El carnicero que devora kilómetros

Nacho Sáez
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Demi Casero, dependiente de carnicería nacido en Galicia y afincado en Segovia desde 1982, acaba de correr los 171 kilómetros del Ultra Trail del Mont Blanc. A sus 58 años dice que el atletismo es su vida y se define como «muy competitivo».

Demi Casero posa en El Pinarillo, uno de sus lugares de entrenamiento. - Foto: DS

Que un carnicero madrugue más en sus días libres para entrenar que cuando tiene que trabajar ilustra la pasión que siente por aquello que le lleva a levantarse de la cama a las cinco de la madrugada para subir a Peñalara. «Correr es mi vida», señala el protagonista, Demetrio ‘Demi’ Casero, que acaba de asombrar a muchos al participar (y acabar) en el Ultra Trail del Mont Blanc (UTMB). «Muchas veces la sociedad nos impone lo que tenemos que hacer. Yo intento no dejarme y hacer lo que me apetece», indica a modo de presentación este gallego de 58 años de O Carballiño (Orense) afincado en Segovia desde 1982. No entiende disfrutar de cada día si no es para superarse y derribar cada barrera que surja.
Al atletismo llegó desde el ciclismo. Siempre había practicado este deporte, pero dejó de tener la motivación que necesitaba y también empezó a tener miedo a los peligros de entrenar en la carretera. Tenía que buscar un sustituto y lo encontró en correr, aunque su enamoramiento con este deporte se produjo de una manera un tanto peculiar. Al principio sufría y no encontraba los alicientes para volcar todas sus energías, como le gusta hacer. Sin embargo, un grupo de amigos le hirieron en su orgullo y decidió seguir hacia adelante.
«Sin decírselo me apunté al gimnasio y me empecé a preparar a tope. Al poco les sorprendí con que me iba a apuntar a la Maratón Popular de Madrid y conseguí acabarla», desvela sobre esos inicios, ahora hace siete años. En menos de una década, Demi ha completado el ciclo natural de muchos atletas populares. Primero corren carreras de cinco y diez kilómetros, después medias maratones, más tarde maratones y finalmente dan el salto a las ultramaratones o los ultratrails. Él ha quemado etapas a una velocidad de vértigo gracias a su carácter  («Soy muy competitivo», se define) y a unas circunstancias personales casi perfectas.
En la meta del Ultra Trail del Mont Blanc.En la meta del Ultra Trail del Mont Blanc. - Foto: DSTrabaja como dependiente de carnicería, pero cuentan con horario de funcionario. Entra a trabajar a las ocho menos cuarto de la mañana, sale a mediodía y sólo tiene que acudir los viernes por la tarde para completar su jornada laboral de cuarenta horas. Esas condiciones le permiten entrenar con intensidad y también centrarse en la montaña, otro de los vértices que ayudan a retratar la personalidad de este segoviano de adopción. «Aquí vivo en Valverde, pero en Galicia nací en la naturaleza. Mi entorno es la montaña», recalca sentado en un bar sin apenas haber tocado la caña de cerveza que se ha pedido cuarenta y cinco minutos antes.
Habla y habla sin parar. Hasta de cerveza, que asegura que forma parte de su alimentación para conseguir el equilibrio correcto entre desgaste y nutrición y, de esa manera, mantenerse en forma. De hecho fue una de las bebidas que tomó en uno de los avituallamientos de ese Ultra Trail del Mont Blanc del que ha regresado absolutamente maravillado. Era una prueba que tenía marcada en rojo tras haber corrido los últimos años otras como el Gran Trail de Peñalara (115 kilómetros y 5.500 metros de desnivel positivo) o la «espectacular» Ruta de las Fortalezas en Cartagena (55 kilómetros). Sin embargo, como ya sucede en numerosas citas en todo el mundo, en el UTMB no participa quien quiere sino quien puede. Y esos son quienes acreditan una serie de puntos y, además, resultan agraciados en el sorteo que se celebra para asignar dorsales.
«Aunque al tercer año consecutivo que te preinscribes te dan plaza de forma directa, que es lo que me ha pasado a mí y al grupo con el que iba», cuenta Casero, que se preparó para su extrema dureza (su recorrido es de 171 kilómetros y sube por encima de los 2.500 metros de altura) con una planificación que mezclaba el terreno de asfalto y la montaña. Hizo la Maratón de Valencia en diciembre, la de Barcelona en abril, la Media Maratón de Segovia en marzo y el Trail de Peñalara (65 kilómetros) a finales de junio. «Llegaba muy bien preparado, pero es imposible prever lo que va a pasar en una carrera tan larga», recuerda vestido con el quitavientos de Columbia que la organización del UTMB entrega a todos los que logran acabar la prueba.
Junto a otros participantes en un tramo del recorrido.Junto a otros participantes en un tramo del recorrido. - Foto: DSÉl lo hizo en 35 horas, 23 minutos y 14 segundos –con más de once horas de margen respecto al tiempo máximo establecido– y quedó el 286 de la clasificación general y el trigésimo de su categoría. «La verdad es que me salió un día perfecto, redondo», comienza a la hora de repasar la carrera. «El grupo con el que iba decidimos ponernos de los últimos –entre los más de 2.000 participantes– para que no nos pillara una tormenta que estaba prevista, y nos salió redonda la jugada porque así pudimos empezar secos», relata Demi, que aún tiene frescos los nervios de los primeros kilómetros y cómo poco a poco encontró su ritmo. Cada detalle cuenta en esta cita. Desde la preparación física previa, como es lógico, a la gestión de los numerosos factores que intervienen en el recorrido. Uno es la mochila con el material obligatorio que han de llevar, que al final se convierte en una obsesión para el atleta en su afán por descargarse del mayor peso posible. «Hasta qué punto se nos va la cabeza que yo quería quitar la pila a uno de los frontales que llevaba. ¡A pesar de que sólo pesaba unos gramos!», cuenta este gallego afincado en Segovia.
Para mantener la calma en los momentos más complicados, él dispuso de la ayuda de su hija, Soraya: «Su asistencia ha sido fundamental, aunque la estuvimos a punto de liar porque se llevó sin que nos diéramos cuenta una prenda de abrigo que era obligatorio que yo tuviera en la mochila. Lo vimos en el último avituallamiento y me dejó ella la suya para que no me pudieran penalizar». En las paradas, Demi aprovechó para descansar y continuar esa labor de alimentación e hidratación que no cesa ni en carrera, pero no durmió.
Mientras veía cómo otros participantes se apartaban a un lado para echar una cabezada, él se mantuvo en pie a base de cafés y prescindiendo de las gafas de sol incluso en algunos momentos del día. No quería quedarse frío sino conservar unas buenas sensaciones que se acentuaron en el Courmayeur, la antecima sur del Mont Blanc, donde se encontraba más o menos el ecuador de la carrera. «Llegué a las nueve y diez de la mañana, me di un masaje relajante muscular, comí, me cambié de ropa y seguí», rememora acerca de una jornada que por suerte no se torció nunca.
De esta experiencia se queda con los «increíbles» paisajes que ha transitado y con las sensaciones con las que cruzó la línea de meta: «Tenía energía para más». Aún no ha pensado cuál va a ser su próximo reto, pero sí que tiene claro que esta es la vida que le gusta. De los achaques que le deja la carrera (no sólo en las piernas sino también en el hígado o los riñones) ya se recuperará.