RUMBOS EN LA CARTA

Juan José Laborda

Historiador y periodista. Expresidente del Senado


La Jerusalén de las tres religiones (Cruzadas y IV)

07/02/2021

Roma destruyó el Templo de Jerusalén (70 d.JC), entonces los judíos fueron expulsados, y Bizancio, heredero del Imperio Romano, mantuvo a Jerusalén dentro de sus fronteras hasta febrero de 638, cuando el califa Omar la conquistó. 
Hacía ocho años que Mahoma (570-630) había fallecido en Medina, Arabia, y aunque Mahoma nunca estuvo físicamente en Jerusalén, el profeta, al comienzo de su predicación, fue trasladado por el arcángel Gabriel a la Ciudad Santa, y en la misma roca que Abraham descubrió que Dios era uno, Mahoma ascendió al Cielo para conocer a los anteriores profetas, y después regresó a la Tierra dispuesto a enseñar sus verdades. El califa Omar (581-644), que había sido suegro y amigo de Mahoma, rechazó la invitación del patriarca cristiano, Sofronio I (560-638) de Jerusalén, para orar en la iglesia del Santo Sepulcro y lo hizo al aire libre, para así no tener que convertir la iglesia cristiana en mezquita islámica. Unos pocos años después, otro califa erigió un templo (no es una mezquita) en donde Omar rezó, que es en la actualidad la Cúpula de la Roca, el edificio religioso más antiguo del Islam, y que contiene la roca donde Abraham y Mahoma tuvieron sus respectivos encuentros con Dios. 
Estos relatos nos demuestran que hubo una época en Oriente en que las tres religiones, aunque con sobresaltos, pudieron convivir con alguna tolerancia. En ninguna parte había verdadera tolerancia, y no existía la noción de libertad religiosa, pero aunque se repudiaba al infiel o al hereje, lo cierto es que en Bizancio, Palestina, Siria y Egipto -la llamada Tierra Santa- las tres religiones monoteístas convivían entre ellas, teniendo en cuenta, además, que cada religión estaba dividida en diferentes confesiones o Iglesias; más divididos los cristianos y musulmanes que los judíos (tal vez porque los hebreos eran los únicos que carecían de algo parecido a un poder político institucionalizado).
Bizancio, a ojos de los europeos, era un modelo inalcanzable de poderío, riqueza, cultura y civilización. En 1054 se produjo el cisma entre el papado romano y el emperador bizantino, que era una disputa entre Roma y Constantinopla por la primacía de la cristiandad. A pesar de esa división, Bizancio pidió ayuda al papa y a los reinos cristianos occidentales ante la irrupción de los turcos selyúcidas. Éstos, en 1075, conquistaron Jerusalén, y aunque los árabes recuperaron la ciudad unos años después, restaurando la tradicional tolerancia, los cruzados, en lugar de desalojar a los turcos de sus territorios en Anatolia (que era clave para la supervivencia de Bizancio), conquistaron Jerusalén el 15 de julio de 1099, desencadenando, a continuación, una terrible e injustificada matanza de musulmanes, judíos y cristianos orientales. 
La conquista de Jerusalén fue el único gran triunfo cruzado, y el comienzo de un tiempo de miserables horrores cometidos en nombre de Dios, aunque también vio despegar la riqueza y el poder de los reinos y señoríos laicos de Europa occidental, en otras palabras, ocurrió exactamente lo contrario de lo que habían prometido los papas durante dos siglos predicando sus cruzadas. 
Así, los cruzados en lugar de ayudar a Bizancio en su pugna contra los turcos, se quedaron para sí con los territorios que conquistaron en Palestina y Siria, y en vez de ofrecérselos al papa, se proclamaron rey de Jerusalén y señores de otras localidades de nombres legendarios, Antioquía, Edesa, Trípoli, Tiro, Acre, Belén, Nazaret… Por reacción a tales ataques cristianos, el islam se radicalizó y se predicó el equivalente a la santa cruzada, la yihad o guerra santa, y el poder musulmán se desplazó de los califas, sucesores espirituales de Mahoma, a los sultanes, comandantes militares, como Saladino( 1137-1193), después con los mamelucos egipcios, y mucho más tarde, con los sultanes turcos otomanos, quienes impusieron una unidad política-militar para la mayoría del mundo islámico. 
Fanatismo es despreciar la complejidad y los matices de cualquier realidad humana, y en política es preferir la guerra porque el rival se ve como mero enemigo. Eso se aprende de la historia de las cruzadas, y creo que es una lección que convendría conocer en nuestros días, días en los que se prefiere vender verdades simples a valorar la prudencia razonada. 
Jerusalén fue un reino electivo de cierto éxito con los primeros reyes francos, pero siendo rey Guido de Lusignan (1150-1194), de acuerdo con los fanáticos caballeros templarios, desafió al sultán Saladino, un kurdo que dominaba Egipto y Siria. Como habían pronosticado sus consejeros, partidarios de mantener buenas relaciones con los musulmanes, Saladino destruyó el ejército cristiano, y se anexionó Jerusalén, el 2 de octubre de 1187, eso sí, sin matanzas. Años después, el emperador Federico II Hohenstauffen (1194-1250), negociando diplomáticamente con los sucesores de Saladino, consiguió que Jerusalén volviera a soberanía cristiana, y de hecho fue coronado rey en la Ciudad Santa, el 10 de marzo de 1229. 
Federico había sido excomulgado reiteradamente por el papa Gregorio IX (1170-1241), y el emperador tuvo que dejar Jerusalén para impedir que un ejército papal, reforzado por güelfos lombardos, invadiesen su reino de Sicilia. Federico frenó a los papistas, pero en 1244 Jerusalén se perdió definitivamente para los cristianos.
Después de la Primera Guerra Mundial, con el Imperio Otomano desaparecido, los británicos administran Jerusalén. Una vez proclamado el Estado de Israel, el 14 de mayo de 1948, Jerusalén iba a ser una ciudad internacionalizada bajo el amparo de la ONU. Al día siguiente de su independencia, cinco países árabes atacaron Israel, y al perder esa guerra, y las posteriores, Jerusalén fue anexionada por los israelíes. Ahora, y gracias a Trump y a Netanyahu, Jerusalén es capital de Israel. ¿Signo de tiempos fanáticos que prescinden de la historia?