TIEMPO MUERTO

Diego Izco

Periodista especializado en información deportiva


La belleza y lo imposible

De todas las cosas injustas que el ser humano puede hacer, el narrador de la vida -quien te cuenta las cosas- está expuesto al más grotesco de los errores: acostumbrarse a la belleza y silenciarla. Por ejemplo, pasear (preferiblemente en otoño) por un bosque de hayas milenarias, retorcidas, majestuosas, enraizadas a la tierra en escorzos imposibles… y que te embelese la primera, te guste la segunda y ya no prestes atención a la tercera: ésa es la naturaleza idiota del ser humano.

O que Messi se exhiba, que cuaje otro partido sublime, lección magistral, que haga cosas reservadas para cinco o seis a lo largo de la historia (tal vez ninguno tantas cosas en el mismo partido)… y que no te lo cuenten con el entusiasmo de aquella primera vez, o que tú mismo hayas decidido pasar de puntillas sobre el tema porque, total, «es sólo una más de tantas».

Es injusto apartar la vista de la belleza sólo porque Messi la haya convertido en algo casi rutinario. Cuando la excepción es un partido «normalito tirando a mediocre», la norma es sublime. Dos goles y dos asistencias en un partido clandestino, en la tarde-noche de una Barcelona triste, con una suerte de regates que no se califican con números sino con letras («¡Oooh!», «¡Buah!»...). De todo lo que hizo para sellar otro partido descomunal, rescato una idea tal vez poco futbolística por encima de los dos golazos: en algún momento del ataque del Barça, cuando la pelota le llega a Messi y tiene dos o tres segundos para pensar, a Vidal o a Suárez o a cualquiera se le pasa por la cabeza una ocurrencia muy tonta, utópica… que termina haciéndose realidad: voy a desmarcarme hacia 'allá', donde es 'imposible' que la pelota llegue, porque igual Leo inventa algo. Las dos carreras del chileno y el uruguayo hacia el gol (2-1 y 5-1) eran dos ideas absurdas al hueco, pero Messi las convirtió en planes espléndidos.