TRIBUNA LIBRE

Fernando Jáuregui

Escritor y periodista. Analista político


Algún día seremos el espanto de los historiadores

La etapa política que estamos viviendo desde hace casi cuatro años, tan llena de acontecimientos inéditos, será algún día estudiada, temo que con espanto ante las tinieblas, por los historiadores. Pocas veces en las últimas décadas han ocurrido tantas cosas inesperadas, la chapuza ha sido tan patente, la improvisación ha estado tan a la orden del día. Que un preso, Oriol Junqueras -cuya prisión preventiva, es cierto, se está prolongando en exceso-, trate de citar nada menos que al presidente del Gobierno para que vaya a departir con él en la cárcel, dado que ha sido él, Junqueras, quien ha ganado las elecciones en Cataluña, no me negará usted que no deja de tener su aquél. Y conste que soy partidario del diálogo, de la negociación que lleve a la conllevanza, y pienso que Oriol Junqueras es el único interlocutor posible entre el independentismo catalán y el Gobierno central. ¿Sigo? Porque hay más, mucho más: si se lo explicas a un sueco que venga de visita por este secarral político, seguro que saldrá corriendo en el primer avión a Estocolmo donde dirá, con Bismarck, que estos españoles son gente muy rara.. 
Porque, viniendo a los titulares más inmediatos, a ver cómo consigue usted explicarle al sueco que el presidente de ese Gobierno central ha designado, ante sí y por sí, como presidente de la Cámara Alta del Parlamento, encargada de la cuestión territorial, es decir, el Senado... a alguien que no es senador. Y que necesitará la aquiescencia de los 'indepes', enemigos del Estado y de toda integración del territorio, para ocupar el escaño desde el que Miquel Iceta saltaría a la presidencia de esa Cámara. O sea, que lo de hacer a Iceta presidente del Senado, cuarto puesto en el protocolo del Estado, ha sido claramente una ocurrencia de última hora, una solución 'in extremis' para tapar quién sabe qué parche. Y repito: conste desde aquí mi mayor respeto a la figura política de Iceta, cuya inteligente -y arriesgada: nadie le entiende de este lado del Ebro- labor podría ser una de las escasas salidas para 'conllevar' durante algunos años el conflicto catalán. 
O podría hablar también del trajín que se trae el Tribunal Supremo con que si se permite a los 'indepes' fugados presentarse a las elecciones y, una vez que resultó que sí, venir a tomar posesión de su escaño sin ser inmediatamente detenidos. El desgaste que estas polémicas jurídicas, tan mal resueltas por los que piensan de una forma y aquellos que lo hacen de la manera opuesta, está provocando en las instituciones será una de esas cosas que cumplirá evaluar a esos pasmados historiadores. 
Estoy a favor de cuanto signifique diálogo, pacto, coalición en un ámbito moderado, alejado de extremismos, que englobe a la mayoría sociológica (y numérica) de españoles. Pero en política tan importante es el fondo como las formas, y son las maneras equivocadas, más que unos conceptos estratégicos que me parecen básicamente acertados, las que generan en el ciudadano, y generarán pasado mañana en los historiadores, este desconcierto que ya ha comenzado a apoderarse de muchos de nosotros, los que no estamos en las certezas partidistas ni entre los 'quinielables' a la hora de repartir chollos. A veces da la impresión de que nuestros representantes, y quienes aspiran a serlo, acaban de llegar a la política para, simplemente, ocupar sillones, cobrar nóminas, viajar gratis total y pisar moquetas. Y que, al tiempo, se ahonda el abismo entre las dos españas, con ideas cada vez más incompatibles. 
No, las campañas electorales no sirven para acercar a esas dos españas, sino para alejarlas cada día más. Aquí nada va a construirse, si es que aún cabe esa posibilidad, hasta que la suerte esté echada y todos sepamos, a partir del próximo día 27, con resultados y repartos de poder en la mano, si aún es posible practicar la grandeza. Y que podamos explicar al sueco que aquí somos capaces también de hacer cosas normales. Y los historiadores, ya digo: que piensen que nuestra democracia, en estos tiempos del cólera, es como debería ser y como, sin embargo, no es: aburrida.