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Segovia, provincia equina

Nacho Sáez
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La enorme afición por los caballos como elemento de ocio coexiste con la industria de las yeguadas en un mercado que mueve decenas de miles de euros al año.

Segovia, provincia equina - Foto: Rosa Blanco

Como los Chicago Bulls hicieron con todos sus rivales durante la era de Michael Jordan, la pandemia ha vacunado las romerías y encierros, en cuarentena desde que hace un año apareció la Covid-19. Para desgracia de decenas y decenas de caballistas que tienen subrayadas en el calendario esas citas tradicionales y que son probablemente la cara más numerosa de un sector, el equino, mitad industria, mitad afición en Segovia.

De acuerdo al censo de la Junta de Castilla y León, nuestra provincia cuenta con 5.272 équidos entre mayores y menores de 12 meses destinados a la cría y a la producción o al ocio. Por municipios figura a la cabeza El Espinar con 817, seguido por el Real Sitio de San Ildefonso (402) y Lastras del Pozo (339). En el conjunto de la Comunidad, Segovia es la quinta provincia que más tiene, solo superada por León (11.103), Ávila (8.735), Salamanca (7.290) y Burgos (6.891). Por detrás aparecen Zamora (3.117), Palencia (2.735), Soria (1.448) y Valladolid (1.148), según esa misma base de datos de la Administración autonómica.

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«Es una tierra muy vinculada al caballo, hay muchísimo aficionado a la equitación y se practica mucho como ocio. El sector equino está muy presente en la economía de Castilla y León y de Segovia», subraya César de la Fuente, responsable de uno de los principales clubes hípicos de la provincia. Dueño también de su propia ganadería, ejemplifica la incertidumbre que también rodea a este sector ahora. En el apartado de enseñanza: «Llevamos casi un año sin poder dar clases. Entre los meses que hemos estado cerrados y que ahora solo nos dejan dar clases en el exterior...». En el ámbito del pupilaje: «También cuidamos caballos a clientes y tenemos muchos de Madrid pero, al no poder montarlos, se los han llevado». Y en el de la competición: «El año pasado fue muy pobre. Se suspendieron muchos concursos, aunque pudimos competir en el campeonato de Europa y de España. Este año estamos con todo muy en el aire».

Aequima, que así se llama este centro ubicado en Espirdo, dispone de dos pistas de entrenamiento exterior, un picadero cubierto, sesenta boxes, corrales de manejo y de destete, treinta hectáreas de pasto para yeguas y potros… Es la obra de su dueño, que después de dedicarse durante veinte años al rejoneo (desde 1981 a 2001), lo abrió al público. «Empezamos con la raza lusitana. Criábamos caballo lusitano y recriábamos caballo alemán o caballo centroeuropeo. A últimos de año adquiríamos dos o tres potros en Alemania u Holanda con seis meses y los recriábamos con nuestros potros lusitanos. Ahora también hemos incluido alguna yegua alemana y estamos criando también algo de alemán», revela en conversación telefónica casi al principio de otra jornada de paciente trabajo.

Las prisas no encajan en este mundo. «Tardamos mucho en preparar un caballo. Una media de cuatro o cinco años», apunta el propio De la Fuente. Los beneficios también dependen de otros factores: «De la suerte que hayamos tenido con las lesiones, a veces también influye mucho si estamos en crisis, si la gente gasta más en ocio o no… No hay nada asegurado».

Diez yeguas de cría posee esta ganadería segoviana, además de una veintena de potros de hasta tres años y otros tantos caballos de trabajo. «No creo que sea un mercado caro. A veces está alto y depende de las pretensiones. Dedicar a un caballo cuatro o cinco años de trabajo, diario, más cuidados, contando con los que no llegan, los tratamientos veterinarios, el coste que tiene... Calculas el precio de venta y a veces el producto no tiene un gran beneficio aunque el precio sea alto. Es muy costoso el trabajo y la dedicación que se tiene», concluye De la Fuente.

La Yeguada Centurión –la del fundador de Telepizza– y la Yeguada Llorente son otras de las ganaderías segovianas que han conquistado una cuota importante en un mercado que se nutre también de pequeños productores. Como Alberto García Casado, que ha convertido su pasión de niño en su oficio. «Trabajo cuidando el ganado bravo que tiene mi suegro en una finca en Valladolid y aparte yo tengo un picadero en con nueve caballos», cuenta este navero de 43 años que además compite en doma vaquera y acoso y derribo. Sus participaciones en concursos son esporádicas porque la labor en el campo apenas le deja tiempo. Estos días de invierno llega a la cuadra a las ocho de la mañana para dar de comer a los animales y hacer las diferentes labores de mantenimiento. A las nueve empieza a montar y no lo deja hasta la hora de comer. Por la tarde, otra vez arriba de los caballos hasta casi la noche. 

«Hay que estar muy pendientes de ellos. Son animales de costumbres para los que es muy importante que les eches de comer a las mismas horas, porque tienen muchos problemas de cólicos. Yo soy muy perfeccionista. Me gusta tenerlos muy bien atendidos. Las horas a las que comen, sus pelos hechos, sus herrajes… Muchas veces nos quejamos de que reaccionan mal, pero pueden tener un dolor y que no lo sepas. Tienes que estar pendiente de todos esos detalles. De si le hace daño la montura o le hace daño la calzada. Estoy muy obsesionado con que todo vaya perfecto», dice.

De niño acompañaba a cazar al guarda de la familia Gil de Biedma, a los 11 años su padre le compró el primer caballo y, tras la crisis de la construcción, dejó la obra para dedicarse a la ganadería. «Hemos llegado a tener 15 o 16 yeguas, pero requiere tener una finca en la que tenerlas sueltas y que se mantengan por ellas mismas. Si tienes que estar pendiente de darlas tú de comer, te sale casi más barato comprarte tú el potro», asevera, al tiempo que intenta desmontar mitos del sector equino. «Siempre se nos ha vinculado a los de los caballos con que somos señoritos, pero nada más lejos de la realidad. Hoy en día es caro ir al bar, ir a esquiar… Un caballo hoy en día está al alcance de todo el mundo. En los pueblos todo el mundo tiene un corral donde tenerlo. Y el mantenimiento con tres euros al día lo tienes hecho. Y si te lo llevas a un centro de pupilaje te puede costar 180 o 200 euros al mes en un pueblo», concluye.