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Fernando Jáuregui

TRIBUNA LIBRE

Fernando Jáuregui

Escritor y periodista. Analista político


Olvidémonos de Puigdemont de una vez

25/09/2021

Supongo que, aunque detenido, el ex president de la Generalitat, Carles Puigdemont, nuestro fugado más famoso, habrá pasado las últimas horas feliz: ahí es nada acaparar todos los titulares nacionales y muchos europeos colocando a su odiada España, y de paso a su odiado Aragonés, en una situación particularmente incómoda: ¿qué hacer con él? Ni en Madrid, ni en Barcelona, ni, claro, en Alguer, ni en la dirección del Parlamento Europeo saben muy bien por dónde salir ahora con el 'tema Puigdemont'. Creo que es más problema aún para Pere Aragonés que para Pedro Sánchez, que, al fin y al cabo, siempre puede decir, y esta vez con veracidad, que el Ejecutivo español nada puede hacer frente a las decisiones que tome el Supremo, con el que el Gobierno está enfrentado a muerte.

Como casi cada vez que nos hallamos ante un contencioso en el que el independentismo catalán está involucrado, una larga disquisición jurídica nos espera a cuenta de que si la euroorden que prescribía detener a Puigdemont estaba o no en vigor, de la misma manera que, cuando fue detenido y posteriormente liberado en Schleswig Holstein, se organizó la marimorena acerca de si el delito de los encausados en el 'procés' era rebelión o sedición, que, por cierto, ya va siendo hora de reformar el Código Penal en este punto. Se oirán voces a favor y en contra de la extradición de Puigdemont -que, descuide usted, no va a ser extraditado a España, ya lo verá--, como se oyeron hace un año a favor o en contra del indulto a los golpistas de octubre de 2017, a favor y en contra de la actuación de Llarena y del Supremo en general... En suma, España saldrá de esto un poco más dividida, si cabe, y eso a quien más le puede gustar es a Carles Pigdemont: para él, cuanto peor, mejor.

Máxime, si con esta retención, que ni siquiera me parece detención propiamente dicha, el ex president logra cargarse la Mesa de negociación, acorralar a Aragonés y a Esquerra -obligados a defender la libertad y hasta el retorno del prófugo de Waterloo, al que aborrecen_ y propinar una patada en salva sea la parte al Gobierno central. Lo ocurrido en la minúscula Alghero, sitio tan medieval como lo que representa el propio Puigdemont, ha sido una mala noticia para todos, en momentos en los que el diálogo quería imponerse, excepto, claro, para quienes analizan la 'cuestión catalana' desde un prisma extremista, de derechas o de izquierdas, desde el fanatismo nacionalista o desde el centralista.

Lo mejor que nos podría pasar, pero que muy probablemente no es lo que pasará, sería que Puigdemont acabase llegando a España, que fuese juzgado y, de una u otra manera --¿más indultos?--, puesto en libertad. Como suena. Y dejarle que siga ejerciendo su labor de termita en el seno del independentismo, hasta que la sociedad catalana, incluso la más cafetera con el secesionismo, acabe descubriendo la escasísima entidad de un personaje que solo de carambola podría haber soñado alguna vez con encaramarse a la presidencia de la Generalitat y a un escaño en el Parlamento Europeo. Porque, señoras y señores, Carles Puigdemont, y lo digo tras haber hablado mucho con quienes bien le conocen, es nada; una filfa, un ídolo -para quien lo sea_ con pies de barro. El hombre que mucho mal puede hacer hoy a los catalanes, 'indepes' o no, y, por cierto, al resto de los españoles, que bien haríamos en olvidar de una vez a tan nefasto personaje: no merece ni siquiera estar en los titulares negativos de los periódicos.