Cuestión de huevos fritos

José Orcajo
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En recuerdo de Pali

Caricatura de Pali por José Orcajo

Cuando hace ya muchos años, una revista de humor editada en Barcelona, para la que publicaba historietas, me pidió un breve artículo recomendando al lector uno de los bares «con encanto» de Segovia, no lo pensé ni un momento y hablé de ‘El Pali’. 
‘El Pali’ era un pequeño bar situado en la recoleta plazuela de El Salvador. Tenía su puerta en un bonito chaflán flanqueado por un lado por la propia plaza, y por el otro por una corta y estrecha, aunque soleada callejita que iba a desembocar al Acueducto. Pero lo mejor de ‘El Pali’ no estaba en la plaza ni en la calle, sino dentro, en la barra, en los huevos que había encima de ella, porque, Pablo Gómez, el propietario de aquel establecimiento tuvo la feliz idea de poner como aperitivo un huevo frito que te cocinaba en el instante para que pudieras disfrutarlo calentito y mojando pan.
Después, la idea fue copiada por otros varios colegas que añadieron, papas, pisto o chorizo de la olla, haciéndole a ‘Pali’ la competencia, pero ya no tuvo gracia, pues el añadido no era sino poner una pluma al sombrero ya inventado. Y Pablo, que empezaba a tener problemas de salud, hubo de traspasar el bar de la plaza del Salvador con su bonito chaflán y con la barra aún oliendo a aceite de oliva y huevos fritos, metiéndose en algún otro negocio hostelero más tranquilo en donde lo que hacía era servir, por ejemplo, una sopa castellana o una trucha con jamón a los clientes sentados en una mesa, para no mucho después, también dejar esta ocupación e internarse por el mundo de los pedruscos y el arte, sentando -nunca mejor dicho- plaza en el Museo de Segovia al poco de ser éste abierto en lo que fuera el antiguo matadero de la ronda de Juan II.
Un día Pablo ya no pudo más y despidiéndose de las puntas de flecha prehistóricas, las estelas de tiempos de Maricastaña y demás antiguallas del museo, retomó su vocación pasando a ocupar el puesto de secretario de la Asociación de Camareros de Segovia, para embarcarse hasta el mismo momento de su muerte en múltiples tareas relacionadas con el buen comer: judiadas en La Granja, sopas de ajo en San Frutos, potaje en el Carnaval o el corte de jamón en la Semana de Cocina Segoviana, y lo que tenía más repercusión fuera de nuestro ámbito local: el Concurso nacional de Coctelería.
Para éste, un día le comenté a ‘Pali’ impulsar el certamen con algunas ideas nuevas como pudieran ser el servir el cóctel Margarita o el Daiquiri con un huevo frito recién hecho, con sus crujientes puntillas y una rebanada de hogaza reciente de Garcillán, en lugar de la consabida guinda. Sí, yo ya sé que todo es cuestión de echarle huevos fritos, me dijo con su sempiterna sonrisa. ¡Hasta siempre, Pablo!.