No se enmascaran para protegerse del virus, al que se consideran poco menos que inmunes, porque no son "viejos" sino para disfrazarse y autoploclamarse antifascistas (antifa es el nombre de "moda", porque es eso, "moda"), cuando ni han visto en su vida uno de veras, ni fascista ni nazi, y aún menos lo han sufrido. En realidad son ellos quienes más se les asemejan. Ya travestidos de heroicos combatientes se disponen a hacer lo que consideran su aportación a la historia del mundo: romper cosas, quemar otras, saquear tiendas y derribar estatuas.

Vale cualquier pretexto, incluida la muerte de un negro por un policía blanco en una ciudad norteamericana de la que no tenían siquiera idea que existiera para liarla. Un hecho atroz, sin duda, y que bien puede servir para contribuir a la definitiva extirpación del racismo, sobre todo donde puede estar más latente. Pero no para quemar ciudades, robar y destruir todo lo que pillan (haciéndose por supuesto selfies de ello) y como guinda acabar con cualquier vestigio histórico y atisbo de su propia civilización y pasado.

La turbas de ignaros, autoerigidos en jueces universales, acompañados de charangas enlatadas, juzgan en un verbo a todo lo acaecido anteriormente en el mundo y aplicándoles una consigna y un epíteto, el último ismo del pensamiento de la granja orweliana, y como también hacía la Inquisición, a cuya caricatura parecen haber cogido de modelo sin saberlo, los condenan a la hoguera, a tirarlos al rio, a descabezarlos o a ponerles el sambenito al cuello para oprobio del señalado y jolgorio de la chusma. Así con los parámetros de valores, preceptos, modas y conveniencias de este instante del devenir humano, auspiciados por el pensamiento de una adolescente enrabieta, una tal Greta, de una actriz holliwodiense del Me too y de un rapero, se dictamina la culpabilidad de la humanidad entera. Por ahora de todo lo que abarca la historia, pero mañana ya no se salva ni el paleolítico y se convocará al exterminio de la memoria y al ostracismo y anatema sobre todo y todos quienes han hecho del australopitecus, homo y hasta sapiens, desde las gargantas de Olduvai hasta ayer mismo. Todos fascistas, racistas, machistas, esclavistas, clasistas y cuantos istas quieran aplicarse sirven para la ocasión.

Ya se le ha apuntado, de inmediato, como si no hubiera cosa que esperara con más ansia, la alcadesa de Barcelona. Ada Colau no tardará de hecho en contarnos que ella ya estaba en eso desde el principio. Y tampoco podía faltar la pareja alfa de la progrería andaluza, Teresa y Kichi, que también quieren tirar a Colón al suelo.

En la "gran causa universal" confluyen el autoloado como pensamiento más progresista y avanzado, por lo general de pura estirpe burguesita, y lo que su admirado pero muy poco leído Carlos Marx definió como lumpen del proletariado. Lo hacen, fieles al estilo consagrado, profiriendo grandes alabanzas sobre ellos mismos y feroces improperios y denuestos contra todo lo que antes de su aparición en la tierra aquí se haya alumbrado. Aunque fuera un continente entero y el conocer que la tierra era más del doble y podía circunvalarse. Que mañana la pueden tomar también con Elcano.

Visto lo visto en estos últimos días, que está claro que la pandemia tan solo había dejado un momentito confinado y ha salido a las calles con mayor estallido de delirio uno también tiene derecho a establecer sobre todos estos especímenes su humilde dictamen.

Lo que en verdad oculta y se esconde tras todos ello es la demostración de la más frustrante incuria: Estas generaciones de termitas globalizadas y cebados becerros consentidos, incapaces de alumbrar en su vida historia alguna digna de ser contada, pretenden borrar y destruir con sus vómitos la de quienes sí la hicieron. Un día Churchill, otro Colón, luego Montanelli y mañana ¿qué? ¿Altamira?