TRIBUNA LIBRE

Fernando Jáuregui

Escritor y periodista. Analista político


Si Franco levantara la cabeza...

Día histórico. Uno más. Casi cinco décadas de permanencia de Francisco Franco en el valle de los Caídos concluyen con su traslado al cementerio de Mingorrubio, en El Pardo, que es lo que pretendía el Gobierno una vez desestimada la pretensión de la familia del dictador de enterrarle en la catedral madrileña de La Almudena, junto al Palacio de Oriente, nada menos. Al margen de la mayor o menor oportunidad de un tal movimiento, con la aparatosidad mediática con la que se le ha querido adornar, debo decir que me parece correcto cerrar una era de anormalidad; creo que las cosas no se han hecho del todo bien formalmente, y que algunas reclamaciones (no precisamente la de La Almudena) de la familia, que no es precisamente simpática a la generalidad de los españoles, podrían haberse atendido. Pero, dicho esto, pasemos página. 
Claro, las prisas del Ejecutivo de Pedro Sánchez por sacar a Franco de Cuelgamuros tienen algo que ver con los réditos electorales ante el reto que el propio Pedro Sánchez se ha impuesto el 10 de noviembre: me tendrán que convencer de que este traslado de Franco va a ser rentable en votos para el PSOE. Yo me limito a decir que no parecía normal que quien ejerció una dictadura cercenando la democracia y las libertades durante muchos años -a mí me tocó vivir una parte de ellos y creo saber de lo que hablo- siguiese siendo honrado con un mausoleo faraónico que él mismo ordenó levantar con el esfuerzo de, entre otros, muchos presos políticos. 
Ahora falta saber el destino que se dará al monumento. No sé si seríamos capaces los españoles, en un esfuerzo de reconciliación, de convertirlo en un altar del gran abrazo, una especie de cementerio de Arlington donde recordemos a los muertos de todos los bandos y donde enterremos, sin ideologías, a lo más ilustre de nuestro pensamiento, de nuestra política, de nuestras artes. Un enorme memorial que trate de acabar con las dos Españas, esa maldición machadiana -Machado debería ser el primer ocupante de ese recinto reconvertido-. Franco, que tantas vidas segó en los primeros años de su mandato (y, más selectivamente, después), no podría, obviamente, estar ahí. Quien con tanta liberalidad aplicó penas de muerte jamás debe ser conmemorado con honra. 
Pero claro, en este país en el que cada centímetro de terreno honra exclusivamente a los suyos va a ser difícil llegar a un acuerdo sobre qué hacer para dar pasos hacia ese Gran Abrazo de todos. Habríamos de hacer arlingtons casi en cada autonomía. Creo que, más que sacar al dictador, el Gobierno de Sánchez debería haberse aplicado a explicarnos qué se hará ahora con esa inmensa basílica tan alejada espiritualmente de lo que hoy muchos somos y queremos ser. 
No sé qué diría, o haría, Franco si levantara la cabeza, como tantas veces se ha dicho con humor (negro). Yo prefiero que no la levante, que repose para siempre jamás en el tranquilo Mingorrubio (puede que en las próximas semanas no sea tan tranquilo). Y que los españoles, muchos de los cuales ya ni saben cabalmente quién fue aquel a quien llamaron con exageración el Generalísimo y con calificativo fascista caudillo, contemplen por fin a Franco no como una figura a la que unos pocos aún quisieran resucitar, sino como un pasaje más, otro pasaje doloroso, de nuestra Historia. Una Historia que, en adelante, yo quisiera menos agitada y mucho mas plácida que esas décadas de tranquilidad (reprimiendo cualquier oposición, claro) que caracterizaron el franquismo. Al que hoy decimos, para siempre, adiós.