Es lo que parece haber parido la montaña con el advenimiento del índice del alquiler de vivienda. Si alguien tenía la esperanza de que se regulara el sector para evitar las tensiones de  la oferta y la demanda sobre los precios, que se olvide: la web de Abalos se limita a hacer un recuento y un promedio. Y nada más.

Y eso que en algún momento ha parecido que alguno de los partidos de la coalición gobernante tenía interés en moldear los precios, topándolos e indexándolos. Interesante debate éste sobre la oportunidad o no de intervenir en la oferta para favorecer demanda a través del precio. 

Hay quien considera que algo hay que hacer. Seguramente lo único que no hay que hacer es nada, pintar, que es lo que parece que hace la herramienta de la que les hablo. Pero  si ya antes del covid las cosas estaban mal, es de imaginar que en otoño se pongan peor. Antes el shock venía por la oferta. Ahora, puede venir por la demanda.

No puede ser que los arrendadores suban los precios “ad libitum” sin un criterio objetivo ni que lo que se tase sea tan difuso que cuando al inquilino le justifican lo que le cobran son lentejas adornadas con literatura. Como tampoco puede ser que haya miles de locales comerciales en expectativa de alquiler, criando malvas, afeando las calles e incluso haciendo inviables negocios solo por el hecho de que “pido tanto y me planto”.

Pero tampoco puede ser que arrendar un piso se convierta en una aventura propia de osados que quedan en manos de quien no cumple. Ese riesgo acaba estando en el precio, lo pagan justos por pecadores y arruina muchas carreras profesionales y muchos proyectos de vida.

El índice que necesitamos es de calidades, desgravaciones, exenciones, fiscalidad atenuada para colectivos a proteger, nuevos instrumentos legislativos y nuevas capacidades administrativas. Lo que se acaba de hacer ya existía. Y al contribuyente le salía gratis. Lo dicho, parió un ratón.