LA LÍNEA GRIS

Javier Santamarina


Zombieland: mata y remata

Hay inventos cuyo impacto es imposible de comprender su magnitud social e influencia personal. La llegada del tren abrió una puerta a la movilidad que fue el preludio de la libertad individual. La electricidad acabó para siempre con el imperio de la noche y rompió el ciclo vital con la naturaleza. El frigorífico, la nevera y la lavadora hicieron más por el equilibrio de sexos que cualquier legislación progresista. Los avances tecnológicos actuales no son tan impactantes ni sus consecuencias serán igual de transformadoras que las anteriores, aunque su tendencia acumuladora de progreso es abrumadora.

Este inicio puede parecer muy abstracto, pero está provocando un tsunami en la visión de las relaciones internacionales. El mundo de pronto se ha hecho tan pequeño que nos enteramos de cosas que hace años solo se enterarían unos pocos expertos, los cuales analizaban los cambios y transformaciones con la perspectiva que otorga la distancia y la prudencia ante la imposibilidad de poder hacer nada al respecto.

Esto no es fatalismo sino pragmatismo. Igual que uno debe de ser dueño de sus silencios; hábito que no desarrolla mucho la gente últimamente. Nos cuesta reconocer que hay circunstancias que superan nuestro intelecto o capacidad.

La política exterior moderna en Occidente vive una época de ingenuidad, porque considera que los problemas mundiales son fruto de la acción o pasividad de los poderosos. La triste realidad es que nuestra influencia es menor de la que pensamos, pero nuestra capacidad para hacer daño bienintencionado es extraordinaria. Solucionar los problemas de África, Oriente Medio, Asia o América Latina está fuera de nuestras posibilidades, pero si nos lo proponemos podemos empeorarlos.

Las ideologías transforman nuestra percepción de las cosas y hacen que veamos con cariño cosas que no lo merecen. También nos impulsan a emprender cambios que probablemente son contraproducentes pero nos hacen sentir bien. En este mundo volátil la acción es considerada un activo sin analizar las consecuencias de dichos actos pues el titular es más importante que el contenido.

El drama es que la política exterior es compleja, difícil y muchas veces sucia. La fuerza bruta o su amenaza no es un concepto teórico en muchos lugares del mundo. Demasiada gente altruista cree que la inteligencia de su tuit es más poderosa que un kalashnikov. El último que pensó eso en una zona de guerra está muerto. La humildad y el conocimiento nos confirman que el mundo no va tan rápido como creemos.