TIEMPO MUERTO

Diego Izco

Periodista especializado en información deportiva


Aclimatación

No hay ninguna duda (a pesar de los quintales de tinta coagulada vertidos sobre el muchacho) de que Eden Hazard seguirá haciendo cosas como la de Ipurúa, como no hay duda de que el verdadero Antoine Griezmann, y no el desaliñado homeless que se le parece y juega ahora en el Barça, brillará con luz propia en algún momento de la temporada. Los coágulos de esa tinta son las prisas: en el fútbol, como si olvidásemos la lección cada temporada, pretendemos escribir el segundo gol antes de que suceda el primero, o sea, anticiparnos, criticar sin dar un periodo de adaptación, analizar sin la pausa que requiere cada situación.

Hazard es un futbolista colosal. Nadie lo es sin costar 100 millones, supongo. Y aunque sea cierto que hay jugadores que no saben convivir con la presión de llevar colgando la etiqueta del precio (tal vez Coutinho, el segundo futbolista más caro de la historia, sea el mejor ejemplo reciente), los genios terminan apareciendo. En Eibar, por ejemplo, Hazard sí se pareció por fin a ese virguero hábil y explosivo que descose a rivales con tremenda sencillez, como si un adulto estuviera regateando a niños. Niños cojos.

Hazard brilló y el madridismo más exacerbado, el que recuerda y olvida 1.000 veces cada semana, se apunta al carro del «Este sí es Hazard», lo que en el fútbol es la antesala del «Este no». Por su tipo de juego y su precio, el belga es un jugador más expuesto a la crítica que a la alabanza: al fin y al cabo, los méritos se te presuponen. Y sin embargo, pertenece a esa estirpe de peloteros capacitados para sacarte un «¡Oooh!» del pecho en casi cada jugada. Un día inspirado del genio lo cambia prácticamente todo. En el fondo (aunque después de esto lo olvidaremos de nuevo para poder criticar abiertamente, deporte nacional) se trataba de esperar un poquito.