Victoria Lafora


Los mayores

25/03/2020

Son las víctimas, los grandes perdedores de la catástrofe sanitaria del coronavirus, los que no tienen sitio en las UCI saturadas.

Nacieron antes o durante la guerra civil, vivieron de niños el hambre, el estraperlo, la durísima posguerra. Se educaron en el nacionalcatolicismo, el palo y tentetieso. Comprobaron, más tarde, que la sentencia de que "cuando seas padre comerás huevos" ni siquiera era verdad. Su esfuerzo y su trabajo, que no el régimen franquista que les gobernó tantos años, logró sacar a este país de la miseria y hacerlo homologable económicamente con Europa.

Son los mismos que en la crisis de 2008 volvieron a acoger en el hogar familiar a hijos y nietos que perdieron el puesto de trabajo. Sus pensiones sirvieron para compensar los salarios perdidos. Muchos habían garantizado con sus viviendas las hipotecas de los familiares, esas que los bancos concedieron con tanta prodigalidad en aquellos años, y acabaron desahuciados.

Las pensiones se congelaron, "bastante suerte tienen con recibir una paga cuando hay tanto parado sin subsidio de desempleo" se oyó decir. Y, para compensar el "privilegio", se hicieron cargo de los nietos. Los traían y llevaban al colegio, les daban de comer y se quedaban con ellos hasta que los padres salían del trabajo.

Cuando hace unos días se cerraron los centros educativos, y antes del confinamiento en el que nos encontramos, los parques se llenaron de niños y abuelos, pese a que ya se sabía que eran un grupo de riesgo frente al Covid- 19.

Sirva esta descripción, que todos conocemos de cerca, para denunciar a los desalmados que, desde las redes sociales y en alguna columna de opinión, defienden que estas muertes no tienen importancia. Que, a falta de guerras, las pandemias sirven para reequilibrar la población mundial y, en este caso, llevándose por delante a los "amortizados". Que su desaparición aliviará la caja de la Seguridad Social. Seguramente no tienen a su padre o a su madre en una bolsa en el Palacio de Hielo de Madrid.

Ni tampoco en una residencia geriátrica muerto en su cama, sin que nadie lo recoja, porque los trabajadores del centro también se han contagiado. Ha sido el ejército el que, al ir a desinfectar los centros de mayores, ha descubierto los cadáveres. Tiempo habrá, como con todo en esta catástrofe, de pedir cuentas a los responsables políticos de la situación de desamparo de los que antes se llamaban "asilos".

Pero también existe, frente a los canallas, esa sociedad solidaria y tierna que aplaude cada noche al anciano con alzheimer que toca la armónica desde la ventana, y al que su cuidadora convenció de que los vecinos premian su arte musical.

Solidaridad, pues, con todos los que en estos días tan duros han perdido a un ser querido sin poderse despedir. Porque ellos, los mayores, también son imprescindibles.