Segovia 2070: 50 años después de la pandemia

Sergio Arribas
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Las mamparas de metacrilato dibujan el 'skyline' de una ciudad higiénica y blindada contra la amenaza del siglo XXI, los virus mutantes. Somos un ejemplo para el mundo.

Segovia 2070: 50 años después de la pandemia - Foto: Ilustración: AJS

Nada mejor que una refrescante ducha para tonificar el cuerpo tras el esfuerzo. Tengo 97 años y acabo de completar la media maratón de Segovia, a un buen ritmo de zancada, aunque mi marca ha sido discreta. Correr con mascarilla resulta algo incómodo. Me miro en el espejo del baño y todavía me asombra cómo, a punto de ser centenario, en mi piel apenas sobresalen arrugas. Hace medio siglo estaba calvo como una pelota y hoy, tras la ducha, moldeo con un peine el cabello, el mejor síntoma de mi jovial longevidad. No me olvido de tomar, a diario, los comprimidos que permiten la regeneración de células en el organismo. Son esas pastillas azules con las que la humanidad ha logrado ralentizar el envejecimiento y, con ello, mi jubilación.

Fueron científicos chinos los que inventaron el R-22 —como así se llama el medicamento rejuvenecedor—, y los que lanzaron la primera vacuna contra la Covid-19 o coranovirus, la pandemia que asoló el mundo y de la que ahora, en el año 2070, se cumplen 50 años.

El ‘corona’ cambió el mundo—casi tanto como el R-22—; y también Segovia que superó, no sin dificultades, las sucesivas pandemias, epidemias y brotes que, como consecuencia de la mutación del virus primitivo, han surgido en este último medio siglo. Porque el R-22 tiene su talón de Aquiles: regenera las células, pero no puede hacer nada contra los virus, la auténtica amenaza para la humanidad en el siglo XXI.

Segovia 2070: 50 años después de la pandemiaSegovia 2070: 50 años después de la pandemia - Foto: Ilustración: AJS

En este año, 2070, todas las estadísticas sobre esperanza de vida han sido pulverizadas gracias a estas pastillas ‘mágicas’ que regeneran el organismo, aunque solo en el mundo occidental. El descubrimiento científico de la ‘casi eterna’ juventud no ha alcanzado aún a países sin poder económico para adquirir el milagro sanitario, caso de Arabia Saudí, sumido en la pobreza desde que el petróleo fuese sustituido por fuentes de energía no contaminantes. Los coches eléctricos dominan la movilidad terrestre, aunque la mayoría de la población urbanita prefiere, para evitar atascos, moverse en aeronaves automáticas, sin conductor, de hasta cinco pasajeros, que gestiona el gigante M-onopoly (en 2025 se unieron Cabify, Uber y los gremios de taxistas). Y el uso de drones se ha extendido de tal manera, que hasta la comida a domicilio se reparte con estos pequeños robots.

El coronavirus del 2020 supuso un cambio mayúsculo en nuestra forma de vida, que ayudó a prepararnos a las pandemias que sucedieron después. Han sido cuatro más en cinco décadas. Por fortuna, cada virus tuvo respuesta en forma de vacuna; una, por cierto, descubierta por un equipo español encabezado por Fernando Simón, que se hizo popular en la televisión de 2020 y que ahora, con el mismo saludable aspecto, presenta en Antena 3 el programa ‘El hormiguero científico’, de máxima audiencia.

En la Segovia del 2070 vivimos más, pero lo hacemos siempre alerta de la súbita aparición de nuevos virus, de ahí la necesidad de correr la media maratón con mascarilla y guantes. Sin ir más lejos, en esta edición de la carrera, en cada control de la prueba, además de agua —se aportaba con una pajita higienizada para introducirla a la boca a través de un agujero abierto en la mascarilla— los voluntarios esparcían gel hidroalcohólico sobre los corredores. También, por eso, me corría prisa la ducha, para quitarme este olor tan higiénico.

Echando la vista atrás, en estos 50 años desde aquella primera crisis sanitaria, Segovia no ha sido ajena a grandes cambios, algunos fruto de lecciones bien aprendidas. Que quienes lo vivieron entonces sigan hoy entre nosotros, también los políticos —gracias al milagroso R-22— y conserven la memoria, ha supuesto toda una ventaja, aunque hubo momentos en que coqueteamos con el apocalipsis.

Cuando España afrontaba la desescalada por la Covid-19, el Gobierno de Pedro Sánchez no pudo aprobar la cuarta prórroga del estado de alarma, y la gestión pasó a las Comunidades Autónomas, que actuaron de forma independiente, al libre albedrío, con normas y recomendaciones diversas. A finales de 2020, España sufrió un rebrote, el rey Felipe VI —este año cumplirá 56 años de reinado—tomó el mando único y obligó, en un discurso televisivo, a un nuevo confinamiento de la población.

Gracias al cierre de fronteras interprovinciales y de los controles de la Guardia Civil en la AP-6, Segovia superó la ‘fase 4’ a final de aquel año —de las últimas en España—, un fiasco que no se repetiría en las siguientes pandemias, gracias a las medidas que fueron adoptándose y que aún hoy perduran.

La Segovia de 2070 sigue gobernada por Clara Luquero, ahora gracias a su pacto con Vox, que, como sabrán, giró a la extrema izquierda. No sería presuntuoso decir que, gracias a las medidas adoptadas en este medio siglo —en cumplimiento de las órdenes de las autoridades sanitarias— Segovia, que ya supera los 400.000 habitantes, está más que preparada para combatir un nuevo virus; venga de donde venga.

Como quiera que la crisis de 2020 evidenció, de forma palpable, la falta de infraestructuras sanitarias, la Junta de Castilla y León ordenó, al año siguiente, la construcción de dos hospitales. Se derribó el Policlínico, el antiguo ‘18 de julio’ y sobre la finca se levantó —diez años después— el nuevo hospital, bautizado como ‘25 de octubre’, fecha de conmemoración del patrón San Frutos, a quien la comunidad católica segoviana atribuyó la victoria sobre la nueva peste —la del coronavirus—, como antes lo hiciera con San Roque, el santo que, al parecer, medió ante el Altísimo para acabar con la epidemia de 1599.

El segundo hospital ocupa lo que, hace medio siglo, era el edificio del CAT, que estuvo 20 años construido y sin inquilinos. Bueno, una vez se llegó a rodar en su interior, diáfano, una película: ‘El agujero negro’, una coproducción hispano-lusa de alto presupuesto. ¡Ah!, y también tenemos otro hospital prefabricado para pandemias, un invento chino, que ahora, por cierto, esta montado, aunque suele  guardarse en el almacén municipal del polígono de Hontoria.

Sin industrias ni empresas de gran tamaño, Segovia sigue viviendo del turismo, la gastronomía y su patrimonio, aunque las medidas de higiene que imperan en la sociedad moderna han revolucionado la manera en que los visitantes acceden a los monumentos. Desde 2030 una mampara de metacrilato de 40 metros de alto protege el Acueducto que, ahora sí, puede visitarse por dentro. Está ‘encapsulado’ en este envoltorio ‘acristalado’, al que los turistas acceden, en fila, por una pequeña puerta. Antes de entrar y ver de cerca —que no tocar, ni con guantes— las piedras del monumento romano, todos los turistas deben lavarse las manos —en una pila, de piedra granítica, para no desentonar— . Y por supuesto, nadie puede entrar sin mascarilla. De esta manera, se evita el libre albedrío de los turistas —muchos orientales— frente al monumento.

Cualquier aglomeración desordenada supone un riesgo de contagio. Además, algunos reputados investigadores, de la rama de la historia, alertaron en redes sociales que los virus —los que flotan en el ambiente— también afectaban a la piedra. De esta manera, después del Acueducto la mayoría de iglesias, templos y esculturas de la ciudad también han sido introducidas en grandes burbujas de plástico transparente.

La Catedral no contó con protección hasta cinco años después, en 2035, pues la mampara ovalada de metacrilato fue encargada a China, que tardó más de la cuenta en el suministro, con la excusa de que tenía que terminar de proteger su Gran Muralla. Y lo hicieron.

Aquel ‘coronavirus’ ha supuesto una profunda transformación en nuestra vida cotidiana. Ya no hay dinero ni monedas —para evitar contagios— y todo lo pagamos con tarjeta, o con el microchip que tenemos insertado bajo la piel de nuestro antebrazo, gracias a esas operaciones de cirujía menor, costeadas por las entidades bancarias.

Todos son medidas de higiene para prevenir la única amenaza a nuestra casi eterna juventud. El ‘cochinillo asado’ ha perdurado como el plato estrella de nuestra gastronomía, aunque ahora se sirve tras su desinfección con ozono. El ‘trinchado’ tradicional, muy popular hace medio siglo, ha pasado a la historia.
El chef ya no usa el plato de loza para trinchar el cochinillo. Y, por supuesto, nada de lanzarlo al aire y que se haga añicos en el suelo. La protección con mamparas de las mesas de los comensales deja poco espacio para el ritual. Ahora se pasa por vídeo, como un documento histórico. Mucho más higiénico y seguro. Los comensales degustan el cochinillo con mascarillas con apertura en la boca, entregadas gentilmente a la puerta de los restaurantes, donde se lavan manos y suelas de zapatos.

Los bares en Segovia han sufrido, igualmente, una ligera transformación. Todo se sirve en barras hacia la calle, donde no pueden agruparse más de diez personas, manteniendo una distancia de metro y medio. No hay bares sin terraza. Quienes disfrutan de un vino o cerveza en la calle —siempre en vaso de plástico higienizado— deben estar atentos al trasiego peatonal. Cada acera marca un sentido de la marcha para los viandantes. Por la calzada, vehículos eléctricos y el trenecito turístico —por supuesto, también eléctrico y acristalado—una reliquia de la movilidad por la que optan la mayoría de los foráneos. Bicicletas y patinetes son los medios ‘estrellas’ de la movilidad, El transporte individual evita contagio. Segovia suma un parque de 20.000 bicis y  330 kilómetros de carril para aburrirse de dar pedaladas.

Sin embargo, la mayor transformación reside en el urbanismo. El centro de la ciudad ha quedado casi despoblado, pese a que los alquileres están por los suelos. Los confinamientos obligados por las sucesivas pandemias motivaron la búsqueda de casas amplias, rodeadas de jardín, en detrimento de pisos y apartamentos. Los pueblos del alfoz experimentaron una explosión demográfica, como La Lastrilla, que alcanza los 50.000 vecinos. Zamarramala, con algo menos de población, logró la independencia de la capital en 2030, gracias al ‘lobbye’ de sus mujeres, que siguen celebrando las Águedas, aunque envueltas en Epis, cuando toca un año de pandemia.

En cada fiesta, siguen enarbolando los pendones y quemando al pelele —este año fue Donald Trump, que sigue en el poder— para rememorar aquella conquista del Alcázar, envuelto también en una burbuja de frío metacrilato. La fortaleza acoge hoy la sede del Gobierno de Castilla y León, pues mantiene su condición de edificio inexpugnable. 

Esta ducha y el esfuerzo tras correr la maratón me ha abierto el apetito. Comeré una ensalada con estos tomates y esa lechuga que crecen en el invernadero de mi jardín, a salvo de cualquier virus y amenaza exterior. Estoy listo para cualquier confinamiento. Si este relato nada tiene que ver con la realidad venidera, solo será culpa de la realidad. Y de los políticos, que siempre tienen la culpa de todo.