Así se cambia un Régimen

Carlos Dávila
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El Gobierno de Sánchez e Iglesias está tocando todas las instituciones sin que se note nítidamente, amparado por la inacción de una sociedad anestesiada

Pedro Sánchez y Pablo Iglesias, en un encuentro en La Moncloa. - Foto: Europa Press

Este cronista mantiene una vieja relación con un conocido del Centro Nacional de Inteligencia (CNI). No diré cómo se llama, no porque no lo sepa, que tampoco, sino porque en su tarjeta de visita figura un nombre y unos apellidos que no son los suyos de nacimiento. Esta es, parece, la inveterada costumbre de la casa. El espía me ha engañado en más de una ocasión, por lo que mi confianza en sus confesiones es descriptible; mantengo el débil vínculo porque alguna verdad puede filtrar por debilidad, digo yo. Por ejemplo, ahora. Hace poco tiempo le pregunté si era verdad que el vicepresidente del Gobierno, Pablo Iglesias, ya había metido su oreja en el CNI, y su respuesta fue ambigua pero sugestiva: «Creo -me dijo- que algún conocimiento debe tener». O sea, que lo tiene. Quizá puede saber cosas de lo que acontece en la Justicia y, más concretamente, en el Poder Judicial.
Él está afectado por resoluciones cercanas y ya ha proclamado a los cuatro vientos, sin contención alguna, que va a salir limpio de cuantas causas se le puedan abrir en el Supremo. En principio puede creerse que esto es un farol que se marca el leninista para incomodar a sus jueces, pero creo que no. ¿Por qué? Pues verán: hace un año que un fiscal de nuestro máximo Tribunal declaraba amistosamente que estaba sorprendido porque todas las opiniones que él ofrecía de asuntos tan relevantes como el procès catalán eran inmediatamente filtradas y no precisamente por sus colegas. «¿Por quién?» preguntamos algunos periodistas curiosos. Y contestó así: «Pues pienso que por gentes que andan por allí (el Supremo) y que no sabemos de dónde vienen». 
Este relato es un síntoma de la perentoriedad interna en que se mueven ahora mismo nuestras instituciones. Por eso lo revelo. Sin reconocerlo, el Gobierno del Frente Popular de Sánchez e Iglesias está haciendo algo que in illo tempore advirtió Alfonso Guerra, apenas llegado al Gobierno tras su sensacional victoria de 1982: «Lo vamos a tocar todo». Y lo tocaron solo a medías. Sánchez, que es más atrevido que su antecesor, ya ha tocado todo, partido a partido, sin que se note nítidamente, porque la gente en general, postrada como está en su parada anestésica, no está cayendo en la cuenta de lo que está sucediendo en sus alrededores, o sea, en el país entero. 
Al respecto, una pequeña y sintética relación: Sánchez se ha tirado el pegote de un estado de alarma de casi siete meses (ahora ofrece solo cuatro, dos… quién sabe) sin control judicial, ni parlamentario y sin, ni siquiera, acudir al Congreso -lo ha hecho el pobre Illa- para defender su cacicada; la ministra de Educación, la vasca Celáa, se dispone a laminar la educación concertada sin que los agraviados protesten demasiado porque, como ha dicho uno de ellos: «no vaya a ser que sea peor»; el dúo confiscatorio Sánchez-Iglesias ha presentado unos Presupuestos que asaltan las carteras de los llamados ricos (los que se van a fugar de España, sin ir más lejos a Portugal), con unas previsiones que se avanzan sin saber cuando la Unión Europea enviará euros para el desaforado gasto que incluyen las Cuentas; la Fiscalía del Estado ya ha dado muestras de que, aunque los vocacionales de la protesta se empecinen, no hay nada que hacer, Dolores Delgado no concederá ni un ápice de razón a las llamadas derechas; el Centro de Investigaciones Socialistas, antes llamadas Sociológicas, ofrecerá en breve, en cinco o seis días, una nueva encuesta en la que afirmará dos cosas: la primera, que Sánchez ganó a lo bestia la moción de censura de Vox, y la segunda, que el PP se queda ya a casi 15 puntos en intención de voto del PSOE; la Televisión nacional, que antes de se vestía de luto porque los estúpidos ministros populares pretendían colar alguna que otra morcilla, ahora transmite falsamente que el Papa de Roma ha bendecido (así, sin ambages) la política del Gobierno social comunista; como final, y para tapar su enorme descalabro en la previsión del futuro de la pandemia, el Gobierno avanza que la vacuna ya la estamos acariciando con las manos y que nos va a salvar a todos de esta desgracia bíblica. Al tiempo, y por no seguir más, la coyunda del Frente Popular prepara una invasiva Ley de Desinformación que dejará en bragas a la Ley Fraga, un engendro censor que permitirá el acoso de los medios independientes y rebeldes, y que llevará a los tribunales (así, como suena) a quien se permita escribir una crónica más o menos como ésta. Van a calzarla con una Proposición de Podemos y sus chicas furiosas, que pretende perseguir el odio en las redes sociales. Goebbels no lo haría mejor. 
Ya no hablemos de un Rey marginado y sólo presente en actos de segunda división, sobre su persona se han cometido todas las tropelías posibles. Por ejemplo: ¿saben ustedes que el jefe del Estado no ha sido informado para nada del propósito del presidente del Gobierno de proseguir con sucesivos toques de queda y encerrarnos otra vez hasta el 9 de mayo? Le han dado por inútil como en la mili antigua a los presuntos reclutas de pies planos. 
No guardan ni las formas: Iglesias se viste de pontifical para presentar unos Presupuestos llamados a la ruina de la Nación, pero antes acude a la celebración de la Fiesta Nacional como si acabara de terminar un picnic de la Facultad. 
El caso de Alfonso XIII. La nueva normalidad es ahora un anticipo de la anormalidad constitucional que se está fabricando. Con o sin vacuna, esta Nación, la más antigua de Europa, se está deshaciendo sin rechistar, mientras los peores asesinos de ETA regresan a sus tierras y son recibidos como héroes, y Cataluña amenaza con que, si las elecciones apuestan por los partidos independentistas, estos, sin dudar, volverán a desafiar al Estado con un nuevo pronunciamiento golpista.
Déjenme que les cuente como acaba esta historia de nuestra patria. En sus Memorias, Así cayó Alfonso XIII, cuenta Miguel Maura, hijo nada menos que de don Antonio, que él y los complotados del Pacto de san Sebastián, tramaban la avenida de la República en la más absoluta de las tranquilidades, fuera de la preocupación inmediata de los españoles. Maura decía más o menos: «Nosotros cambiamos el Régimen paso a paso y los ciudadanos no se enteraban», Y añadía también algo así como esto otro: «Claro está que, cuando la República se proclamó, nos ovacionaron como prebostes de la nueva situación». Le faltó rematar con una constancia histórica: los españoles asistimos a los cambios de Régimen sin que prevengamos lo que nos puede pasar. O por mejor decir: lo que ahora nos está pasando. Así se cambia un Régimen. Y una apostilla: Miguel Maura, luego ministro de la Gobernación en el primer Gabinete de la República, acudió al Palacio Real a comunicar a Alfonso XIII que abandonaba el campo monárquico y se pasaba al opuesto. ¿Ven ustedes a Sánchez, no digo ya a Iglesias, realizar un acto tan galante, tan impecablemente caballeroso? La respuesta queda para mí.