"El vino puede subir a la cabeza. El éxito es más peligroso"

Sergio Arribas
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Pedro Ruiz Aragoneses. - Foto: Rosa Blanco

A sus 37 años, apenas tiene huecos libres en su agenda. Viajes y reuniones de trabajo se intercalan con su presencia en foros empresariales, invitado para dar 'clases magistrales' sobre innovación. Pedro Ruiz dirige Pago de Carraovejas y Ambivium.

Se puede vivir en Segovia y tener más actividad que un ‘broker’ de la bolsa de Nueva York. Tiene la agenda más apretada que un político en elecciones.
No se si es cuestión de que tengo mucho trabajo o de que me tengo que organizar mejor. Tengo mucho viaje, ponencias, cursos, reuniones de trabajo de la bodega… Y a eso se añaden los compromisos con asociaciones con las que colaboro. No paro, es verdad.
Director de la bodega Pago de Carraovejas, pero también del restaurante Ambivium, ‘establecimiento revelación’ de los Premios Maestros Hosteleros otorgados por RTVCyL. ¿Acostumbrado a tanto galardón?
Igual es una mala costumbre. Hay muchos reconocimientos, desde Carraovejas a Ambivium. Pero más importante es mantener el foco en una idea esencial: lo importante es el trabajo y seguir mejorando cada día. Eso no se nos olvida a ninguno.
El vino se puede ‘subir a la cabeza’. ¿Y el éxito? ¿qué truco utiliza para no sucumbir?
De subir algo a la cabeza... es mucho más peligroso el éxito que el vino. Siempre hay mucho más por aprender, que lo que uno ya sabe. No tenemos que competir con el exterior, sino con nosotros mismos, para ser mejor hoy que ayer.
Antes de hablar de usted, dígame algo, solo una cosa, ¿qué aprendió de su padre, Jose María Ruiz, y de su madre, Chon Aragoneses?
De mi padre, sin duda, la capacidad de trabajo y la honestidad. De mi madre, pues le diré, es la mejor persona que he podido conocer en el mundo. Mi madre me ha sabido transmitir unos grandes valores. También mi padre, del que admiro su capacidad natural, intelectual y de trabajo, siempre luchando con una gran honestidad y esfuerzo.
Además de mucho trabajo y esfuerzo, su padre tuvo buen olfato y no solo en su condición de sumiller.
Sin duda. Tiene visión, olfato y hasta, si me apura, mucho gusto. ¡A ver si se nos pega algo! (se ríe).
¿Le puso el listón muy alto? ¿Cómo le sigue el ritmo?
Bueno, ahora casi es al revés, por edad y circunstancias.  Al estar lejos no he podido trabajar con él todo lo que me hubiese gustado, pero también he tenido la suerte de tener mucha autonomía para tener que tomar decisiones solo y poder seguir avanzando.
¿La primera ocasión que probó un vino?
No recuerdo, lo admito. Pero sí le digo: no me gusta beber mucho vino, pero me gusta mucho beber vino.
Los que le conocen, siempre le recuerdan, y perdone el atrevimiento, como un niño ‘mayor’, de esos que ya nacen responsables. Cuénteme alguna ‘trastada’ que rompa esta imagen ‘modélica’.
Sí, vale, habitualmente he sido responsable. Pero también  siempre he sido muy autónomo. De pequeño, siempre estaba jugando al fútbol, hacía mi vida y no aparecía a la hora de comer. Entonces no había móviles. Desaparecía, me iba a jugar al fútbol, me volatilizaba… Mi madre, aún hoy, me sigue preguntando aquello de «hijo, ¿qué es de tu vida? ¿dónde estás ahora?»
Hablando de fútbol. Las patadas las daba bien, porque llegó a jugar en las categorías inferiores del Atlético de Madrid.
Hice las pruebas, las superé y estuve entrenando con ellos. Pero pronto le dije a mi padre que no volvía. Era muy bonito, pero es un mundo supersacrificado. Y mi vida creo que iba por otro camino. En aquel momento se me daba bien lo del balón, pero ahora ya...nada de nada.
Aunque suene mal sacado de contexto. Confiese. Lo de dejar el balompié... ¿tuvo el vino la culpa?
(Se ríe). Pues, seguramente, en parte también. Me gustaba mucho pero tuve que elegir. Es verdad que a una edad más o menos temprana tuve que dejar el fútbol por el trabajo. Así es la vida.
Mis informes me dicen que estudió Psicología. Y ya siendo ‘bodeguero’ colaboró con la Asociación de Alcohólicos Rehabilitados para ayudar a los pacientes.
Trabajé dos años como psicólogo en Alcohólicos Rehabilitados y fue una experiencia maravillosa, que me ayudó mucho a entender y a transmitir mucho mejor el mundo del vino. Y no fue fácil. Aprendí que el alcoholismo es una enfermedad y que el vino se toma por placer, pero solo cuando puedes.
Sumiller ¿le gusta la palabra o habría que inventar otra más castellana?
Ahora está muy de moda llamar a los enólogos ‘hacedores de vino’. Igual a los sumilleres habría que llamarles ‘disfrutadores de vino’.
En su agenda, muchos compromisos para ofrecer ‘clases magistrales’ sobre gestión empresarial, innovación y sobre cómo dirigir una bodega, como Pago de Carraovejas.
Estoy ahora en el ‘Line Community’, aquí en Renault, con grandísimas empresas. Es un poco vertiginoso que, a mis 37 años , te llamen para dar charlas sobre gestión empresarial y demás… Pero le insisto, yo tengo mucho más todavía que aprender de lo que puedo aportar.
¿Mucho ‘esnob’ en esto del mundo del vino?
Sí que hay mucho esnob, seguramente, pero también este fenómeno ha hecho que el vino esté donde está hoy en día. Siempre decimos que hemos complicado mucho el mundo del vino, pero también creo que esta parte, el hablar de los aromas, del gusto... ha  despertado interés en las personas por ir más allá. Y eso siempre es positivo.
Alrededor de las personas con éxito crecen, como champiñones, pelotillas y jetas ¿Cuál es la receta para espantarlos?
Procuro rodearme de gente buena, porque eso me hace crecer y ser mejor. Para mí, el equipo es lo más importante. Lo importante es estar cerca de la gente que te hace crecer, que te hace la vida más fácil, aunque a veces te lleve a situaciones incómodas de exigencia. Y enseguida ves a la gente que viene con otros intereses.  A estos, cuanto más lejos mejor, pero siempre con educación y con respeto. Y si puede ser, que no se note.
He repasado entrevistas que le han hecho… y posa como un auténtico modelo. ¿coqueto? ¿Qué valor le da a la imagen?
Es importante cuidar los pequeños detalles, pero, sinceramente, me considero poco fotogénico. Igual por eso tengo que hacer un esfuerzo mayor.
El otro Pedro Ruiz, casi tan famoso como usted,  es cantante, escritor, actor, humorista… ¿Es tan poliédrico como quien fuera presentador de ‘La Noche Abierta’?
Ojala fuese tan… ¿como ha dicho? ¿poliédrico? (se ríe). Soy mucho más sencillo. Ya le digo, que necesito gente buena a mi alrededor que son los que tienen el verdadero mérito de lo que estamos haciendo. Me queda mucho por mejorar, de verdad.
Mi amigo Polu, asturiano de Gijón, preparó un día un ‘kalimotxo’ con un vino Pago de Carraovejas. ¿Pecado mortal? ¿Le denuncio a la Policía?
Para nada, para nada (se ríe). Lo importante es que la gente disfrute y además hay una cosa en el ‘kalimotxo’ que es muy importante y es que la coca-cola mejora muchísimo con el Pago de Carraovejas.
No tengo ni idea de vinos, solo se que unos me gustan más que otros. ¿Cuál es la clave para ignorantes como yo para apreciar un buen vino?
Nos empeñamos mucho en intentar convencer a los demás, sea de vinos o de la forma de pensar, en general. Para gustos, los colores. Y en los vinos pasa lo mismo. Cada vino tiene su estilo, una historia, una identidad y cada uno tiene que encontrar el vino con el que más disfrute.
«El vino es poesía embotellada». Lo dijo Robert Louis Stevenson. ¿Y para usted?
Cada botella de nuestros vinos es un paisaje embotellado.
Y  Eurípides también soltó: «Donde no hay vino, no hay amor». Creo que a su esposa la conoció en este mundo del vino...
¿Quién le ha contado estas cosas? Pues sí, sí… Elena y yo conocimos en la bodega. Ella era la jefa de obra, de la constructora y entre presupuesto y presupuesto, pues mire… No se si donde no hay vino, no hay amor, pero, por lo menos, donde hay vino, hay más amor, eso seguro.
Sigamos con amor, el motor de la vida. El lenguaje generado alrededor del vino es poético, evocativo, lleno de metáforas… Porque un vino puede ser carnoso, atercipelado, elegante… ¿Su palabra favorita?
¿Una sola? Equilibro y finura, elegancia.
Personalmente, eso de «caldo» para referirse al vino… es como a los hosteleros que les llaman restauradores. ¡No me cuadra!
Hay gente, como usted, que lleva fatal eso de llamar ‘caldos’ a los vinos y hace solo unos años era muy ‘esnob’ utilizar esa palabra. No me gusta que a los vinos los llamen caldos, que son otra cosa, pero también creo que no tenemos que ser tan dramáticos. Lo llamemos como lo llamemos, lo importante es que lo disfrutemos.
Un vino persistente es el que mantiene las sensaciones en boca durante más de 3 segundos. ¿Tenaz? ¿El que la sigue la consigue?
Si me habla de mi mujer, fue así (se ríe).
Iba por ahí, cierto.  Me pilló.
Creo que la conquisté por otro concepto que para mí  es muy importante, que es la confianza. Me decía que siempre me veía como jefe y tuve que ganarme su confianza. Y si me habla del trabajo, la tenacidad pues también es importante.
El mejor escenario para disfrutar de un buen vino.
Más que el escenario, es la compañía. El mejor vino es el que se comparte, sin duda.
¿Y con gaseosa?
Ya le he dicho que la gaseosa mejora mucho con el vino. No lo tengamos tanto miedo a experimentar.
Por último, ¿algo por lo que brindar?
En esta vida estamos para disfrutar y ser felices, cada uno a su manera, sin meterse en la vida de los demás. Brindo por la felicidad de todos. Eso es lo más importante. Lo que queda son los momentos que nos llevamos con las personas que compartimos las cosas. Y si puede ser con una copa de vino, tanto blanco como tinto, pues mejor.
Pues, chin-chin.