Editorial

El toque de queda en Francia contrasta con las medidas timoratas en España

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Francia impone el toque de queda a partir de las nueve de la noche en sus grandes ciudades, Portugal retoma el estado de calamidad, en Alemania se habla de una precuarentena para salvar la Navidad… Y en España estamos discutiendo un borrador que pretende aclarar los criterios y umbrales concretos para una supuesta respuesta homologada en todas las comunidades. Ocho meses después del inicio de la pandemia, da la impresión de que aquí seguimos dando tantos palos de ciego como la primera quincena de marzo. Enfrascados en luchas políticas partidistas, volvemos a reaccionar con retraso. Mientras en la mayor parte de países europeos se aplican restricciones mucho más severas con menos tasa de contagios, aquí seguimos mirando al dedo que apunta a la luna.
La convivencia con el coronavirus, obligada mientras no llega la vacuna que ponga fin a la pandemia, se ha convertido en un tira y afloja en el que los ciudadanos hacen lo que pueden para adaptarse a las circunstancias y continuar sus vidas mientras los gobiernos autonómicos y central intentan mantener el difícil equilibrio entre las restricciones y la reactivación en función de las fluctuaciones de la curva de contagios. Inmersos como estamos desde verano en esta realidad compleja, que no todos estamos afrontando con la misma responsabilidad, la pandemia sigue repuntando a niveles de incidencia inéditos desde la primavera. Y si nadie se atreve a adoptar medidas más valientes con premura, los datos y la lógica nos conducen a un progresivo endurecimiento de las restricciones. La consigna es evitar, a toda costa, volver al confinamiento total, una medida extrema con efectos traumáticos, tanto económicos como sociales. Ahora hay que anticiparse y actuar de forma decidida para no tener que tomar decisiones aún más restrictivas dentro de unas semanas. Por eso, se antoja prioritario explorar nuevas medidas que impliquen una reducción general del contacto social y la movilidad, intentando que dañen lo menos posible la economía. Complejo, cierto, pero Francia ha enseñado el camino.
Al margen de esto, hay que recordar, una vez más, que la batalla contra la covid-19 se dilucida a partes iguales desde la estrategia y plan de acción de los gobiernos asesorados por los expertos y desde la actitud consciente, prudente y solidaria de los ciudadanos en el cumplimiento de las recomendaciones. Las administraciones han cometido muchos errores, pero también es un hecho que un sector importante de la ciudadanía perdió rápidamente la conciencia sobre la magnitud y gravedad de un virus que, como estamos viendo, ha mantenido intacta su capacidad de hacer daño.