(Reportaje) Segovia: paisaje urbano en la fase 0

Sergio Arribas
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Protegida con pantalla, mascarilla y guantes Dorota cogerá el autobús para ir al 'super'. Para Teodoro y Pilar, octogenarios, es su segundo día de paseo. Verónica abre su tienda de ropa con cita previa. Es la nueva vida en el estado de alarma.

Dorota Milgzarek es enferma crónica y opta por la máxima protección para salir a la calle. - Foto: Rosa Blanco

La naturaleza se abre paso en la ciudad. Bajo los arcos del Acueducto, entre los cantos del pavimento, ha brotado la vegetación; una alfombra verde también visible en el amplio tramo de escaleras de la calle Teodosio el Grande, donde el firme es también de emborrillado. Ya no hay pisadas constantes que impidan el crecimiento de las hierbas en el suelo. Es una de las señales del abrupto descenso en la presencia de ciudadanos y turistas en la ciudad de Segovia, que se mantiene en la fase ‘cero’ de la desescalada.

En mitad del Azoguejo un hombre de mediana edad que pasea a su perro mantiene, en tono alto, una acalorada conversación por teléfono. «Como abra Madrid, estamos perdidos”» suelta. Cualquier otro día antes de la pandemia, el espacio, a los pies del Acueducto, estaría repleto de turistas ávidos de fotografiar al coloso de piedra. Hoy el trasiego de peatones, todos oriundos, es esporádico, la mayoría a paso ágil, muchos con bolsas y casi todos con mascarillas. El silencio domina el ambiente, solo roto por la máquina de una obra cercana y el canto de los pájaros.

Una mujer aguarda al autobús urbano, sentada en un banco de piedra, en la Plaza de la Artillería. Por su indumentaria no pasa inadvertida. Lleva una pantalla que le cubre toda la cabeza y, por debajo, una mascarilla que le tapa el rostro. Es Dorota Milgzarek, una mujer, ya jubilada, de origen polaco, que lleva 27 años en Segovia, una ciudad que, según dice, «está como muerta». «Tengo una enfermedad crónica y tengo que cuidarme y protegerme mucho. La pantalla la compré en una tienda china», explica la mujer, que con sus manos, protegidas con guantes, saca del bolso un bote de gel hidroalcohólico. Está bien armada contra el virus. Cogerá el autobús para «ir al Mercadona», una operación que realiza cada dos semanas, porque «procuro salir lo imprescindible».

Adrián García, voluntario de Cruz Roja.Adrián García, voluntario de Cruz Roja. - Foto: Rosa Blanco

En la avenida del Acueducto, las colas a las puertas de las entidades bancarias suponen una imagen habitual estos días. En el Banco de Santander una empleada ha salido a la puerta para hablar con quienes esperan entrar a la sucursal. «Ustedes tienen que mirar por su salud. Hay cosas que son imprescindibles y otras no. Y lo que usted pide no lo es. Le llegará a casa, así que, por favor, váyase», le dije la bancaria a una mujer. A escasos metros, dos patrullas del Cuerpo Nacional de Policía se han detenido ante dos jóvenes que charlaban, con la mascarilla por debajo de sus barbillas, sin guardar la distancia recomendada. Tras lo que se intuye como un serio apercibimiento policial, la ‘minireunión’ se dispersa.
Pocos metros más adelante, un matrimonio acaba de levantarse de un banco y transita, con caminar pausado, en dirección a la iglesia de San Millán. Es Teodoro Casado, de 89 años y su esposa Pilar, de 81. «Hoy —dice la mujer— es el segundo día que salimos, solo diez minutos, porque vivimos aquí al lado. Cada vez en televisión lo ponen más agravante y salimos con mucha angustia. Estamos bien, pero muy afectados emocionalmente». El matrimonio apenas ha pisado la calle desde que la desescalada permitió el paseo. Sus hijas les llevan la compra a casa.

«¡Cómo ha cambiado Segovia! ¡Con el día tan bueno que hace y no hay casi nadie, esto es muy triste. Esta mañana vi la televisión y se me quitaron las ganas de salir», añade Pilar, detrás de la mascarilla. Fundador de la empresa Piensos Teca, que ahora opera en Extremadura y Tordesillas, a Teodoro la jubilación no le impedía ayudar a sus hijos en el negocio a través de gestiones telefónicas. «Voy a cumplir los 90 y lo llevo mal, ahora me cuesta moverme», dice el ex-empresario, mientras esboza una sonrisa, en alusión a las consecuencias de dos meses de encierro sin posibilidad de ejercicio físico.

Reparto de alimentos. En la calle Muerte y Vida una furgoneta de Cruz Roja está estacionada ‘al ralentí’. Al volante está Adrián García, que espera a su compañera, también voluntaria de la entidad, que acaba de subir a un piso en tareas de reparto de alimentos. Hoy toca repartir bolsas de patatas conforme a un listado de familias vulnerables que reclamaron auxilio.
Es la primera vez que Adrián ejerce de voluntario para Cruz Roja. «Creo que no hay mejor momento para echar una mano. Tenemos todos que arrimar el hombro», dice Adrián, a quien la pandemia le pilló estudiando un curso de técnico sanitario, mientras que «los dos trabajillos que tenía, pues con esto, se han ido al traste. Para estar en casa quieto, sin hacer nada, decidí ponerme en movimiento para ayudar». En su nueva tarea de reparto por toda la ciudad, el joven ha observado «algo más de movimiento porque —subraya—desde luego hace un par de semanas todo estaba desértico. Ahora hay algo más de color».

Teodoro Casado y su esposa Pilar, en la avenida del Acueducto.Teodoro Casado y su esposa Pilar, en la avenida del Acueducto. - Foto: Rosa Blanco

La prueba de este ligero aumento de actividad está en la tienda de ropa infantil ‘Veo, Veo’, en la calle José Zorrilla. Como el resto de comercios que han decidido abrir en la ‘fase cero’, ha retomado su actividad con cita previa, atención individualizada y estrictas medidas de higiene. 

Verónica de Grado, su propietaria, explica que toda la ropa que los clientes tocan o se prueban —también la que se devuelve— la retira de la tienda y la deja en un almacén, donde permanece ‘en cuarentena’ 48 horas, el tiempo suficiente para que, según le han comentado, el posible virus desaparezca de la ropa.

Nada más entrar, los clientes, siempre con mascarilla, se tienen que desinfectar las manos con gel hidroalcohólico. «Sí que tenemos jaleo. En dos meses los niños pequeños crecen y no les vale la ropa. Además, de repente ha venido el calor y tampoco tienen ropa de verano. Sí me ha compensado abrir, porque no vienen a comprar solo unos calcetines, vienen a equiparse. Tienen  miedo a que un rebrote obligue a cerrar todo otra vez», comenta Verónica. 

Verónica de Grado, en su tienda de ropa infantil Veo Veo, en José Zorrilla.Verónica de Grado, en su tienda de ropa infantil Veo Veo, en José Zorrilla. - Foto: Rosa Blanco

La permanencia de Segovia en la ‘fase cero’ ha multiplicado la demanda de citas. «Gente que me decía eso de ‘ya iré a la semana siguiente que estará todo más tranquilo’, me han pedido cita porque no saben cuándo volverá, al menos, una pequeña normalidad», añade.

Laura Pérez es una de sus clientas. Acude con un carrito y su bebé, Leire, de nueve meses, mientras que, en la otra mano, porta la correa de su perro, un cocker. «Es bastante incómodo, la verdad, pero mi marido está trabajando y no me queda otra», afirma Laura, que acumula estos días también un intenso trabajo como empleada de Mercadona. «Tengo que aprovechar para dar el paseo al bebé, sacar al perro y comprar. La ropa del niño era fundamental, ya no le vale casi nada, ni medias ni zapatos, y no tenía más remedio que salir, pero procuro estar el menor tiempo posible en la calle, y siempre con todas las medidas de precaución», afirma la mujer, que anhela, según dice, «una pequeña normalidad, porque esto es de locos».

Con Laura se cruza por José Zorrilla Gabriel Elvira, que acaba de sacar a su perro, Brownie, un perro de aguas, que se mueve nervioso dentro del ‘pipi-can’ que existe en la plazuela. «Procuro sacarle dos veces al día. Al principio de la pandemia íbamos con mucho más cuidado. Estábamos una hora, como mucho, por la calle. Ahora que nos dejan salir un poco más aprovecho y hago deporte con él», afirma Gabriel, que apela a la responsabilidad de los segovianos para cumplir normas y recomendaciones porque «podemos ser asintomáticos y contagiar a personas que estén en riesgo de vulnerabilidad». «Procuro —añade— estar el mínimo tiempo posible en la calle con el perro y hacer también el mínimo de recados posible».

Laura Pérez con su hija y su mascota, en José Zorrilla.Laura Pérez con su hija y su mascota, en José Zorrilla. - Foto: Rosa Blanco

«Hay que ser prudentes». Gabriel vive son su madre, de 70 años, que, según comenta, no empezó a salir a la calle hasta el día de ayer, después de dos meses en el domicilio. «Mi hermana y yo no le dejábamos salir. Tampoco queremos que entre en los comercios y a la compra vamos nosotros», apunta el hombre, que observa un alto grado de responsabilidad entre los segovianos. Desde hace unos días, Gabriel ha vuelto a trabajar en una clínica de podología, en la calle de La Plata, con cita previa y con todas las medidas de seguridad impuestas por el Ministerio de Sanidad y el Colegio de Podología.

«La prudencia es fundamental y tenemos que respetar y cumplir todo lo que nos digan las autoridades sanitarias. Este bicho es invisible. Si lo viéramos por la calle, si fuera un toro y le viéramos los cuernos, seguro que nos asustábamos todos», reflexiona Gabriel, que marcha ya con Brownie de regreso al domicilio.

Quienes acaban de salir de casa es Leticia Garcimartín y sus dos hijos pequeños, Kay y Daniela, de 2 y 6 años. Bajo la constante vigilancia de su madre, los pequeños avanzan en patinete hasta la avenida del Acueducto. Ella lleva mascarilla, no así los pequeños, porque a «Kay se la pones y se la quita y la mayor, al ver que su hermano no la tiene, pues ella tampoco quiere ponérsela. Es una lucha, pero, desde luego, estoy muy vigilante para que tengan ningún riesgo», afirma su madre, que prefiere salir por las mañanas porque la densidad peatonal por la avenida peatonal es muy inferior. 

Gabriel Elvira, en la plazuela de José Zorrilla, con su perro Brownie.Gabriel Elvira, en la plazuela de José Zorrilla, con su perro Brownie. - Foto: Rosa Blanco

Éste es el lugar preferido para la familia, pues, casi siempre, Kay y Daniela salen o con el patinete o con la bicicleta. Leticia está ahora en el desempleo, después de que finalizará su contrato el 20 de marzo y no la renovaran; una circunstancia que le permite estar al cuidado de los hijos, teniendo en cuenta que su marido regresó al trabajo hace tres semanas. «No sé cuando regresaremos a la normalidad, cuándo Segovia podrá abandonar la fase cero. Solo espero que en verano haya una vida un poco más normal».

Leticia Garcimartín, con sus hijos Kay y Daniela.
Leticia Garcimartín, con sus hijos Kay y Daniela. - Foto: Rosa Blanco