LA RAYUELA

Óscar del Hoyo

Periodista. Director de Servicios de Prensa Comunes (SPC) y Revista Osaca


Aullidos

17/01/2021

Noche gélida, glacial. El invierno muestra su cara más cruda, con un temporal que provoca que el mercurio de los termómetros se desplome por debajo de los cero grados. La luz de la luna llena se refleja en la nieve congelada, mientras el ulular característico de una lechuza, que acaba de atrapar a un ratón y se aferra a la rama de un pino centenario, rompe un silencio casi sepulcral en la sierra de Zamora. La rapaz de mal agüero, con su portentoso sentido del oído, avisa de que la manada, hambrienta, se acerca.
Con sigilo, media docena de lobos avanza hacia la parcela donde se concentra el ganado. El macho alfa marca la estrategia y el grupo se divide antes de llegar al río. No hay pastor eléctrico y el pequeño muro de piedra de la finca no supone un obstáculo para lanzar el ataque. Todo sucede muy deprisa. Las ovejas más jóvenes se mueven inquietas, al tiempo que las madres balan con fuerza. El viejo mastín, que intuye la presencia de los depredadores, sale a su encuentro y, aunque intenta hacerles frente, tres de los ejemplares se abalanzan sobre él al mismo tiempo. La lucha y el aguante del perro se prolonga durante varios minutos, pero, exhausto, sucumbe a las mordeduras y embestidas de unos cánidos, ávidos por saciar su hambruna. 
Al principio, su objetivo son los más débiles. Al unísono rodean a uno de los lechazos. El cordero intenta huir despavorido, pero un lobo golpea una de sus patas traseras y cae desplomado al suelo. Es sólo el principio. Mientras inmoviliza al pequeño animal a la altura del cuello, el líder de la manada inicia un festín que continuará durante horas.
Raúl se despierta con las primeras luces del alba. Ha descansado poco y mal. Los números no acaban de cuadrar y la pandemia ha empeorado una situación que de por sí ya era delicada. Como cada mañana, tras dar de comer a las gallinas, se sube al tractor para acercarse hasta la tenada donde está recogido el rebaño. Cuando llega, el panorama es desolador. Más de una veintena de ovejas yacen sin vida y otras tantas están malheridas. En la nieve, se pueden apreciar las huellas. No hay duda. La sangría la ha vuelto a provocar el lobo y es la tercera vez este año. Raúl se lleva las manos a la cabeza, sabedor de que las exiguas compensaciones que recibirá por cada ejemplar muerto le condenan prácticamente a la ruina.
El conflicto ha rodeado siempre la coexistencia entre el hombre y el lobo, un debate que sigue hoy más vivo que nunca. La situación de este emblemático carnívoro en España es muy particular. Mientras que al sur del Duero su caza está totalmente prohibida, al norte del río, donde se concentra más del 70 por ciento de su población, se considera especie cinegética, por lo que se pueden llevar a cabo batidas con el objetivo de diezmar a su población. Si por un lado se encuentran los defensores del lobo -ecologistas y animalistas-, que consideran que se le debe proteger de la misma manera que se ha hecho con el oso o con el lince, por el otro están las asociaciones agrarias y ganaderas que exigen poder continuar cazándolo para evitar un crecimiento exponencial de su población que pone en peligro la seguridad y viabilidad de las cabañas ganaderas.
Aunque estaba previsto y algunos daban por hecho que, antes de que finalizase 2020, el Ministerio para la Transición Ecológica iba a declarar al lobo ibérico especie protegida en el territorio nacional, la decisión, que parecía estar tomada y sólo dependía de trámites burocráticos, se ha ido postergando sin que nadie sepa a ciencia cierta lo que va a suceder.
Las presiones son muchas y las posturas continúan fuertemente enconadas. Para unos, el lobo es un animal con un marcado carácter territorial, que tiene la potestad de regular las poblaciones de ciervos y jabalíes, algo que, aparte del hombre, es el único capaz de hacer, y estiman que sus acciones violentas repuntarán si se desestructuran sus manadas. Además, sus defensores coinciden en que es en sí mismo un gran atractivo turístico y creen que los ataques se pueden controlar siempre que los ganaderos tomen las medidas preventivas necesarias para evitarlos, como la estabulación, los sistemas eléctricos y persuasivos de protección...
Por contra, están aquellos que exigen que haya un control sobre este animal salvaje, que advierten que prohibir su caza puede suponer un desastre a medio plazo para una parte fundamental del sector primario y que exigen mayores cuantías a la Administración para compensar las muertes. 
Raúl recoge a su rebaño en un nuevo cobertizo que ha construido. Ahora cuenta con dos mastines y con varios sistemas de luces y ultrasonidos para ahuyentar a los depredadores. La inversión ha sido notable, aunque desde entonces no ha sufrido ninguna acometida.
La conservación de la biodiversidad es un bien común, pero ¿está por encima de intereses particulares? El hombre ha demostrado ser la especie más dañina del planeta. Portugal ya dio el paso para proteger al lobo y ha constatado que hay medios para que sus aullidos se sigan escuchando con fuerza en la Península Ibérica.