TRIBUNA LIBRE

Fernando Jáuregui

Escritor y periodista. Analista político


El papel de Vox, que no es tan malo

Jamás creí que podría decir algunas de las cosas que, sin embargo, me veo forzado a decir en este comentario. Porque he de confesar que el papel que está jugando Vox en estos cambalaches de pactos contra natura y extraños compañeros de cama es probablemente de los más dignos y prudentes, si es que no es el más digno y prudente, aunque quizá, viendo algunas cosas que estamos viendo, no sea esto decir mucho. 
A Vox lo primero que hay que reconocerle es el nuevo rumbo en materia de comunicación. De dejar fuera a algunos de mis compañeros en los mítines de esta formación a la que llamaré de derecha radical, porque no acabo de encontrar motivos para llamarla ultraderechista, se ha pasado a una actitud más conciliadora, menos trumpista con los medios, de la mano de personas como Rocío Monasterio y, sobre todo, de su marido, Iván Espinosa de los Monteros. Ha habido una mejora, aunque quede mucho por mejorar. 
Lo segundo que tengo que admitir es que la formación que lidera Santiago Abascal parece menos vociferante y mucho menos voluble e inestable que alguna otra con la que se pretende enjaretar un conglomerado de derechas -no de centro derecha como quisiera la propaganda: el centro no se acaba de vislumbrar--. Sabemos lo que es Vox y a mí, personalmente, debo anticipar que me gusta muy poco lo que sé y me inquieta lo que no sé. Pero, una vez dicho esto, pienso que también Vox sabe lo que es y lo que no quiere dar la impresión de ser: ni Le Pen ni Salvini, creo, y eso es un buen principio. 
Por lo demás, que Vox, a cambio de su apoyo en algunos ayuntamientos y autonomías, señaladamente Madrid, exija contrapartidas me parece natural. Siempre y cuando se alejen de la impresión de mercado persa que otros, en las derechas y las izquierdas parecen protagonizar. Sí, esto de los pactos, donde lo más natural parece que quien ha ganado las elecciones no sea quien gobierne, sino que lo hagan otros mediante acuerdos oportunistas y egoístas, está dañando no poco la imagen de la clase política, de una clase en la que queríamos, queremos, confiar. Y en el caso de Vox, sea por disimular otras apetencias, sea por convicción sincera -aunque casi nada es sincero en la calculadora política española--, forzoso es afirmar que está dando muestras de moderación negociadora y de evitar gritos altisonantes, programas de actuación estrepitosos y posicionamientos que nos harían considerarlos como de ultraderecha pura y dura. 
Ojalá dure. Porque lo que el país necesita es moderación, seriedad de Estado y diálogo, mucho diálogo. Incluyendo a Vox en el diálogo, por supuesto.