Hay países que pueden cometer todo tipo de tropelías sin que la comunidad internacional mueva una pestaña. Todo dependen de su importancia económica y geoestrategia para los intereses de Occidente. Es decir de nuestro mundo. 
Así que nuestros gobernantes hacen alarde de manga ancha con los dignatarios de países que no respetan los más elementales derechos humanos. Por ejemplo Arabia Saudita. 
Resulta que en Arabia Saudita se crucifica a niños. Sí. Resulta estremecedor pero así es. Niños que se han manifestado en las calles junto a adultos pidiendo una apertura del régimen. Niños que han sido detenidos y torturados. Niños que van a ser crucificados. 
Sus nombres nos suenan lejanos: Abdalá, Alí, Dawud... pero son nombres de niños de doce, trece, catorce años a los que la comunidad internacional les está dando la espalda. 
En Occidente somos muy dados a manifestarnos pero resulta que ninguna organización defensora de derechos humanos, ningún partido político a los que se les llena la boca hablando de justicia, nadie en definitiva, se ha manifestado pidiendo a los gobiernos de Occidente, a la Unión Europea, a Estados Unidos, que alcen la voz y adviertan al gobierno saudita que den marcha atrás, que nos resulta intolerable que se pueda crucificar a nadie en el siglo XXI, y menos aún a un crío. 
La tibieza con la que se muestra Occidente es más que decepcionante. Es incomprensible que por ejemplo desde la Unión Europea no se tome ninguna iniciativa. La respuesta claro es el poderoso caballero don Dinero. 
Arabia Saudita es un país rico, con inversiones millonarias en las economías occidentales, y con petróleo. Así que a los gobernantes europeos, a nuestros políticos, les resulta más cómodo no decir esta boca es mía. En la agenda de los políticos europeos no aparecen los nombres de Dawud, ni de Ali, ni de Abdala... y lo que no aparece no existe y por tanto no les provoca ningún quebranto. 
Saben, tengo una inmensa sensación de asco.