no pocas dificultades. Su padre, gitano de Segovia, es «analfabeto». Padece una minusvalía de la visión que le impidió estudiar. Su madre, también gitana, de Madrid, hizo los estudios primarios, aunque al ser la mediana de la familia, tuvo que abandonar los libros para cuidar a los pequeños. «Mi madre, que ahora tiene 54 años, es de mente mucho más abierta, tiene otra forma de ver el mundo, siempre me animó a estudiar», explica Yolanda.

La joven se crío en la casa de sus abuelos, en el polígono de San Millán. «Había mucha gente en casa, muchos matrimonios, y para sacarme de ese entorno, mi madre me metió en la guardería, con ayuda de Miguel Ángel, un trabajador social». Después pasó al colegio, primero al CEIP Santa Eulalia, donde cursó hasta tercero de primaria.

La familia se trasladó a vivir a Nueva Segovia y en el CEIP Elena Fortún acabó la educación primaria obligatoria. De allí, a un colegio de La Albuera, donde vivió «un pequeño bache», que Yolanda atribuye a la frecuente negativa a estudiar que brota en la adolescencia. 

Con 16 años dejó de estudiar tres meses «hasta que me di cuenta que no podía estar quieta, que tenía que hacer algo con mi vida». Se metió en un PCPI (Programa de Cualificación Profesional Inicial), de auxiliar administrativo, con las religiosas de María Inmaculada, en la calle de San Francisco. Cursó el último año en el IES Giner de los Ríos y obtuvo el título de la ESO. Y después el bachillerato, en el mismo centro. «Me dije, pues nada, ya me busco un trabajo, porque hacer una carrera no es algo que me pueda pagar, no tengo medios», recuerda.

Sin embargo, se obró el milagro. Un grupo de profesores del Giner le preguntó a Yolanda si quería hacer la Prueba de Acceso a la Universidad (PAU), algo que no pasaba por su cabeza. Su familia no podía pagar la tasa para hacer el examen. «Sin decirme nada, los profesores hicieron un bote, juntaron dinero y me lo dijeron tres días antes del examen», recuerda. Estudió tres días «a tope», se examinó y sacó una nota de 6,5.

Con becas. La tasa por inscribirse en la PAU superaba los 100 euros, un gasto que suponía una losa para la familia de Yolanda. «¿La situación económica en casa? ¡Imagina no poder pagar la selectividad como para pagar unos estudios universitarios! Por fortuna, cada año he podido acceder a una beca. Ahora estoy centrada en la carrera, aunque sí me gustaría encontrar un trabajo a media jornada, por la mañana. Estaría muy bien para poder ayudar en casa», apunta.

Cuando acabe Derecho hará el máster para colegiarse, gracias a otra beca, de la Fundación del Secretariado Gitano. «Si lo desea —dice la abogada Eva Martín— será una letrada en ejercicio buenísima» ¿Quizá enfrentadas en algún caso como abogadas? «¡Quién sabe!, aunque como no me dé la razón, la líamos...», bromea Eva, mientras Yolanda suelta una sonrisa de oreja a oreja.

«Si pudiera ayudar a todas esas personas que quieren estudiar y no pueden por sus circunstancias —dice Yolanda— sería genial. No es justo que te cierren las puertas de tu futuro por el hecho de ser gitano o no tener muchos recursos».

«Ojalá abra una puerta a otras mujeres»

Yolanda no rehuye la pregunta, un tanto incómoda. En la sociedad perviven aún actitudes machistas, que pueden llegar a acentuarse, según admite, en algunos de los postulados más tradicionales de la cultura gitana, que ve con buenos ojos que las mujeres se casen a edad temprana para formar su propia familia. «Claro que he tenido presiones. En mi cultura, tener 26 años y no haberte casado…. Ya no es mi familia, sino el entorno en el que te mueves. Todos mis primos y amigos gitanos se han casado y tú no. Las presiones han venido más por el entorno que por la familia, porque mis padres siempre han querido lo mejor para mí», afirma Yolanda.

«Aquí en Segovia tengo primas que se han sacado el carné de conducir y están trabajando en pueblos y hospitales. Hay que ir poco a poco. Es una pena que yo sea la primera segoviana gitana que estudia en la universidad porque me gustaría que muchas más lo hicieran. ¡Quién sabe! Puede que yo por abrir esta puerta, despierte la curiosidad de más mujeres», responde.

Una imagen «distorsionada» del pueblo gitano

Cuando a Yolanda se le pregunta por el programa ‘Los Gypsy Kings’, de Cuatro Televisión, que sigue la vida de cuatro familias gitanas españolas, se le cambia el gesto y frunce el ceño. «Solo hacen payasadas. Es un esperpento. Los gitanos no somos así y nos están perjudicando. Al final, este tipo de programas alienta el racismo de determinadas personas contra nosotros y es muy injusto. Yolanda habla de que existen numerosos «mitos y falsedades» y apunta, como ejemplo, que la Fundación del Secretariado Gitano tuvo que «dar un toque» a la RAE que apunta a la palabra «trapacero» como sinónimo de gitano. «Los gitanos no somos eso. Somos una etnia con mucha historia y cultura, que hemos sido perseguidos (.-..) Muchos queremos estudiar y quizá no tenemos las posibilidades que tienen otros».

A su juicio, gitanos y payos deben «abrir su mente» para abundar en la normalización de la convivencia. «A unos les diría que no todo en la vida es casarse y tener hijos, que tienen que respetar que uno quiera ser independiente y labrar tu propia vida. Y a los otros les diría que no tuvieran tantos prejuicios hacia nosotros», zanja.