Percibí, horas antes del inicio, parcial y vigilado, de eso que se llama, horrible palabro, desconfinamiento, un cierto caos entre los que me rodeaban: la casuística siempre es peligrosa -sobre todo, si está mal explicada-, genera muchas dudas y, al final, la interpretación estará en manos de quienes, a partir de este sábado, tengan que vigilar nuestros pasos. Suena mal, pero qué quiere que le diga: nuestra libertad está forzosamente vigilada. Nos conformaremos con salir un rato a pasear, a correr, a montar en bicicleta, sin pedirle mucho más, ay, a la vida, que estalla en una primavera que nos parece más bella que nunca.

Quiero olvidar por un rato, saliendo a correr, a saltar, a pasear, los malos tragos de todos estos días. Necesito dejar de sentirme un receptáculo de estadísticas, que siempre dicen que muestran que hoy mejor que ayer pero peor que mañana; quiero despegarme de la sensación de que soy un objeto de experimentos de comunicación y propaganda. Necesito olvidar mi desconfianza ante los números oficiales, mi escepticismo ante los programas de actuación, alejar de mi mente, por una hora al menos, la torpeza egoísta de nuestros representantes.

Creo que el desánimo ante lo que nos ha ocurrido y ante lo que tememos que, en otro sentido, haya de ocurrirnos es bastante general. Y para qué negarnos a nosotros mismos que hay un cierto -ciertísimo- estado nacional de cabreo. Quizá en lo único en lo que estemos unidos todos los españoles: en el cabreo, que cada cual dirige, eso sí, contra un objetivo distinto.

Por eso este desconfinamiento, tan limitado, en el que casi tememos que alguien nos siga los pasos, no vaya a ser que corramos más de un kilómetro y más de una hora, es necesario: recordaremos lo agradable del calor del sol más allá de los balcones, podremos retomar el sonido de las calles en contacto con los tacones de nuestros zapatos, quizá, si hay suerte, veremos las flores que han ocupado las cunetas. Y no sé, así, si volveremos con ánimo recobrado a nuestra reclusión domiciliaria, a ese toque de queda nocturno decretado por el ministro Illa.

Puede que nos preguntemos si tanto sacrificio está sirviendo de algo. Yo no puedo hacer sino recomendar a todos los que me lean que sigan las normas -si es que las han entendido, lo que no es fácil-, en la esperanza, tenue en mi caso, lo reconozco, de que 'ellos' sepan lo que están haciendo. Saldré hoy a saltar, a andar, tal vez a correr. Aunque, si le digo la verdad, lo que el cuerpo me pide, más que salir a correr, es salir corriendo, salir pitando y olvidar lo que hay y lo que va a haber.