La era del 'gaming'

SPC
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Hace años que las videoconsolas se colaron en casi todos los hogares con hijos hasta el punto de que ahora pueden convertirse en jugadores profesionales. Para ello deben recorrer un camino en el que están los límites paternos y la autorregulación

La era del 'gaming'

La irrupción de la tecnología en los hogares ha transformado las relaciones familiares y la brecha que siempre hubo entre padres e hijos es hoy quizás más grande que nunca. Los smartphones, las tablets y las videoconsolas se han colado en la rutina doméstica hasta el punto de condicionar la comunicación entre los miembros del núcleo familiar y generar un nuevo debate centrado en la mayoría de los casos en dónde están los límites a su utilización.
Hacer la tarea del colegio o practicar deporte a veces pasan a un segundo plano. Y es que es lógico que los niños no sepan autorregularse, por eso las líneas rojas deben venir desde fuera hasta que ellos demuestren que ya están integradas. 
Así lo explica el psicólogo Óscar Pérez Cabrero, del centro de Psicología Álava Reyes, que apunta que «conviene restringir no solo la duración del juego, sino la frecuencia: que no se convierta en algo diario, y que el día que se juegue no se haga durante más de 90 minutos, por ejemplo, que es lo que dura una película media», explica el experto. 
Para tratar de estrechar las diferencias que suelen surgir entre padres e hijos a este respecto, Movistar+ estrenó en #0 hace unos días el documental Not a game, un producto audiovisual para todos los públicos que, a través de entrevistas a diferentes especialistas, influencers y gamers, entre otras figuras, aporta diferentes puntos de vista al fenómeno del gaming y de los eSports.
Y es que hay familias que llegan a plantearse si deberían permitir el uso de las consolas en el tiempo libre de sus hijos y en grupo, es decir, cómo de saludable es que quede una pandilla de niños y, en lugar de interactuar entre ellos, estén compitiendo a través de un videojuego.
Pérez Cabrero apunta que hay que partir fundamentalmente de que el beneficio de los videojuegos es la diversión que proporcionan. «A partir de ahí, dependiendo del uso que se haga de ellos, pueden tener incluso beneficios secundarios, por ejemplo si recurrimos a ellos incluso para jugar en familia. También son una alternativa de ocio especialmente interesante en personas con movilidad reducida».
Podrían darse casos de exclusión en momentos determinados, si un padre se niega a que su hijo se conecte a la vez que el resto, pero el psicólogo agrega que «la exclusión que puede experimentar uno por no jugar al videojuego de moda es puntual, transitoria y manejable. El peligro al que sí se exponen los menores es que, a base de jugar demasiado, terminen por privarse de tiempo con otros niños, escenario donde entrenar sus habilidades sociales».
En ciertos casos, puede haber padres que jueguen incluso más que sus hijos. Un aspecto que hay que tener en cuenta a la hora de establecer esos límites «para no mandar un mensaje contradictorio que deriva en conflictos innecesarios». Pero las cosas pueden cambiar e ir un paso más lejos, ya que con las opciones que aporta hoy la tecnología, algunos aficionados a los videojuegos podrían acabar siendo jugadores profesionales.
nuevas opciones. Generalmente, los padres comprenden este fenómeno, pero no alcanzan a proyectar su dimensión. Son usuarios de redes y también son o han sido amateurs de los videojuegos, sin embargo, no comprenden la realidad actual de los eSports ni sus posibilidades como empleo potencial. Mientras, en la siguiente generación, la perspectiva está cambiando, ya que la generación actual de jóvenes es la llamada generación digital, la que ha nacido en la era de la tecnología y la que se relaciona a través de las redes sociales, sin dejar de lado el mundo real. Así, algunos de ellos buscan reconocimiento en su entorno familiar y social como deportistas y profesionales de los videojuegos.
Hasta llegar a este punto hay un largo camino de aprendizaje tanto de normas como de límites, e incluso de expectativas, que empieza desde la niñez. La etiqueta PEGI puede orientar sobre para qué edades pueden ser más adecuados los videojuegos, «pero la pregunta que conviene hacerse no es tanto qué edad es la adecuada, sino qué función está cumpliendo ese gesto tan normalizado actualmente de darle el móvil al hijo para que juegue con él», explica el psicólogo. 
Porque, aunque la tecnología abra un campo prometedor de cada al futuro de muchos jóvenes, la autorregulación es una de las primeras lecciones que tendrán que aprender ante los videojuegos.