TIEMPO MUERTO

Diego Izco

Periodista especializado en información deportiva


Muchachos

Mientras en Inglaterra juegan los profesionales, aquí sacamos a nuestros niños al pasto. O les hacemos más caso, o les organizamos torneos y torneos por todos lados para que no den la murga en casa, Merry Christmas, y tenemos que hacerles más casito del habitual.

En esa observación, la del niño disputando un partido, los adultos nos divertimos más. Al margen del componente del parentesco, donde decenas de padres y madres hacen el ridículo cada fin de semana, un mero observador neutral detecta la pureza del juego. El crío no se estresa por las mismas cosas del mayor. Trata de imitarlo (algunos gestos de niños repelentes, celebraciones y tics, definen casi inmediatamente a quién quieren parecerse) pero juega desestresado, aportando a casi todo lo que hace un punto de diversión que se va evaporando conforme cumple años, quema etapas y se asoma a la élite.

Y créanme que yo mismo compraría este discurso, que me encantaría que fuese verdad para escribirlo año tras año tras año… Pero detecto que empieza a no ser así: que el niño cada vez es menos niño y el juego, menos juego. Que hoy los grandes clubes tienen tejidas sus redes de captación desde muy tierna edad y de pureza ya no queda nada. Que te ves los partidos de los Promises y son calcos de los encuentros prefabricados que te vas encontrando de juveniles hacia arriba. Que a los niños, de un tiempo a esta parte, les hemos inculcado que competir es más importante que divertirse y celebran con rabia un horrible 1-0 20 años después de que ese mismo partido habría terminado 7-5.

Como los muchachos de hoy serán los profesionales de mañana, a los torneos infantiles les hemos puesto tanta rigidez que es difícil distinguir si juegan niños o adultos encogidos.



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