COLABORACIÓN

Fernando Lussón

Periodista


Ahora el que no quiere es Sánchez

La gran novedad que dejó el segundo debate electoral entre los cuatro candidatos nacionales celebrado en Atresmedia fue que el secretario general del PSOE cerró la puerta -¿o habría que decir que la entrecerró?- a un acuerdo poselectoral con Ciudadanos. La virulencia en el enfrentamiento entre el jefe del Ejecutivo y el líder de Ciudadanos subió varios grados, y si en el debate de RTVE fue Albert Rivera quien negó la posibilidad del pacto ante un Pedro Sánchez quejoso por estar sometido al cordón sanitario de los naranjas, ahora es él quien afirma que “no entra en sus planes” negociar con quien ha mantenido y mantiene esa actitud.

El beatífico Pablo Iglesias, que asistía cariacontecido al ver como los otros tres líderes se deslizaban continuamente hacia la política espectáculo, obtenía por fin respuesta a la pregunta que había formulado a Sánchez el día anterior y que este había resuelto no responder, dejando abierta a posibilidad de un acuerdo entre PSOE y Ciudadanos. Una de las posibilidades que las encuestas señalan como la que daría más estabilidad parlamentaria a un futuro gobierno, si se confirmara la victoria del PSOE y la subida de Ciudadanos.

Pese al carácter bronco que ha tenido la campaña electoral en todos sus aspectos, y los enfrentamientos a cara de perro entre Sánchez y Rivera, no se debe obviar la facilidad con la que se olvidan tanto los agravios, como los programas políticos o los cordones sanitarios cuando la ocasión lo merece. Así que haría bien Iglesias en no bajar la guardia y considerar que los puentes entre el PSOE y Ciudadanos no están definitivamente rotos.

Tras la celebración de los dos debates todos pueden considerarse moderadamente satisfechos porque han cumplido sus expectativas. Pedro Sánchez porque no ha perdido estrepitosamente –no ha ganado ninguno- mientras que Pablo Iglesias ha recompuesto su figura y ha podido recuperar a una parte de su electorado, de tal forma que el tándem formado por ambos puede haber sumado votantes indecisos. A lo que no está dispuesto el líder de Podemos es a que sus escaños  faciliten un gobierno en solitario del PSOE que se olvide de sus compromisos demasiado pronto. Cuestión de desconfianza.

El presidente del PP Pablo Casado también puede estar contento porque ha recuperado la primogenitura de la derecha frente a Albert Rivera, en un pulso entre ambos en el que el líder de Ciudadanos evidenció más nerviosismo del que acusaba permanentemente a Sánchez y fue quien más perdió las formas y la frescura del día anterior. Como ya todos estaban avisados de sus mañas ni se dejaron sorprender ni dejaron sin respuesta a sus ataques. También quedó claro que el pacto a la andaluza será una realidad si los números cantan.  

Y en una de las cuestiones sustantivas, el problema catalán, tiene razón Pablo Iglesias cuando acusó a los líderes de los partidos de derecha de ‘sobreactuar’ a la hora de atacar a Sánchez y de no ofrecer propuestas para resolverlo “cuando todos sabemos” que ha de abordarse mediante el diálogo.

Fin del espectáculo -de principio a fin- de los debates. Bien estará si han servido para movilizar el voto de los ciudadanos y no para enviarles a la abstención, y si algo se ha aprendido para ocasiones sucesivas.