LA COLUMNA

Luis del Val

Periodista y escritor


Inseguridad ciudadana

Hasta mi buen amigo, Salvador Sostres, no cree que Barcelona sea una ciudad especialmente insegura, pero el otro día un equipo de televisión de Antena 3 TV se trasladó a la Ciudad Condal y les robaron. Es algo así como si se desplazara un equipo de televisión a una ciudad para estudiar el exceso de consumo de alcohol y parte del equipo acabara con resaca. Es cierto que la inseguridad ciudadana, como la situación económica, suele tener un origen subjetivo, pero esa impresión personal se basa en hechos aritméticos. Y la acumulación de datos puede que produzca un efecto multiplicador en algunos ánimos, pero se asienta en cantidades comprobadas.

El dirigente vasco, Iñaki Anasagasti, ante las protestas ciudadanas por la kale borroka -aquél bachillerato callejero que permitía licenciarse en Terrorismo- aseguraba que no era para tanto, y que su importancia se debía a la malicia de los enemigos políticos del nacionalismo. Hasta que, un día, los aprendices de pistoleros quemaron un autobús donde viajaba la madre de Anasagasti. A partir de ahí el PNV decidió que tenían un problema. Hasta la semana pasada, Ada Colau, alcaldesa de Barcelona, defendía la seguridad de la ciudad. Pero, claro, las víctimas llegaron a la diplomacia, la repercusión fue terrible en Europa, y decidió rectificar.

Por cierto, no son solo los alcaldes los responsables de la seguridad en las calles, sino principalmente la Delegación del Gobierno en las autonomías y en las capitales, porque son quienes tienen jerarquía sobre la Policía Nacional y la Guardia Civil, esos cuerpos que los tontos, sector lila intenso, quieren desterrar de sus pueblos y ciudades, pongamos que hablo de Navarra y del País Vasco. Hasta que un día un pariente cercano de Chivite sea salvado de un ataque gracias a un agente de eso que llamamos cuerpos y fuerzas de seguridad del Estado, y que los retroprogres denominan fuerzas de represión. Los que matan por un móvil deben ser la encarnación del progreso y la libertad. ¡Cuánto tonto contemporáneo!