TRIBUNA LIBRE

Fernando Jáuregui

Escritor y periodista. Analista político


Desescalada, ese horrible, bello, palabro

11/05/2020

Figúrese usted si estamos viviendo una situación surrealista que la palabra hoy más citada en los titulares de los medios, desescalada, un palabro horrendo por cierto, ni siquiera existe oficialmente. La Real Academia Española, que es donde se acoge el léxico correcto, nos recomienda no utilizarla, empleando, en su lugar, rebajar o reducir, por ejemplo. Pero ahí estamos: desescalando. Mejor o peor, que eso el tiempo lo dirá. El caso es que esta semana empieza, según dónde, esa libertad por fases, relativa y provisional, a la que hemos llamado como ya está dicho. El virus todo lo altera, hasta la función sacrosanta de quien se encarga de limpiar, fijar y dar esplendor a nuestro empobrecido, o enriquecido malamente, lenguaje

Los políticos, que, como los periodistas (y los escritores de la RAE, claro), son los máximos responsables de lo que, en términos semánticos, resulta o no admisible, tienen el palabro todo el día en la boca: porque esa desescalada es un punto de referencia sobre cómo se van haciendo las cosas, bien, regular, mal o pésimamente. Hasta ahora, en la fase cero, hay que reconocer que la ciudadanía, una parte de ella, se ha despeñado algo por la desescalada. Casi un descalabro.

Claro que no cabe desconocer que ha habido un cierto caos, desde que aquel Consejo de Ministros de cinco horas de duración del 28 de abril logró sacar adelante un plan bastante corregido con respecto al que inicialmente presentó la hasta entonces desescaladora jefa, la vicepresidenta Teresa Ribera. Dicen que fue el secretario general de la Presidencia, Félix Bolaños, un tipo al que califican como concienzudo y eficaz, el encargado de enmendar la plana a la 'vice' y sortear el peligro del desconcierto ciudadano que ha llevado a que muchos salgan del confinamiento fuera de las horas señaladas y de la manera menos indicada, desdeñando los rigores del 'desescalamiento'. Que llevemos ya un millón de denuncias y unos quince mil detenidos por saltarse la reclusión no puede ser casual ni fruto de un excesivo rigor porque sí de las Fuerzas del orden.

No se culpe al ciudadano de esta escalada de multas antes de la desescalada hacia la primavera; cúlpese, más bien, al desconcierto y al desorden que han presidido, y conste que lo comprendo, esta crisis inédita para la que nadie estaba preparado. Y menos el Gobierno bisoño, formado el miércoles hará cuatro meses con intención clara de escalar el Himalaya del poder de muy otra manera que la actual. Pero ya ven: hasta una nieve incipiente, esa que cae con la preocupación extrema, empieza a percibirse en la cumbre de la escultórica cabeza presidencial.

Ocurre que la desescalada, ya digo que fea palabreja, es, a la vez, un término esperanzador: la normalidad en el ocio, en los negocios. Normalidad que, para continuar con el surrealismo verbal, es, en el fondo, una profunda anormalidad en comparación con lo que conocíamos y vivíamos hace ocho semanas. Las ocho semanas que cambiaron nuestras vidas, las de nuestros hijos y posiblemente las de nuestros nietos. Y esta realidad sí que no hay quien nos la desescale, maldita sea.