scorecardresearch

Segovia, 1972 y 'El Times'

Nacho Sáez
-

'The New York Times' relató en un artículo en sus páginas hace cinco décadas que el 'milagro' económico español de finales de los 50 y principios de los 70 no tenía eco en nuestra provincia, que se sentía agraviada.

Segovia, 1972 y 'El Times'

Spain's Miracle Wins No Cheers en Segovia'. La traducción sería algo así como «Los triunfos del Milagro de España no tienen eco en Segovia». 'The New York Times' publicó un reportaje con ese titular el 5 de agosto de 1972 que El Día de Segovia ha querido rescatar por su curiosa conexión con la actualidad. La despoblación y el sentimiento de agravio de los segovianos con las administraciones respecto a otras provincias ya ocupaban el debate hace cuatro décadas, como demuestra el artículo de la emblemática cabecera estadounidense.

«Al otro lado de las montañas de Guadarrarha desde Madrid, esta antigua capital castellana ha adquirido una actitud un tanto agria hacia el "milagro español", el rápido desarrollo que ha caracterizado la economía española durante los últimos 10 años. La ciudad y la provincia del mismo nombre son buenos ejemplos de lo desigual que ha sido el desarrollo. La inversión tiende a concentrarse en unos pocos centros ya desarrollados como Madrid, Barcelona y Bilbao. El descontento de Segovia aumenta con la sensación de que, además de estar relativamente al margen del milagro, también está aportando sus propios recursos humanos y económicos en beneficio de otras áreas», comienza. El periodista Henry Giniger compuso una fotografía escrita de la Segovia de principios de los 70 a partir de los testimonios de representantes del tejido social y económico de la provincia en esa época.

El abogado e historiador Manuel González Herrero acusó al Estado de emplear los ahorros de los «campesinos» segovianos en impulsar el progreso de otras provincias. «Manuel González Herrero, un abierto abogado e historiador local, explicó en una entrevista que los ahorrativos campesinos segovianos depositaban cientos de millones de pesetas al año en los bancos locales y en las instituciones de ahorro estatales. Los depósitos, a su vez, están siendo utilizados, dijo, para inversiones por parte de organizaciones como el Instituto Nacional de la Industria, un enorme holding estatal, en desarrollo en otros lugares», decía textualmente el artículo de 'El Times'.

El 'milagro económico español' abarcó desde 1959 a 1973. Un periodo que en Segovia estuvo precedido por la modernización del campo, vertebrada a partir de la mecanización, la concentración parcelaria y el incremento del peso específico de la ganadería frente a la agricultura. A principios de los años 60 marcó un punto de inflexión la construcción de los túneles de Guadarrama. En octubre de 1959 el marqués de Quintanar firmó un proyecto con un presupuesto superior a los 200 millones de pesetas, en marzo de 1960 el Ministerio lo aprobó, en septiembre de 1961 comenzaron las tareas de perforación, en diciembre de 1963 fue inaugurado el primer túnel de Guadarrama, y en 1972, el segundo. Tres años antes, con Adolfo Suárez como gobernador civil, también había abierto sus puertas el Colegio Universitario Domingo de Soto, pero la sociedad segoviana estaba inmersa en la lucha por conseguir la construcción del Hospital General. Había comenzado a demandarse a mediados de los 50 y no fue inaugurado hasta el 74.

Todas esas inversiones no frenaron la sangría poblacional que vivía Segovia ya en ese momento. Según destacaba 'The New York Times' en su artículo, «con poca industria para evitar que la gente se vaya, la población de la provincia ha disminuido constantemente». «El censo arroja más de 200.000 habitantes en 1950 y 166.000 20 años después. Más de 74.000 personas abandonaron el área durante este período, y los nacimientos ralentizaron la disminución», añadía. Uno de los entrevistados encontraba un curioso culpable. «Las chicas ven en las pantallas de televisión a todas estas mujeres bien vestidas que viven bien en Madrid y ellas quieren hacer lo mismo, así que van a la capital como empleadas domésticas o como trabajadoras de una fábrica», explicaba un vecino. «Son las niñas las que se van primero. Cuando las chicas se van, los jóvenes también se van porque aquí no encuentran a nadie con quien casarse», abundaba Ruperto Pinillos Cobos, un ganadero de La Cuesta.

El periodista de 'The New York Times' describía lo que se encontraba en su recorrido por Segovia. «La provincia está lejos de ser la más pobre de España. Aunque la meseta castellana es seca, los campos de trigo y cebada suavemente ondulados intercalados con pastos atestiguan las fuentes de ingresos disponibles, particularmente de la ganadería. En los pequeños pueblos agrícolas, las calles no están pavimentadas y las mujeres aún lavan su ropa en los arroyos. Pero las comodidades modernas también son evidentes. Hay electricidad si no hay agua corriente. Las antenas de televisión brotan de los techos de tejas rojas y en las casas suele haber un refrigerador y una estufa que usan botellas. [...] Cuando llega la hora de la fiesta, los jóvenes salen con sus bicicletas y motos en busca de pueblos donde pueda haber alguna chica soltera para bailar la jota. La antigua danza campesina se lleva a cabo con la melodía de una dulzaina, un instrumento parecido a una flauta con un acompañamiento rítmico de tambores y címbalos. Primero hay que regar las calles de tierra para que no se acumule polvo. Cuando termina el baile, los pueblos vuelven a su letargo y los jóvenes miran sin descanso a la vida más glam de las ciudades».

El éxodo se producía a Segovia capital, Madrid u otras grandes ciudades, según recalca el reportaje, que acerca la realidad de más pueblos de la provincia. «En Sotosalbos, un pueblo cerca de La Cuesta, el reverendo Pablo Sainz Casado, el sacerdote católico romano, informó que durante sus 20 años en el pueblo, había perdido una familia por año y ahora se redujo a 60 familias, o algo así. 350 personas. El pueblo cuenta con una iglesia románica del siglo XIII que ahora está siendo restaurada como monumento artístico nacional por la sección de Bellas Artes del Ministerio de Educación. Otros pueblos tienen tesoros similares que están tratando de preservar en medio del declive general».

González Herrero también alertaba de las consecuencias que esta situación tendría para Segovia con unas palabras que hoy todavía cobran sentido: «Si el nivel de población de la provincia cae por debajo de un nivel mínimo determinado, la ciudad no podrá sostenerse y quedará reducida al nivel de un arrabal turístico y gastronómico al que acude la multitud madrileña en un día soleado». Él y Antonio Lucio, un comerciante mayorista de frutas y verduras, pedían «recuperar las libertades comunales que perdieron en el siglo XVI a favor de una autoridad central en Madrid que a lo largo de los siglos ha unificado el país en detrimento de la autonomía regional y comunal».

Pinillos, un criador de ganado, expresaba hostilidad a los esfuerzos del Gobierno para organizar cooperativas. Reconocía la necesidad de agrupaciones que permitieran la cría de ganado a gran escala, pero «la gente no tiene confianza en el Gobierno», según decía. El paisaje de la ciudad de Segovia que dibuja el periodista de 'The New York Times' muestra  contrastes: «La ciudad de Segovia cuenta con un alto y bien conservado acueducto romano, un castillo árabe o Alcázar y una vasta catedral gótica católica romana que atestiguan un pasado milenario de considerable prestigio. Era un floreciente centro textil, pero la industria ahora está en gran parte muerta. El pintoresco pueblo de color ocre, que se extiende a lo largo de una ladera, aún da la impresión de vigor, ya que es un centro comercial, administrativo y militar y los turistas, especialmente ahora, se aglomeran y abarrotan sus calles y cafés».