TRIBUNA LIBRE

Fernando Jáuregui

Escritor y periodista. Analista político


Diada, ¿a quién le importa lo que significa de verdad la Diada?

Tiene lugar este miércoles una nueva edición de la Diada, convertida este año más que nunca en una gran manifestación con camisetas en las que se lee la máxima "objetivo, independencia". De manera completa se ha llegado a una total tergiversación sobre lo que se quiso significar cuando, en 1980, el Parlament de Catalunya estableció el Onze de setembre como la jornada de la fiesta nacional catalana. Ya ni siquiera importa la pureza de la narración de lo que ocurrió en septiembre de 1714, máxime cuando incluso los editores de libros de texto han admitido la tergiversación histórica a la que se somete a no pocos estudiantes catalanes. E importa aún menos el espíritu con el que aquellos parlamentarios catalanes, hace cuarenta años, instituyeron la Diada.
El deterioro del espíritu de la Diada ha ido paralelo al del sentido del Estado y al concepto institucional de la unidad de España. Los pueblos que no respetan la veracidad de su propia Historia están condenados a que se les repita la peor parte de ella. Y Cataluña se ha empeñado en una tarea de deformación de su propia realidad histórica desde 1640. Hasta el punto de que, en un gesto algo chusco -no es Cataluña, por cierto, el único ejemplo del disparate en libros de texto-, centros y asociaciones hay que piden que los libros que estudian los bachilleres catalanes excluyan la mención a los reyes católicos. Entre otras barbaridades. 
No me extraña que historiadores por otra parte tan solventes como Henry Kamen sean tan mal vistos en los ámbitos indepes. Cuando el propio molt honorable president de la Generalitat anuncia públicamente que hay cosas que hay que atender por encima de las leyes, algo grave está pasando. Cuando se anuncia un levantamiento masivo contra una sentencia que llegará para condenar a quienes pretendieron un golpe de Estado puro y duro -otra cosa es cómo se judicializó, al margen de la mejor política, este proceso--, es al Estado, representado por las fuerzas constitucionalistas, a quien compete defender a los ciudadanos que quieren convivir en paz, unidos en una democracia en la que todo pueda discutir y debatirse, pero con la ley por bandera. Si no, sería el caos. 
Y es eso, el caos, o al menos una seria confrontación civil, propiciada nada menos que por el máximo representante del Estado en Cataluña, lo que se trata de evitar. De momento, en lo único que esas fuerzas constitucionalistas se han puesto de acuerdo es en no asistir a esta octava edición de la que nació como la conmemoración de una sangrienta derrota a cargo de las tropas que representaban al francés Felipe V. 
Porque, lamentablemente, lo que, partiendo de este 11 de septiembre, puede convertirse en la segunda parte de los lamentables sucesos de octubre de 2017, sorprende a socialistas, liberales, conservadores e izquierdistas en plenos preparativos de unas nuevas elecciones que algunos consideran ya inevitables. Es decir, el Estado está hoy mirando hacia otro lado, distinto a Cataluña. Lo veremos este miércoles, primera sesión plenaria en el Congreso de los Diputados de control parlamentario al Gobierno. Una primera sesión que podría, en virtud de que se logre o no la investidura de Pedro Sánchez, ser la penúltima o quizá la última. Así estamos. 
Decía este martes Miquel Roca que "la Diada es de todos, de los que piensan de una forma de los que lo hacen desde vertientes y compromisos distintos". Porque, afirma el padre de la Constitución, que un día representó una versión moderada del nacionalismo catalán, la Diada "es una expresión de respeto a la diversidad, un proyecto colectivo de futuro". Claro que eso, el a mi juicio muy meritorio Roca, sus llamamientos a la unidad, la propia exactitud de la Historia de lo que ocurrió aquel 1714, ¿a quién le importa, cuando el valor en alza, desde la propia Generalitat, es la confrontación? Mal asunto.