TIEMPO MUERTO

Diego Izco

Periodista especializado en información deportiva


Marega

No ha sucedido en nuestra Liga, vale, pero sucederá. Tarde o temprano, como el domingo en Portugal, un jugador negro pedirá el cambio y se retirará del campo porque no tiene por qué aguantar insultos racistas desde la grada. Marega (Oporto) se hartó. Sus compañeros trataron de convencerle, dicen las crónicas. ¿Convencerle de qué? ¿Quedarse? ¿Seguir aguantando? No, no es el camino: si tomas la decisión, no la abandonas. Me voy. ¿Que el árbitro te intenta detener? ¿Que además te saca una tarjeta amarilla (colegiado con alma de juez yanqui, ya saben, el de «¡Desacato!») por tus actos? ¡Adelante, Marega! Vámonos. Vámonos todos. Que se quede solo este puñetero fútbol faltón, violento y ofensivo, y así identificamos a los idiotas en la grada. 
Pero no dejemos la cosa ahí. No paremos en el racismo, sin duda una lacra nauseabunda (lo repetiré hasta la extenuación: en la cabeza de un racista, además de serrín, decirle «blanco» a alguien no es vejatorio... pero «negro» sí), y llevemos la protesta más enérgica posible, el jugador yéndose del campo, a todos los extremos. ¿Por qué un jugador tiene que consentir que le deseen la muerte, que le injurien por su lugar de origen, que se metan con su familia, con su pasado o su futuro, con su condición, con la camiseta que viste? ¿Por qué un árbitro debe soportar una afrenta coral, una pañolada acompañada de pitos y oprobios, por haberse equivocado, como hacemos todos, en el ejercicio de su profesión?
Con esa mentira asumida de «les va en el sueldo» hemos cometido (todos, usted y yo) el gravísimo error de normalizar lo anormal: el insulto. Que forme parte del paisaje en las gradas (donde niños se ríen a mandíbula partida al ver a sus padres soltar el joputa de turno) es la gran vergüenza de este deporte.