DESDE EL ALA OESTE

Fernando Aller

Periodista


Desfachatez

12/03/2020

Sabido es que la culpa siempre es del otro. Incluso cuando no existen culpables, las limitaciones personales son atribuidas a circunstancias ajenas. En el caso de la actividad política, la exculpación del yerro propio forma parte del manual básico de las prácticas aconsejadas. Y así lo ha entendido el líder de Vox, Santiago Abascal, al responsabilizar al presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, del riesgo de infección por coronavirus de los militantes que acudieron a los actos públicos organizados por el partido el pasado domingo en Madrid. Al día siguiente se supo que el secretario general del partido, Ortega Smith, participó en el encuentro siendo portador del virus. Otros asistentes están dando positivo.
Abascal pidió perdón a los militantes por no haber anulado la convocatoria, sabedor del riesgo de contaminación que corren las personas que participan en manifestaciones en las que el roce, los besos y los abrazos forman parte de la escenificación y de la coreografía. Tamaña demostración de humildad en el comienzo del mensaje, difundido por redes sociales, causó lógica extrañeza en muchos durante algunos segundos, el tiempo que tardó el líder de la extrema derecha en culpar a Pedro Sánchez de lo ocurrido por no haber prohibido con anterioridad al domingo las concentraciones masivas de personas. Argumentó, incluso, que el hecho de no haber sido prohibidas las manifestaciones callejeras del 8-M le indujo a pensar que el riesgo de propagación del virus estaba conjurado. Al menos la desfachatez, sinónimo de descaro y sin tentadoras interpretaciones del término facha, no ha llegado al extremo de interpretar la desgracia del coronavirus como instrumento del Gobierno para cuadrar el presupuesto de las pensiones.
Es evidente de que la población está asustada. Solo la confianza en el personal sanitario y el convencimiento de que España dispone de una cobertura asistencial envidiable en el mundo, hace que la preocupación social no traspase niveles de pánico. Los únicos que desentonan son algunos políticos, ansiosos por sacar rédito electoral a costa de romper el pacto obligado y no escrito de unidad.