TRIBUNA LIBRE

Fernando Jáuregui

Escritor y periodista. Analista político


El día en el que Sánchez pudo convertirse en estadista

Me resistiría a creer, si no fuese porque uno va conociendo el paño, que Pedro Sánchez desaprovechase la ocasión que le brindó hoy Albert Rivera, que tuvo el valor de recular y dar un giro de ciento ochenta grados a su terco planteamiento de 'no es no', ofreciendo al socialista la posibilidad de resultar investido esta semana a cambio de tres condiciones perfectamente cumplibles. Golpe de efecto del líder de Ciudadanos, a quien algunos daban ya por irrecuperable instalado en su rechazo a cuanto tuviese que ver con pactar la investidura de Sánchez. Y oportunidad para este, que parece que dejará pasar la ocasión. 
Me escribe una joven corresponsal para decirme: "es curioso ver cómo algo que llevábamos meses esperando ha dejado tan descolocado el panorama e incluso ha caído mal". Tiene razón: ¿no pedíamos una coalición de centro-izquierda, incluso una gran coalición o, en su defecto, un acuerdo programático para la Legislatura? Al fin y al cabo, tampoco ha sido tanto lo que ha exigido el líder de Ciudadanos a cambio de su abstención en la investidura de Sánchez: no pactar con Bildu -lo de Navarra es un contrasentido democrático que, de todas formas, habrá que arreglar--, negociar la aplicación del artículo 155 en caso de nueva rebelión de Torra -habría que hacerlo de todos modos- y no subir los impuestos -tema perfectamente negociable en un contexto presupuestario--. 
Me da igual la sinceridad con la que Rivera haya lanzado su propuesta: a la fuerza ahorcan, y las encuestas predecían el desastre en caso de continuar los 'naranjas' en sus irreductibles posiciones. Ha salido el líder de Ciudadanos con una jugada hábil, que ha descolocado tanto en el Partido Popular -tendrán que sumarse a su propuesta: se les han adelantado- como en los cuarteles de la izquierda: el Gobierno en funciones no se lo esperaba y en Podemos, que está hecho un lío y ya no sabía por dónde tirar, menos. 
El caso es que, llevada a sus últimas consecuencias, la propuesta de Rivera es toda una sugerencia de pacto de Legislatura en torno a unos condicionamientos que no comprometen en absoluto la gobernabilidad. Significa que Sánchez no tendría que depender de la buena o mala voluntad de separatistas, ni tampoco de Podemos, y que podría gobernar con una relativa independencia, sobre todo teniendo en cuenta que no cuenta con escaños para hacer otra cosa. 
Es el momento de que Pedro Sánchez se comporte como un estadista. Su reacción inicial ha sido decepcionante: dice que las tres condiciones impuestas por Rivera ya se cumplen, lo que no es del todo cierto, ni mucho menos. Podría haber agarrado por los cuernos ese toro, proponer una urgente negociación a los líderes del centro-derecha y, de paso, desembarazarse del aliento en el cuello de Podemos y, por si fuera poco, del necesario acuerdo con Vox en la derecha. Una jugada a muchas bandas, que contentaría al empresariado, a Europa, a buena parte de los ciudadanos que solo quieren moderación y normalidad. Hubiese hecho un gran favor al Rey, apartándole del duro trago de tener que decidir por dónde tirar. Y se hubiese hecho un favor a sí mismo, garantizándose seguir en La Moncloa, con las manos relativamente libres, sin dependencias odiosas y sin el riesgo costoso de unas nuevas elecciones. 
Este lunes, manejando hábilmente la barca, Sánchez podría haberse convertido en un gran político. Al que, encima, le ponen en las manos la oportunidad de serlo, sin gran coste personal ni político. Porque pedir a todos que se abstengan para que él pueda hacer un 'Gobierno progresista', sin dar nada a cambio, es no solo utópico, sino injusto con la propia idea de una democracia parlamentaria. Para mí, ya digo, este lunes Albert Rivera se ha reivindicado; y Sánchez está a punto de dilapidar buena parte de su capital al evidenciar que prefiere, contra todo lo que ha venido diciendo, unas elecciones a lo que podría ser un buen acuerdo con un personaje al que odia, pero y qué. La política española se sigue rigiendo, pues, por personalismos, egoísmos, rivalidades y ambiciones que poco tienen que ver con el concepto patriota de nación. A menos, claro, que en las próximas horas el hombre en cuyas manos está nuestro destino muestre que ha aprendido a ser eso, un hombre de Estado. El reloj sigue corriendo.