LA OTRA MIRADA

Ilia Galán

Poeta y filósofo


Regalos climáticos

Miles de invitados se revolvían con sus automóviles para llegar al lugar del encuentro, escupiendo humo, mientras devoraban los públicos presupuestos. Los aviones habían expulsado sus nubes de queroseno por los celestes cielos, donde los angelitos que cantaban sobre los pastorcillos, allá por Belén, tosían compungidos y un asqueroso demonio se reía, negro de petróleo, alojado en el motor aéreo. De todo el mundo habían llegado para llegar a un acuerdo, pero no llegó ese momento. Gran fracaso, mientras los jóvenes se quedaban boquiabiertos mirando cómo el planeta parecía deformarse con el tiempo, sea entre estivales hornos de otro infierno, sea entre inundaciones, nieves o hielos. En los alemanes, que con su locomotora prusiana arrastran al resto de los europeos, fío el cambio de una sociedad antigua, derrochadora de combustibles fósiles que durante años enriquecieron a los árabes, hacia otra futura donde las energías sean renovables y cada vez haya más automóviles, motos y otros artefactos que se nutran del sol o del viento, limpia mi respiración y el campo limpio. Apenas hemos empezado pues como bien dicen tantos, o comenzamos los individuos o si esperamos a la acción de instituciones y gobiernos todo puede quedar para muy lejos, si queda, si quedamos. ¿Qué puedo hacer yo en mi paso por la tierra? Hacer algo bueno por los demás e intentar que la destrucción sea la menor posible, de alimentos, de riquezas, de bienes... Multipliquémoslos, pero con sensatez. Las fiestas de navidad nos reúnen y nos regalamos mutuamente, pero ¡cuántos desperdicios hacemos de comida, de envases, de plásticos que luego llenan nuestros basureros! Si cada uno cuidara un poco de lo que derrochamos, la suma de millones de personas podría cambiar la faz del planeta, pues se evitarían millones de plásticos vertidos a los océanos, mares de gastos y desplazamientos para traernos lo que luego hemos de desperdiciar como caprichosos poco comprensivos con los ajenos. Traer alimentos del otro lado del globo cuesta no solo un ojo de la cara sino mucho petróleo, traerlos para tirarlos es todavía peor... ¿Y qué decir del derroche en la producción de nutrientes y su comercio? Un tercio de los tomates sanos se desperdician en muchas fincas porque no son tan «lindos» para consumirlos. Las grandes superficies comerciales no cesan de tirar alimentos en buen estado, envases y todo lo que hasta allí, en vano, fue transportado. Mientras, crecientes poblaciones de mendigos pululan buscando un bocado. El espíritu de la navidad ojalá remueva algunas conciencias y piensen más en global y no solo en particular: «mi negocio frente al mundo.» ¡Inmundo! Mejor pasar de la explotación masiva y de la gran producción a la era del ahorro, aprovechamiento de lo pequeño, como vemos en el Niño del Nacimiento. Lo más grande está muchas veces en lo pequeño.