LA RAYUELA

Óscar del Hoyo

Periodista. Director de Servicios de Prensa Comunes (SPC) y Revista Osaca


Prioridades

07/02/2021

El mercado está abarrotado. Es martes, jornada señalada por la llegada de género fresco y el día idóneo para adquirir animales vivos destinados al consumo humano. Un cliente observa cómo el carnicero corta los cuernos de una cabeza de yak que está expuesta en uno de los locales del zoco de Wuhan. El sacrificio se ha llevado a cabo en el suelo de la parte de atrás de su tienda, despiezándolo y aprovechando cada parte del mismo, con unas condiciones higiénicas paupérrimas. Hace un año que surgió en China el primer brote del hasta entonces semidesconocido coronavirus, que ha acabado con la vida de más de un millón de personas en el planeta, pero allí las cosas, aunque el gigante asiático se empeñe en demostrar lo contrario a través de su aparato propagandístico, han cambiado poco y todo continúa siendo susceptible de ser consumido.
La llegada de los inspectores de la Organización Mundial de la Salud para tratar de encontrar evidencias que aporten algo de luz al origen de la pandemia lo cambia todo. Los puestos, donde ni siquiera se utilizaban guantes y los despojos y la basura se acumulaban en cualquier lado, están impolutos. Todos llevan mascarilla, las medidas de seguridad son ejemplares y no hay rastro de que allí se venda algo que pueda resultar sospechoso. La investigación incomoda a China, donde se ha pasado de no tener ningún contagio durante meses a, según las cifras oficiales, volver a detectar 40 casos diarios. 
La comitiva se traslada al Instituto de Virología de Wuhan, el laboratorio que se ubica a las afueras de la ciudad y que muchos expertos sitúan como el epicentro del origen, un lugar en el que EEUU colaboraba en distintos proyectos, pero que abandonó, para dejar paso a los científicos franceses. No trasciende nada, aunque los investigadores hablan de que han podido encontrar información valiosa que les permitirá ir en la dirección correcta para averiguar qué es lo que pudo pasar, algo que, a día de hoy, todavía es un misterio, con un sinfín de teorías que no han hecho nada más que abonar el terreno de la conspiración y la paranoia.
Mientras el mundo vuelve a mirar a China, en España la situación continúa siendo alarmante. La tercera ola está siendo terrible. Los datos, siempre fríos, dejan un panorama desolador, con más de 10.000 muertos en lo que se lleva de invierno y 50.000 hospitalizaciones. Los epidemiólogos admiten que se han registrado casi tantos contagios en Navidad como si no se hubieran llevado mascarillas. El sistema sanitario se encuentra de nuevo en el límite, con ucis y hospitales colapsados, y la mayoría de las regiones, a excepción de Madrid y Cataluña, aumentan las restricciones con el objetivo de reducir decesos y una presión asistencial que ahoga.
Ahora que se cumple un año desde que Fernando Simón sostuviera que ,«como mucho», no habría más allá de algún caso diagnosticado y vaticinara que en el territorio nacional no habría transmisión local y, de haberla, sería muy limitada y controlada, las vacunas se han convertido en esa tabla de salvación a la que agarrarse, aunque los plazos, esos que hablan de que para el mes de julio estará inmunizada el 70 por ciento de la población española, ya sea por los retrasos de las farmacéuticas o por los protocolos establecidos desde Sanidad, se han convertido en una auténtica quimera.
Como reconocía esta misma semana el que hasta hace escasos días era ministro y hoy candidato del PSC a los comicios autonómicos, Salvador Illa, ha habido errores en la gestión de la pandemia; una obviedad manifiesta. Cerrar el espacio aéreo cuando las cepas británicas y sudafricana ya campan a sus anchas por algunas comunidades es el último episodio de una estrategia errática que llega tarde una vez más. Los fallos se podrían enumerar uno a uno, pero de nada sirve mirar a un pasado que sólo ha dejado tragedia y ruina. Hoy es más necesario que nunca reflexionar sobre lo que se está haciendo en estos momentos para controlar a un virus letal que se lleva cada día la vida de cerca de 500 ciudadanos; una cifra que, según prevé un estudio de la Universidad de Washington, podría ascender a otras 50.000 defunciones más hasta mayo.  
El hombre es el único animal que tropieza dos veces en la misma piedra y, tras el salvar el verano y la Navidad, llega ahora la idea de hacerlo con la Semana Santa. La ministra Reyes Maroto se atrevió a defender el lunes que era posible que el turismo se reactivara en esas fechas, otro augurio que, además de demasiado optimista, se antoja frívolo, dadas las circunstancias en las que se encuentra el país y justo un día antes que desde Navarra se anunciara la suspensión de los sanfermines.
Hablar de vaticinios lanza falsas esperanzas a una población desgastada mentalmente por una situación que sobrepasa y que coarta libertades. Pero hay más. ¿Alguien entiende que, mientras la hostelería se desangra, con medidas que a muchos les obligan a bajar la persiana, o no se pueda comer en familia, se permita en Cataluña celebrar mítines, votar a los positivos y no se retrasen las elecciones hasta que se controle la epidemia?  La prioridad es otra.