DESDE EL ALA OESTE

Fernando Aller

Periodista


Estulticia y verdad

05/03/2021

Pedir perdón no exime de culpa aunque en la mayoría de las religiones te exima de condena. Victoria Abril se vio obligada a pedir perdón tras haber negado el daño causado por la pandemia del coronavirus y la utilidad de la vacuna. Respecto al primer aspecto no deja de ser curioso, en realidad una bofetada a la mínima empatía con el dolor ajeno, ese reclamo a la fe de los demás para que la creyéramos cuando dijo que para ella todas las «vidas cuentan». En realidad lo leyó («para mí todas las vidas cuentan; creedme, por favor»), no fuera a olvidar decirlo en un momento tan importante como era el de recibir el Premio Feroz. En el futuro los organizadores habrán de utilizar mejor tino. Un galardón, por más que se otorgue siempre al desarrollo profesional, ha de atender también a la exigencia mínima de valores humanos en el laureado, como la sensatez, el respeto y la compasión.
Pero hay algo más preocupante en este tipo de personajes que, por el hecho de ser famosos, se creen en posesión de la verdad de cuanto ignoran. Temeridad devastadora entre los incautos. Abril negó la eficacia de la vacuna, dijo que nos están utilizando a los humanos como cobayas e hizo un llamamiento a la insumisión. El summum del despropósito llega cuando el entrevistador le pregunta por su fuente de información, el nombre de los científicos o instituciones acreditadas, y la actriz contesta con aplomo que lo ha leído por ahí, por internet. La inquietud es obvia: ¿La libertad de expresión ampara también la sandez cuando juega con vidas humanas? ¿Cuál es la responsabilidad de los periodistas y los medios al dar voz a estos personajes?
El asunto merece una reflexión que excede este espacio, pero apuntemos al menos que la preocupación por la proliferación de falsas noticias comienza a ser asunto mundial. Bill Gates anuncia su empeño en crear una especie de Ministerio de la Verdad Universal con el fin de luchar contra la desinformación en Internet. A nadie se le oculta el temor a que tan nobles intenciones deriven en un poder omnímodo de quien puede imponer la censura a escala planetaria. La hipotética perversión de fines aparentemente nobles, sin embargo, no ha de impedir la búsqueda de soluciones a problemas reales y graves.