Editorial

El sector agrario, un hervidero descontrolado para el Gobierno

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El despropósito alrededor del campo se sigue complicando. Este viernes, mientras agricultores de Cataluña, Levante o Andalucía colapsaban los centros de algunas capitales de provincia, la ministra de Trabajo, Yolanda Díaz, y el vicepresidente Pablo Iglesias mantenían una reunión para abordar asuntos de peonadas y subsidios agrarios, de la que dejaban fuera a última hora, con casi tanta precipitación como sucedió con la convocatoria, a representantes regionales de los principales sindicatos agrarios, Asaja, COAG y UPA, lo que ha encendido una nueva mecha más en este complejo rompecabezas. Al margen de los motivos reales de este descontrol, y más allá de las suposiciones que algunos mantienen, ante la falta de explicaciones oficiales, que pasan por el tono que las movilizaciones están adquiriendo, no parece la actitud del Gobierno la más correcta si plantea la solución alrededor del diálogo y la negociación. No en vano, el ministro de Agricultura, Luis Planas, hablaba hace unas semanas de la voluntad del Gobierno de dialogar, aludiendo incluso a que comprendía las reivindicaciones del sector, «compartiéndolas en muchos aspectos», tal y como explicó.
El campo está lanzando un grito de auxilio, estrechamente vinculado al deterioro del medio rural, dirigido hacia las administraciones para que pasen de las palabras a los hechos. En esencia, reclaman revertir la crisis de los precios que se arrastra desde hace más de un lustro para salvaguardar al sector primario.
Lo cierto es que se trata de una tormenta perfecta donde confluyen muchos elementos, como los bajos precios, los costes crecientes, el recorte de ayudas, la competencia desleal o el salario mínimo interprofesional, por mencionar solo unos cuantos. Por lo tanto, no hay que obviar que esta crisis no arrastra una única causa ni diagnóstico, de hecho, si hay algo en lo que todos los agentes implicados ponen el acento, es que es un problema complejo donde no se puede simplificar la búsqueda de los causantes, apuntando a fáciles enemigos. La cadena es amplia, y tanto los productores, como la industria o la distribución defienden el valor de su eslabón, aunque algunos se sienten los más débiles frente a otros, que se visualizan como sólidos grilletes. Las propuestas del campo deben pasar por contribuir a la transparencia en los precios, o a limitar el uso desleal en las relaciones entre los agentes del mercado y mejorar la precariedad de explotaciones agrícolas. Este último punto, aumentaría la eficiencia del mercado de un sector primordial, y la competitividad en un mundo tan complejo.
Todo ello sin olvidar que el sector agrícola es uno de los que presenta peores datos de siniestralidad laboral, tal y como reflejaban los datos de la Federación Nacional de Asociaciones de Trabajadores Autónomos en un informe de 2018.