TIEMPO MUERTO

Diego Izco

Periodista especializado en información deportiva


Esos niños…

En la vida del deportista, incluso en la de quien 'hace deporte' por el reencuentro de colegas y las birras de después, llega ese momento en que el tiempo se manifiesta en forma de muchacho imberbe que hace cosas ya inalcanzables. Es la mezcla perfecta entre tu propia cuesta abajo y la irrupción de puñetero advenedizo, ese petardo de niño, el que llega con tanta ilusión que olvida pedir permiso para entrar: sencillamente, arrasa con la puerta. El crío guarda (o no) un enorme respeto por los mayores, escucha (o no) los consejos que éstos le dan y hace (o no) como que le interesan, pues en el fondo está sobradamente preparado para ocupar ese hueco. El viejo trabajador le explica dónde están las llaves y cuáles son los trucos del edificio, pero el nuevo sólo quiere cometer los mismos errores, porque así aprendemos, que cometió quien le cuenta todas esas cosas. En la mirada del veterano sigue habiendo ilusión, pero la energía es de los niños…

Busquets y De Jong.

El catalán es uno de los jugadores más especiales (en la complejidad de su puesto) que ha dado nuestro fútbol en el presente siglo… o en su historia: mejoró a todos sus predecesores táctica y técnicamente, y lo hizo con una sencillez arrolladora. Pero antes de entrar en las peculiaridades de estos últimos dos años, en el "se le ven las costuras" y el "la sombra de lo que fue", conviene recordar al muchacho larguirucho a quien primero Guardiola y después Del Bosque consagraron en la élite con apenas veinte años, en 2008, cuando todavía no tenía ficha profesional con el filial del Barça. Busquets era ese niño que es hoy De Jong. Tenía todo el juego en la cabeza. Se lo sabía todo. Y además rezumaba frescura, que es lo que el deporte profesional y aficionado, en su eterna tiranía, termina imponiendo.