RUMBOS EN LA CARTA

Juan José Laborda

Historiador y periodista. Expresidente del Senado


Respuestas (provisionales) para hoy

07/06/2020

Aunque esta semana las cosas políticas están igual de preocupantes, o tal vez por eso mismo, he creído que las contestaciones que le hice a Sandra Várez, la responsable de comunicación de la Fundación Pablo VI para la revista católica Ecclesia, la pasada semana, podrían tener algún interés para mis lectores. Sandra Várez me propuso hablar de «cómo veo la política y las instituciones en un mundo de después del COVID-19», y me preguntó, nada menos, sobre:
¿Qué le está pasando a la política?
La política está en crisis o en cambio porque va con retraso respecto a la época que estamos viviendo. Esta nueva época comienza con la nueva globalización que surge después de la caída del comunismo en 1989. La globalización desde entonces es únicamente capitalista; no hay una alternativa económica como la que el comunismo representaba. El capitalismo se impone a las formas tradicionales de la acción política; se impone a la comunicación periodística transformada en negocio, pendiente de los ingresos por publicidad, mezclando periodismo con entretenimiento y con espectáculo; las redes son la última forma de eso mismo. Lo más importante: el Estado, y la política como método de gobernar el Estado, están más condicionados por los poderes económicos, que por la voluntad de los políticos electos. 
La responsabilidad del político, de acuerdo con la clásica definición de Max Weber, es muy difícil de mantener. Este capitalismo, dominado por una aristocracia del dinero, que escapa a cualquier control, está afectando negativamente a la economía de mercado -por supuesto a la economía social de mercado, la de nuestra Constitución y la de la UE- de parecida forma a que ese capitalismo destruye cualquier manifestación moral que no sea la satisfacción de los deseos inmediatos de consumir. China es el modelo. Comunistas-capitalistas que sustituyen los Derechos Humanos por el dinero que da la felicidad del gran almacén, como ideal de vida.
¿Saldrá reforzado el populismo después de esta crisis? 
El populismo de derecha y de izquierda estará presente cada vez más si no se adopta una estrategia política que supere el viejo espacio político del Estado-nación. Ese podría ser el nuevo espacio que pueda gobernar la actual globalización, por ejemplo, una Unión Europea reforzada y comprometida con la democracia representativa, y por supuesto, que controle al capitalismo y a la aristocracia del dinero, que están fuera de cualquier control. 
¿Está en riesgo la libertad de expresión?
No habrá censura, pero la información estará cada vez más enturbiada por esas manifestaciones de la ‘posverdad’. Pero definamos la ‘posverdad’: es la vieja técnica de manipular a la opinión pública. Para ello es necesario disponer de periodistas mal pagados, que no reflexionan, y desde luego que no hacen nunca periodismo de investigación. Se limitan a competir en rapidez con las redes dando novedades. Así, la opinión publica no tiene forma de desarrollar una mínima memoria crítica. El olvido es la solución para todos los que son malos gobernantes y malos representantes. Entonces, la opinión publica reniega del sistema democrático, vota por radicales populistas, y todo hace que la oligarquía oscura del dinero y de las influencias siga sintiéndose a salvo y privilegiada, muy por encima de la gente corriente. Por eso los comparo con la aristocracia del Antiguo Régimen: no pagaban impuestos, tenían una justicia propia y particular, y fueron un obstáculo para el desarrollo de una economía de mercado, sometida a las leyes y a la libre competencia. 
¿Cuál va a ser el futuro de nuestras instituciones? 
La sociedad civil debería manifestarse a favor del consenso constitucional, el gran acuerdo de 1978, y debería evitar que la política arrastre en su dinámica de enfrentamientos a la sociedad civil, y cuando hablo de sociedad civil me refiero a las universidades, la academia, los empresarios individuales, las asociaciones religiosas, intelectuales, culturales, sindicales, de defensa de los desprotegidos y los débiles, de defensa del medio ambiente, etcétera. Hace falta una sacudida de los individuos conscientes, y de las élites morales, más que esperar de las grandes estructuras institucionalizadas, que son dependientes del poder económico, y que se ven con desconfianza. 
¿Por dónde pasa nuestro futuro después del COVID-19? 
No lo sé, y esa conciencia de incertidumbre la comparto con la mayoría de las personas con las que me relaciono. Sé lo que quiero, pero miro al mundo y no veo apenas signos optimistas. Sigo con interés al líder británico, Keir Stamer, pero lo triste es que ha llegado al frente de los laboristas después de Jeremy Corbyn, cuya ambigüedad y aislacionismo no supo detener el Brexit. Me refugio en escritores europeístas y de pensamiento liberal y socialdemócrata, como Habermas y Byung-Chul Han. Refugiarse en la torre de Montaigne podría ser la muestra de que siento el mundo con una mezcla de temor y aburrimiento.