Enfermeras jubiladas de vuelta al hospital por pura vocación

David Aso
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Dos enfermeras jubiladas se prestaron a trabajar como voluntarias, sin cobrar, y se encargan de llamar a diario a los familiares de los pacientes para darles información básica, evitando una incomunicación que fue larga al inicio de la crisis

Pilar Jiménez y Ana Tejedor, en sus puestos en el hospital. - Foto: Rosa Blanco

En medio del caos, con un hospital desbordado por los más de 300 pacientes ingresados por Covid-19 que ha llegado a acumular en las peores semanas, aislados de casi todo durante días en sus habitaciones, dos enfermeras jubiladas decidieron reincorporarse para mantenerles un hilo de comunicación con sus familias que diera un mínimo de serenidad a unos y otros. Con hijos, padres, madres, tíos, sobrinos o nietos sufriendo en la distancia por cada hospitalizado, bien se pueden contar por miles las personas a las que Ana Tejedor y Pilar Jiménez han podido paliar su angustia con algo tan simple, pero a la vez complicado y apreciado en estas circunstancias, como una llamada diaria que aporte un gramo de serenidad entre tanta locura. Apenas unos minutos de conversación para informar sobre si el familiar ha comido o ha dormido bien, si tiene o ha tenido fiebre, si está inquieto o más o menos bien dentro de lo que cabe… Los médicos dan el parte clínico, pero difícilmente ha podido pararse un profesional sanitario de plantilla a contar lo cotidiano hasta que ellas se prestaron para asumir ese papel que aún mantienen, aunque ya sin la presión de semanas atrás.

Sin buscarlo, las vidas laborales de ambas han estado unidas desde el principio y más allá de su final. Empezaron a la vez en 1975 y aunque cada una tomó rumbos diferentes, aún compartieron otra etapa entre 2004 y 2010, siendo parte del equipo de dirección del hospital. Ana Tejedor fue subdirectora de Enfermería durante esos años y Pilar Jiménez, entonces supervisora de área, tuvo como «alumna» a la actual directora de Enfermería, María José Uñón. La corta pero intensa etapa que están viviendo ahora, cuando ya deberían disfrutar de sus jubilaciones, las marcará tanto o más que cualquier otra.

Ana Tejedor se retiró hace ya casi cinco años, en julio de 2015, pero «necesitaba ayudar de alguna manera». «Cuando empezó todo y vi cómo estaban mis compañeras, sentí que yo no podía seguir en casa encerrada. Sin duda que esa también es una forma de colaborar, pero me hervía la sangre», relata. «Puse un whatsapp a la directora de Enfermería y se lo comuniqué también a Recursos Humanos». Pilar Jiménez, por su parte, llevaba apenas cinco meses fuera del hospital, desde noviembre de 2019: «He pasado 44 años trabajando y no soy de sentarme a ver la tele. No podía concentrarme ni leyendo ni nada y, viendo la situación que teníamos, dije ‘me voy, me voy porque haré más falta allí que aquí’».

Pasado el caos inicial, a la tercera semana de emergencia sanitaria las llamaron para plantearles este improvisado servicio de mediación y no se lo pensaron. A la familia de Ana «al principio le dio miedo el típico contagio». «Que dónde voy, que soy muy mayor (69 años) y no sé qué… Pero les dije que no podía quedarme sin hacer nada, que tenía que echar una mano en lo que fuera, aportar mi granito de arena porque esto no es más que eso, un granito. Las que se lo están currando de verdad son las que están en primera línea», destaca. Más fácil lo tuvo Pilar, ya que en su familia hay muchos sanitarios, incluidos su marido y su hermana, ambos médicos en activo: «Les pareció absolutamente normal que quisiera reincorporarme».

Pura vocación. Voluntariado sin contrato ni más remuneración que el agradecimiento de las familias. «Es que ahora ya el hospital se va abriendo, pero han sido semanas con un confinamiento bestial que los familiares han tenido que pasar sin saber nada de los ingresados durante cuatro o cinco días porque la situación no permitía dedicar ese tiempo», advierte Pilar. Hasta que llegaron ellas con la intención de «poner un poco de humanidad en una situación tan dantesca», añade Ana.

Casi 300 llamadas en un día. Su trabajo arranca sobre las 9.00 y suelen estar hasta las 14.00 o 14.30 horas, el tiempo necesario para contactar con un familiar de cada uno de los pacientes ingresados que desean aprovechar este servicio. «Los jóvenes tienen sus móviles y no nos necesitan, y también ha habido pacientes que preferían no informar a sus familiares para no preocuparles o por otras circunstancias», pero aun así han llegado a hacer casi 300 llamadas en una sola mañana. De lunes a viernes y con frecuencia también algunos días de fin de semana, sobre todo cuando ha habido festivos de por medio, «para que a los familiares no se les haga larga la espera de noticias».

El hospital las ubicó en una sala en la quinta planta, alejadas de los enfermos de Covid-19 pero con acceso a los historiales a través de dos ordenadores. Hablan cuando es necesario con las compañeras de Medicina Interna y, una vez que se han documentado, tiran de papel y boli para organizarse y hacer la ronda de llamadas.

«Al otro lado del teléfono te encuentras con que detrás de muchas familias hay más dramas. O ha fallecido alguien o está toda la familia contaminada y te cuentan sus síntomas. En esos casos ya no sólo es que les informes sobre la situación del paciente ingresado, sino que también intentas ayudarles con algo de educación y cuidados sobre Covid-19. Les dices que llamen al centro de salud, claro, pero mientras tanto que hagan esto o lo otro», matiza Ana.

Pilar habla todos los días con una mujer que está pasando la enfermedad sola en casa. Con el centro de salud de su pueblo desbordado, a su marido lo tuvo que llevar al hospital con la ayuda de un vecino y a ella la mandaron de vuelta al domicilio. Son mayores, no tienen hijos y ningún familiar cerca. «La llamo cada mañana: ¿cómo estás?, ¿te has puesto el termómetro? Le doy conversación, ya soy casi como una sobrina. En Segovia hay mucha gente mayor en esta situación», recuerda.

El tiempo de hospitalización de cada paciente suele ser largo. La confianza con los familiares crece según van pasando los días o semanas, ellos ya esperan la llamada y «al final haces hasta relación aunque sólo les conozcas por la voz», añade Ana.

Videollamadas que marcan. Según se ha ido rebajando la presión asistencial, Ana y Pilar también han podido facilitar la gestión de videollamadas entre familiares y pacientes gracias a la participación del propio personal de Medicina Interna, dado que es el que está en primera línea y por tanto el que puede llegar a los pacientes con las tablets que se han dispuesto para ello. Así pudo comunicarse mucho mejor con sus familiares un enfermo de Covid-19 laringectomizado, por ejemplo; o un paciente que al menos pudo lanzar a su mujer un beso al aire, pero directo al corazón, para felicitarle por su cumpleaños.

Ana recuerda con especial cariño la «felicidad» de la familia de un paciente de 90 años con alzhéimer al que pusieron en contacto con sus hijas y nietos. «Una de sus hijas me decía: ‘No sé si me ha conocido, pero me he sentido fenomenal al ver la cara de mi padre’», relata. Ana supo por las enfermeras que hicieron aquella videollamada que el paciente, después de colgar, se puso a dar palmas. «La hija se emocionó cuando se lo conté y la verdad es que te sientes muy bien cuando, dentro de todo el drama, al menos puedes dar esas pequeñas satisfacciones».

No todas las historias son cómo suenan estas porque las hay que no han tenido o no tendrán final feliz, pero toca mirar adelante aunque nunca se olvide lo que se va dejando atrás. «Me quedo con la satisfacción de dar calma a los familiares», coincide Pilar. «Muchos acaban llorando, te comerían a besos y fíjate por qué ‘tontería’, pero es que el sentir que tú puedes hacer ese bien siendo el nexo de comunicación entre ellos y su pariente en los momentos de más aislamiento, cuando han pasado días prácticamente sin noticias, demuestra que volver al hospital ha merecido la pena», concluye.