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Andrés Torquemada: «Se me van los pies»

Sergio Arribas
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La 'Cara B' del concejal de Participación Ciudadana. Habla alemán y es un apasionado del latín, lo que le ayuda cuando canta gregoriano. «Mi intención es dejarlo al cumplir este mandato». Se refiere a la política, no al cante y baile.

Andrés Torquemada: «Se me van los pies» - Foto: Rosa Blanco

Cada vez que Melendi coge su guitarra, se le van solos los pies. Lo confiesa en su sencillo 'Caminando por la vida'.  A Andrés Torquemada (Madrid, 1966) le ocurre algo parecido. En su caso, el 'resorte' que activa brazos y caderas es el sonido de la gaita o la dulzaina y el tamboril. El 'concejal bailón' —como le han llegado a bautizar en algún barrio— suma ya 14 años con escaño y área de gobierno en el Ayuntamiento de Segovia. No obstante, en la charla con El Día de Segovia, el veterano edil desliza la primicia: «mi intención es dejarlo cuando acabe este mandato». Se refiere a la política; en ningún caso al cantey al baile —suena a flamenco, pero se refiere a las jotas— que abraza como herencia de su madre Juanita, mujer zamarriega que lo hacía con pasión y destreza.

«Cuando oigo una jota, se me van los pies», confiesa el concejal, vestido ya de civil o paisano, después de someterse a una sesión fotográfica —para ilustrar este artículo— en los campos de cereal que rodean Zamarramala. Lo ha hecho enfundado en el traje de danzante que guarda como un tesoro en el armario —el que lleva la camisa blanca bordada por sus amigas monjas de San Juan de Dios, 'las juaninas'— y que era su 'uniforme', junto con el otro más humilde,  de segador,  cuando bailaba con el grupo de danzas 'Emperador Teodosio'.

A la entrevista acude con camisa blanca y jersey sobre los hombros anudado al cuello. «La imagen es importante. Nunca he sido dejado en el vestir», reconoce el concejal. Este corte 'clásico' de indumentaria —más propio de un político conservador— no parece casual. En Andrés Torquemada se intuye un hombre exigente y meticuloso; rasgos que suelen aflorar en sus intervenciones públicas, tanto en el pleno municipal como en las ruedas de prensa, donde llega a desplegar un tono litúrgico o ceremonial. Fuera de 'micro' es un tipo cercano. «Sí, vale, hablo mucho» [se ríe], admite el edil, casado y padre de dos hijas —Marina y Natalia, de 23 y 19 años—, quien, según avanza la conversación, suelta algunas perlas que definen su personalidad.

Para desayunar todos los días toma una pieza de fruta — «ahora me gusta la papaya, que me sienta muy bien» —, una tostada con aguacate «con un chorrito» de aceite virgen y un vaso de leche «con cereales solubles». «Vigilo mi alimentación, me gusta controlarme», reconoce el concejal, todo un «cocinilla», especialmente con la repostería, donde las recetas exigen buenas dosis de rigor y disciplina. Tampoco es casual.

Tres pitillos al dia. A punto de cumplir 55 años, luce figura estilizada. «El nervio que tengo no me deja engordar», añade, no sin antes reconocer que la quema de calorías obedece también a su afición al senderismo y sus paseos por los caminos que rodean Zamarramala. Tan ordenado como con su desayuno es también con el resto de la alimentación — «siempre hago cinco comidas al día»— y hasta con uno de sus hábitos que arrastra desde su época universitaria. «Sí, sí, fumo. No lo he dejado, pero lo hago de forma muy controlada, meticulosa. Desde hace unos 18 años solo fumo tres cigarrillos al día, ni uno más, uno al mediodía, nunca en ayunas, otro a media tarde y el último después de cenar. Se que es poco saludable, pero es que me saben muy bien», asegura.

«Chapurrea» el inglés «malamente» —que diría Rosalía— que compensa con el  título de alemán otorgado por la Escuela Oficial de Idiomas. Y es un apasionado del latín desde los tiempos del bachillerato. «Aún hoy me gusta cantar declinaciones y conjunciones verbales en latín y esto me ha venido muy bien para el canto gregoriano que llevo practicando un tiempo», afirma el hoy concejal de Participación Ciudadana, a quien su amigo Juan Gómez de Caso introdujo en el coro 'Congregamine et Psallite'. 

«¿Religioso? Soy católico. Y suelo ir a misa los domingos», confiesa. Uno de sus mejores amigos, Fernando, es un sacerdote vinculado a Zamarramala, el barrio incorporado —pueblos dirán muchos— de donde eran naturales sus padres, donde pasó los veranos de su infancia y juventud, donde se echó novia y casó, y terminó finalmente por instalarse, pocos años después de contraer matrimonio.

Nacido en Madrid, se licenció en Derecho por la UAM y cursó un máster en Gestión y Dirección de Empresas por la Antonio de Nebrija, mientras aprendía el idioma de Merkel, Lutero o Boris Becker.  En el último año de carrera, con apenas 22 años, la vida le asestó un duro golpe. Con absoluta veneración recuerda Torquemada a sus padres, que perdió casi al mismo tiempo, en 1989. La muerte de su madre, con solo 53 años, y de su padre Antonio, con 57 años, apenas doce días después, le hizo tambalear. Tuvo que madurar más rápido, gracias a sus tres hermanos: Juan Antonio, María Esther y el más pequeño Ángel Luis; los tres de nombre compuesto, como él, pues fue bautizado como Andrés Jesús. 

Nada más cursar el Máster logró su primer empleo en una empresa en el ámbito de la importación y distribución de material médico.  A Sara la conoció en Zamarramala, el pueblo de sus padres, y con ella se casó en Sotosalbos en 1993. Dos años después, con 28 años, cuando ya comenzó a trabajar en el ámbito de las personas con discapacidad y de la mujer, el joven matrimonio tomó una decisión trascendental. Abandonó su piso en el barrio madrileño de Argüelles para trasladarse a vivir a Segovia; concretamente a una pequeña casita de La Cuesta, barrio incorporado de Turégano, que les alquiló quien era su casera en Madrid. «Pasé de despertarme con el bullicio de Madrid a hacerlo con el sonido de las vacas de mi vecino», recuerda hoy Torquemada. Año y medio después se trasladararon a Zamarramala, donde la familia suma ya 25 años de residencia.

Aquel paraíso, su nuevo hogar, precisaba más atención por parte del Ayuntamiento y Andrés Torquemada se convirtió en un agitador del movimiento vecinal. En el año 2000 fue uno de los impulsores de la asociación de vecinos Pinilla de Zamarramala, que fue un tormento para el entonces alcalde, José Antonio López Arranz. Aún recuerda aquella manifestación que llegó a la Plaza Mayor para exigir el sellado del vertedero del Peñigoso y la dotación de un servicio municipal de autobuses al pueblo. Y se consiguió. 

Azote del movimiento vecinal. Sus dotes de liderazgo no pasaron inadvertidas. Tentado por el PP  y tras formar parte como independiente de la fallida candidatura de Javier Giráldez (ASí) en 2003, Torquemada aparcó la vía política hasta 2007, cuando Pedro Arahuetes le incluyó aquel año en su candidatura. Aceptó la invitación al mismo tiempo que se retiró del movimiento vecinal.  Con independencia de la alcaldesa Clara Luquero, Andrés Torquemada es hoy el único que queda en el Ayuntamiento de aquella lista de 2007, teniendo en cuenta la reciente marcha, en agosto del año pasado, de Claudia de Santos. Siempre ha mantenido su cartel de independiente y prefirió no afiliarse al PSOE, aunque «si voy con estas siglas es por algo. Creo en el proyecto socialista».

En la charla surgen algunas confesiones que suenan a sincera disculpa. «La política, el Ayuntamiento, quita mucho tiempo, no hay horarios (…) me arrepiento de no haber dedicado más tiempo a mi mujer y a mis hijas», asegura Torquemada, que desde hace 21 años compatibiliza su labor pública municipal con la dirección de la asociación AMIFP, con sede en Madrid, dedicada a la atención a personas con discapacidad.

El concejal 'madrileño' — «estoy enamorado de Segovia, pero me gusta y necesito Madrid, perderme en su asfalto y bullicio»— siempre abrazó el gusto por el folclore y el baile, desde que, de chaval, cuando las fiestas en Zamarramala eran en octubre y las jotas inundaban 'el mesón', el antiguo salón del ayuntamiento del pueblo, hoy transformado en consultorio médico. 

Allí recuerda bailar con sus amigos y su madre Juanita. «Recuerdo que de chaval, a Mari Carmen, prima de mi padre, que dirigía el grupo de jotas, ya le dije que si algún día venía a vivir a Segovia, que encantaría que me enseñara a bailar bien. Y así fue. Cuando vine me dio clases y me metí en el grupo». Andrés Torquemada se enfundó por primera vez un traje de danzante segoviano cuando rondaba los 30 años. Esta semana lo ha rescatado del armario y se lo ha vuelto a poner y con el decenas de recuerdos que, como las jotas, sus sonidos y sus bailes, le han acompañado en su vida.