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«No estas acostumbrada a pedir ayuda y te derrumbas»

Sergio Arribas
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Jessika Olivera, de origen hondureño, se siente muy agradecida por el auxilio inmediato y formación que recibió desde Cáritas Segovia. Hoy trabaja como gerocultora en una residencia de mayores.

«No estas acostumbrada a pedir ayuda y te derrumbas»

Ojos vivos y luminosos y una eterna sonrisa. Jessika Olivera irradia brillo, serenidad y simpatía. Nada hace sospechar la dura historia que encierra la vida de esta mujer, de 35 años y origen hondureño, con cinco años viviendo en Segovia, los mismos que lleva sin ver a su hijo, en el país centroamericano. Le tuvo con apenas 15 años. «Mi mayor deseo es tenerlo conmigo aquí en España, porque él también quiere estudiar», asegura la madre. Jessika protagoniza una historia con «final feliz»; eso sí, según recalca, «gracias a Dios y a Cáritas» de Segovia, la oenegé que le ha prestado ayuda en los momentos más abruptos, no solo en asistencia urgente, —cuando no tenía dinero ni para comprar alimentos—, sino también en una formación que le ha abierto puertas para labrar su futuro a través del empleo. 

Con el firme propósito de aprobar este verano el carné de conducir, Jessika trabaja actualmente como gerocultora en una residencia de personas mayores del Real Sitio de San Ildefonso, mientras espera que culmine el arduo proceso burocrático para homologar en España su título como licenciada en Enfermería obtenido en Honduras.

«Es un país muy bonito, pero la desigualdad y la pobreza y la inseguridad que vivimos nos hace emigrar». Jessika es viuda. Su marido fue asesinado en Honduras. Fue cuando le robaron la motocicleta con la que iba a trabajar. A las dificultades de salir para adelante como madre soltera unió la barrera de la «corrupción» en el país centroamericano que le impedía progresar profesionalmente. «Me vine con una información equivocada. Pensé que en España valdría mi título para ejercer, pero no era así», comenta Jessika, que llegó a pedir un préstamo bancario para costearse el viaje a España, concretamente a Segovia, donde ya vivía una hermana, que logró traer a sus dos hijos menores.

Como quiera que hasta cumplir tres años de residencia no podía acceder a un permiso de trabajo, la situación se tornó dramática, especialmente porque tenía que hacer frente al pago del préstamo con el que se había costeado el billete. Aquí es cuando por primera vez Jessika y su hermana contactaron con Cáritas. «No lo conocía. Hay personas que no tienen ninguna obligación de ayudarnos, pero tienen toda la voluntad». Allí conoció a Belén, técnico de Cáritas y al resto del equipo de la oenegé. «Te dicen, no es facil, pero tampoco imposible, ¡vamos adelante! y siempre con una sonrisa», afirma.

Uno de los peores momentos llegó con la pandemia y el estado de alarma. Jessika cuidaba a una persona mayor que falleció. También su hermana se quedó sin trabajo y ambas tuvieron que volver a recurrir a Cáritas. «Una no está acostumbrada a pedir ayuda. Llega un momento en que te derrumbas (...) no hay trabajo, no hay ingresos, tienes que pagar la casa, la luz, el préstamo....».

Jessika recuerda cómo entonces «lo pasé muy mal», aunque nunca abandonó la pelea y, en este sentido, realizó una serie de cursos de formación ofrecidos por Cáritas, «que son los que te terminan abriendo puertas». La hondureña trabajó como gerocultora en la residencia ‘El Sotillo’. El verano aumento sus opciones de trabajo y en julio obtuvo otro empleo por la tarde, en otra residencia del Real Sitio; con el que finalmente se ha quedado al no poder compatibilizar ambos por las dificultades de desplazamiento. El anhelo de Jessika pasa hoy por poder ejercer como enfermera,y sobre todo, poder reunirse con su hijo en España.