DE SIETE EN SIETE

Rafael Monje

Periodista


Cuando eres un Schettino cualquiera

24/01/2021

Durante estos últimos días hemos asistido al vergonzoso salto del protocolo de la campaña de vacunación contra la Covid por parte de algunos altos cargos políticos. Cuando escribo este artículo ya van once, de los que, de momento, solo ha dimitido uno, el consejero de Salud de Murcia, Manuel Villegas, del PP. Pero me da en la nariz que esa lista, en la que los hay de todos los colores políticos, está muy abierta todavía. Sólo el hecho de saltarse la cola de las vacunas, o sea, el procedimiento establecido por la propia OMS, deja entrever la escasa catadura moral que acreditan quienes así actúan. Pero una vez que escuchas sus explicaciones públicas y los burdos razonamientos con los que enmascarar su proceder, sin ni siquiera un mohín de arrepentimiento en sus rostros, la cuestión adquiere mayor grado de preocupación. Porque coincidirán conmigo en que tan malo es querer ampararse en el poder omnímodo que supuestamente otorga ostentar un cargo público como cometer la patraña de justificar lo injustificable ante la opinión pública.
No es la primera vez que en este espacio me he referido a lo muy equivocados que están los políticos que acceden, o pretenden hacerlo, a ocupar una responsabilidad de índole pública sin antes hacer examen de conciencia de lo que es y representa ejercerla. Cuando alguien ostenta un cargo como el que nos ocupa, sea el que sea, no solo debe mostrar una inequívoca vocación de servicio público, sino que tiene que ser una persona ejemplar por encima de cualquier otra consideración. No sirven propósitos de enmienda ni gestos atribulados con los que luego pretender salvaguardar el honor o, mejor dicho, la silla. Nadie, que se sepa, accede a un cargo público por imposición de otro, precisamente porque debe primar la vocación personal de servicio y la búsqueda de la excelencia en su actividad y comportamiento individual, a no ser que quieras perder la credibilidad. Lo que justamente ha sucedido con los políticos que engrosan la mencionada lista y para la que sólo cabe una salida: la dimisión.
Con su agravio e indecorosa actitud revelan, además, un déficit clamoroso de inteligencia, a pesar de disponer teóricamente de una información más directa sobre la situación sanitaria. Las prisas por vacunarse pueden quedarse más bien en un debate estéril, en una cuestión estética, si se prefiere, porque ni siquiera una vez vacunados van a saber aún si son inmunes, ni mucho menos podrán relajar las medidas de prevención. Con sus prisas lo que, en cambio, sí han puesto de manifiesto es el nulo respeto hacia el personal sanitario que lleva casi un año trabajando en primera línea, en la trinchera real, frente al virus. Lo que han demostrado esos cargos públicos con todo ello es una total falta de preocupación por un sector que se la juega cada día frente al enfermo. Y cualquier excusa al respecto no hace sino ahondar la brecha de irresponsabilidad ante la sociedad y de desconsideración hacia todos los profesionales de la sanidad.
Esos políticos me recuerdan, más bien, al capitán Fracesco Schettino, cuando provocó en enero de 2012 el naufragio del crucero Costa Concordia, y huyó de la nave sin aguardar al resto de pasajeros y miembros de la tripulación. Si eres el capitán del barco no puedes abandonarlo sin antes cerciorarte de que todo el mundo esté a salvo. Esto es lo que hace un político cabal y con vocación de servicio, porque es consciente de sus responsabilidades públicas. Lo contrario, es ser un Schettino cualquiera.