Editorial

Mil mujeres asesinadas exigen que la sociedad española diga basta

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Las incertidumbres acerca de la constitución del Gobierno central y de muchos municipales y autonómicos están centrado el foco informativo desde el pasado 26-M. Pero mientras los políticos siguen negociando el poder, vistiendo de debate de ideas lo que no es otra cosa que un reparto de nombres y puestos, la realidad sigue su curso, con noticias tan amargas como la que hemos conocido recientemente. Y es que ya son mil las mujeres asesinadas a manos de sus parejas o exparejas en los últimos 16 años (cuando la administración comenzó a contabilizarlos), una cifra que nos debe llevar primero a un profundo sonrojo colectivo y después a un profundo análisis para tratar de encontrar la salida a este cruel laberinto. 
Cada víctima de violencia de género suscita siempre las mismas preguntas: ¿cómo es posible que se haya llegado a esta situación? ¿Cómo es que nadie fuera capaz de ver las señales previas? Nos queda mucho camino por recorrer todavía y el goteo de sucesos lacerantes nos recuerda con demasiada frecuencia nuestras propias carencias como sociedad avanzada. Contra esta realidad no cabe más que actuar en tres frentes diferentes. En primer lugar resulta imprescindible aumentar la vigilancia y no conceder permisos penitenciarios a los condenados por estos hechos hasta que no se garantice que están reinsertados. Por desgracia todavía tenemos que lamentar casos en los que el asesino incumple las órdenes de alejamiento o que aprovecha las salidas esporádicas de la cárcel para cumplir su venganza largamente mascada.
Junto a ello hay que incidir aún más en la empatía hacia las víctimas que todavía no se sienten lo suficientemente arropadas a la hora de contar el drama que padecen. No solo a nivel institucional sino también en su entorno más cercano. La tercera pata que necesita un empuje es la de la educación. Resulta muy complicado desterrar comportamientos machistas demasiado arraigados, pero si no logramos que las siguientes generaciones asuman la igualdad entre hombre y mujer como un hecho incontestable y que no admite ni la mínima duda ni la más leve interpretación, la violencia de género persistirá por mucho dolor que produzca en la mayoría y por muchas campañas que se acometan.
El primer paso ya está dado, pues hay una concienciación real del problema y los sucesivos gobiernos han incluido entre sus prioridades la erradicación de esta lacra a través de planes integrales. Ahora le toca a la sociedad en su conjunto, no mirando hacia otro lado cuando se produzcan las primeras señales y extremando las alertas que siempre emiten las víctimas cuando todavía hay remedio. No podemos permitirnos más pérdidas.