TRIBUNA LIBRE

Fernando Jáuregui

Escritor y periodista. Analista político


"Hasta después de Semana Santa, nada que hacer"

Salió Pedro Sánchez a nuestras pantallas ávidas, algo inesperadamente, en la fiebre del sábado noche, durante casi una hora. Nos prometió que esta semana que ahora comienza va a ser la peor de todas, que nos vayamos preparando. Los mensajes ya no se edulcoran, porque para qué. Lo que no nos dijo, aunque ya este domingo estaba en la portada de todos los digitales, es que este miércoles pedirá al Congreso de los Diputados, no sé si vía telemática o cómo, una prórroga del estado de alarma durante otros quince días. "Hasta después de Semana Santa, al menos, nada que hacer", me dice por teléfono alguien bien conectado con quienes deciden los plazos en el Gobierno. Al menos, recalca. Lo que ocurre es que nadie decide los plazos: solo el coronavirus.

Los expertos piden el aislamiento total de la población. No sé si se permitirá abrir las panaderías. De momento, el Gobierno, asustado ante las consecuencias económicas y psicológicas del encierro sin plazos de cuarenta y siete millones de españoles, quiere dejar algunos resquicios de expansión, qué remedio. Y nos advierten de que esta semana nos vamos a asustar de veras, cuando conozcamos que la infección crece a un ritmo superior al veinte por ciento cada día, y lo mismo la cifra de muertos, que es nómina terrible que afecta ya a algunas personas que conocemos de cerca. Algunos ya no tuvieron sitio en las UCI, ni acceso a respiradores artificiales, nada. España supera ya el diez por ciento del total de infectados en el mundo, y lo mismo sea dicho de los fallecimientos. No hay recursos en los hospitales. ¿Qué hemos hecho mal?

Cien mil puestos de trabajo se pierden, dicen, cada día de toque de queda. Y un punto menos del PIB por cada mes de confinamiento. Recesión total a niveles casi de 1929, cuando la Gran Depresión. Pero ¿quién será nuestro Roosevelt, para poner en marcha un New Deal europeo? En la UE, que este jueves mantiene una 'cumbre' telemática de jefes de Estado y de Gobierno, apenas se aprecian ideas más allá de la pura defensa de cada nación ante lo que se les viene encima. Los gobiernos solo hacen gestión de la crisis, no política. Ponen parches, no piensan, aún, en una economía de guerra.

Y con política, con política de la buena, también se superan las pandemias. No olvidemos que la última consecuencia del crack del 29, en Europa, fue la irrupción del populismo entre los populismos, es decir, el nacional-socialismo de Hitler. Y en Estados Unidos todo apunta a que tendremos más del anti-rooseveltianismo, es decir, más de Trump, que encara con tanto optimismo como los europeos pesimismo las elecciones norteamericanas en noviembre.

No sé si, tras las no-vacaciones de Semana Santa, estaremos en condiciones de reflexionar sobre algo que, en cualquier caso, ya nos sugería Pedro Sánchez en su curiosa alocución del sábado noche: que todo tiene que ser diferente. Claro que nuestro presidente, que ya digo que se ha convertido apenas en el responsable de afrontar en solitario la gran crisis sanitaria, quizá salga de esta tan agotado, tan deprimido, que no sea capaz de ir un solo paso más allá. Es una posibilidad que también debemos analizar. Churchill, que ganó la Segunda Guerra Mundial, no sobrevivió políticamente a ella.

Y ahora estamos en una especie de tercera guerra mundial, sin bayonetas, ni bigotillos ni misiles, afortunadamente; pero va a tener unos efectos casi tan devastadores. Y la cosa no se va a quedar en una mera declaración de la prolongación del estado de alarma un par de semanas más: ahora tienen que buscarnos, y tenemos que buscarnos, nuevos motivos para la esperanza que nos hagan soportar la reclusión y lo que luego viene. Sánchez, en su alocución sabática, no fue capaz de ir más allá del triunfalismo de que somos capaces de soportar el incremento brutal del wi-fi. Y de los buenos amigos que estamos haciendo de balcón a balcón. Pues vaya.