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Víctor Arribas

VERDADES ARRIESGADAS

Víctor Arribas

Periodista


Verdades arriesgadas

27/02/2022

Pablo Casado aceptó con valentía el otro día comparecer en el Congreso de los Diputados, no ante el presidente del Gobierno al que tenía que hacer la pregunta semanal de rigor sino ante los españoles, para pronunciar sus últimas palabras en el hemiciclo como jefe de la oposición. En su lugar cualquier otro habría preferido no asistir a ese aquelarre con aires de defunción, que sólo podía depararle lágrimas, gestos maliciosos, y provocar lástima en millones de ciudadanos. Pero Casado decidió presentarse en su escaño y asumir por última vez la responsabilidad del líder de un partido que ha aprovechado la guerra insólita abierta con una dirigente territorial para defenestrarle, tal es la desconfianza que causaba en sus propios compañeros aunque ninguno de ellos lo haya dicho nunca (en público) en los últimos cuatro años. Los mismos que veinticuatro horas antes le habían abandonado, esa mañana primaveral de febrero la ovacionaron como si en ello les fuese el acta.

De todo lo que vimos el miércoles en la Carrera de San Jerónimo, ojos vidriosos, un sherlockiano último saludo en el escenario, miradas furtivas de aparente traición…, de todo ese catálogo de cosas poco habituales en las sesiones de control lo que más sorprendió fue parte de la respuesta del interlocutor parlamentario del joven político palentino. El presidente del Gobierno le deseó lo mejor en lo personal, fórmula que recuerda a la de los futbolistas que son amigos y se desean suerte en todos los partidos menos en el que compiten directamente. Y luego pasó al ataque como si aquello no fuera el funeral político de su adversario, como si tuviera que proceder al habitual despelleje al que ambos se han sometido en los tres últimos cursos sin reparar en términos gruesos. Pedro Sánchez afeó a Casado en tan delicado momento que hubiera elegido el camino de la crispación y el enfrentamiento para ejercer la noble tarea de la oposición, como si él mismo estuviera libre de haber empleado esas mismas artes en los meses en que hizo oposición a Mariano Rajoy desde la tribuna de oradores o desde su desvencijado utilitario recorriendo los pueblos de España. Sonó a oportunismo esa diatriba, estuvo algo fuera de lugar no respetar al descabalgado pese a haberlo sido él mismo en un episodio que está a poca distancia en bochorno de lo que estos días se está viviendo en el Partido Popular.

Van quedando menos líderes de la nueva hornada política, los que llegaron con la crisis financiera y creyeron estar tocados por la varita mágica del adanismo. Y el reloj corre raudo para los que aún aguantan.